Defectuosos, así también los deseamos / Sexo con Esther

Defectuosos, así también los deseamos / Sexo con Esther

Para casi todas es tremendamente divertido hablar sin tapujos de los machos que nos fascinan.

12 de octubre 2013 , 04:34 p.m.

Dos cosas en común tienen las charlas de las mujeres: la primera, que son vertiginosas. Sin importar con qué motivo se convoquen, acabamos todas hablando de cinco, de diez temas al mismo tiempo, y sin perder el hilo de ninguno. Y la segunda, que siempre acaban con lo mismo: los señores.

Es apenas comprensible. Para casi todas es tremendamente divertido hablar sin tapujos de los machos que nos fascinan, y casi liberador despellejarlos vivos cuando les da por traernos por la calle de la amargura.

Algo tienen estos espacios que dan a las mujeres la capacidad de hablar sin tapujos de las manías, las inseguridades, los pobres intentos de mentir de manera convincente, los deslices, las tacañerías y hasta el desempeño de sus hombres en la cama.

Si no fuera por eso no tendríamos claro que el síndrome del señor UNO A (un polvo y a dormir) es epidémico; que la mayoría de los hombres acaban siendo refractarios a los preámbulos amorosos que muchas exigen en el catre, y que si de ellos dependiera sacarían adelante una ley que los librara de nuestros pedidos de abrazarnos después del aquello.

“Son básicos”, dicen unas; “primarios”, dicen otras, “narcisos”, se quejan todas... Pero a la hora de la verdad ahí estamos todas, incapaces de resistirnos ante sus coqueteos y sus intentos de llevarnos a la cama.

Y yo pregunto: ¿Si el diagnóstico tiende a ser siempre el mismo, por qué no dejamos de ver todo aquello como un defecto, nos olvidamos de tratar de cambiarlos y aprendemos a quererlos y a desearlos como son?

Saber que se portan así nos da una valiosa ventaja, la posibilidad de que nuestro cerebro femenino actúe sobre terreno conocido.

Eso lo tiene claro la escritora estadounidense Sherry Argov, autora de Por qué los hombres se casan con las cabronas (libro dirigido a mujeres demasiado buenas con ellos), quien hace poco aportaba claves para enloquecer a los señores, a partir del conocimiento de lo que son.

Y resumo algunas: no perseguirlos, porque van a huir; no hacerles ver que tienen control sobre nosotras, pues prefieren los desafíos; demostrar que no hay miedo a quedarse sin ellos; entender que no responden a las palabras, sino a la falta de contacto, y no perder de vista jamás que antes de una encamada las mujeres piensan con claridad y ellos no, y que después del sexo es al revés: ellos piensan claramente y nosotras no. Hasta luego.

ESTHER BALAC
Para EL TIEMPO

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