La leyenda de El Dorado habría sido una broma de los indígenas

La leyenda de El Dorado habría sido una broma de los indígenas

Jotamario Arbeláez acoge la tesis de Germán Arciniegas sobre un plan para enloquecer a invasores.

11 de octubre 2013 , 07:07 p.m.

Todos los lugares de la Tierra, incluidas las tierras vírgenes, tienen su historia. Con mayor razón los mares, más humanos que los vastos y profundos océanos. De su sal surgió la vida. De ellos han emergido tierras nuevas, al empuje de las velas del hombre, y sus historias se cruzan con la leyenda.

De la incierta navegación de un guerrero astuto por el Jónico y el Egeo nace el libro fundador de la literatura de Occidente. Y aunque todavía se duda de la existencia del aeda, han aparecido siete Troyas unas sobre otras.

Gracias a la milagrosa complicidad del mar Rojo con el paso de Moisés y sus tribus, pudo tener la Biblia un final feliz. No me refiero al Apocalipsis, sino a que se alcanzó a cerrar el ciclo abierto en el Génesis.

El decreciente mar Muerto –el más bajo y el más salado del mundo, donde solo nadan microbios– no se quedó atrás y arrojó los manuscritos de Qumran para completar el perfil del Cristo.

El Mediterráneo, Mare Nostrum de los romanos, que cada verano pierde 250.000 toneladas de agua y, sin embargo, el nivel es más alto 20 centímetros, lo que indica que no son directamente proporcionales peso y volumen.

El mar Oriental de China, sobre el que se acaba de construir el puente marino más largo del mundo, de 36 kilómetros y a prueba de los más violentos tifones.

El mar Negro, en cuyo fondo la National Geographic halló los restos de una ciudad sumergida en el diluvio. ¿Qué podría decirse entonces del mar que a la llegada del europeo –que detentaba la Historia– dobló la extensión de la tierra? ¿Del Caribe, donde los españoles –en vez de las Indias buscadas– encontraron a las indias ya descubiertas, la papa y el tabaco, y en vez de nuez moscada y clavos de olor, oro para tachonar sus imperios?

La conquista de Iberoamérica ha sido descrita como una irremisible sucesión de atropellos por hordas de presuntos civilizados, contra unas civilizaciones auríferas de aborígenes, millonarias también en ocultas y ancestrales sabidurías. Se vino a escamotearles el metal precioso y la tierra y la libertad y a cambiar sus joyas por baratijas, sus imperios solares por virreinatos, a sus emperadores y caciques por designados de sus católicas majestades y a sus deidades por la iconografía vaticana. A imponer la cruz por la espada. A dar rienda suelta al saqueo para costear las guerras europeas.

Pero, para que la épica no se aplique de un solo lado, pues para esta son tan héroes los vencidos como los que arrasan, habría que tenerse en cuenta también el coraje y los sufrimientos de los conquistadores.

A más de las flechas envenenadas de los indios y algunas muelas caníbales, las rencillas internas –que terminaban en ejecuciones, asesinatos, cárceles y despojos–, la falta de alimentos, de agua, de ropa, de medicinas contra enfermedades conocidas como el escorbuto –por la falta de ácido ascórbico–, o también recién descubiertas, como el pian, que por sus síntomas pustulosos era confundida a menudo con la sífilis y la lepra, y que aprendieron a curar a punta de guayacán o palo santo; como la fiebre amarilla, transmitida por los mosquitos en las ciudades y las selvas; como las niguas, pulga diminuta que entra por la piel, en especial de los dedos de los pies y por entre las uñas produciendo abscesos e intensos dolores que impiden el caminar. (Muy poca nigua figura en las crónicas antiguas y modernas de la invasión conquistadora, pues es un bicho más bien feo, que no se compadece con el paisaje americano a la manera de las llamas y los manatíes, de las araucarias y el matapalo). “Muchos perdían los pies por causa de estas niguas o al menos algunos dedos dellos, porque después se enconaban e hacían materia y era necesario curarse con hierro o con fuego.”

¿Poesía o novela?

Germán Arciniegas no es menos descriptivo: “Niguas y gusanos devoran vivos a los hombres: en la noche, unos grillos roedores les arrancan a pedazos orejas y narices, sin que las víctimas tengan alientos para dar un quejido”. En La medicina en el descubrimiento de América, Roberto de Zubiría diagnostica que el gran Almirante tuvo que soportar en las tierras descubiertas grandes períodos aquejado de gota, de mal de piedra, de fiebre tifoidea, de modorra pestilencial que lo dejó como muerto cerca de San Juan, y de conjuntivitis de gran intensidad.

Se dice que no es confiable la poesía –ni la novela– para narrar la historia. Que en la primera hay que magnificar las hazañas y sufrimientos. En la segunda, barajar más despacio. Pero nadie tendrá olvido para esa estrofa de El estrecho dudoso, de Ernesto Cardenal, cuando, huyendo de Urabá –“donde Juan de la Cosa quedó hecho como un erizo”–, Ojeda con sus hombres dio con una ciénaga y se metió en ella, y comenzaron a andarla hundiéndose cada vez más, pero con la esperanza de que pronto se acabaría y pasaron días y días bebiendo su agua salobre y durmiendo entre los manglares hasta que salieron, al cabo de 30 días, solo la mitad de los que entraron, entre ellos Ojeda, para morir.

He requisado la historia del Caribe de pe a pa, de Pedrarias Dávila a Pablo Morillo, o de Colón a Fidel, como lo hizo Juan Bosch, y pienso qué podría esperarnos a los descendientes de esta epopeya, que comenzó con un robo y un asesinato. El robo a cargo del propio Almirante, al escamotearle a Rodrigo de Triana los 10.000 maravedíes que la Reina prometiera de por vida a quien primero diera el grito de “¡tierra!”.

Alegó el genovés que había visto horas antes del grito una luz que se desplazaba a lo lejos. ¿Por ventura la tea de un alma de Dios que se dirigía a hacer sus necesidades?

El hecho es que don Cristóbal disfrutó hasta último momento, aun en las duras, de esta gabela que él mismo había sonsacado a la Reina y que cubrían religiosamente las carnicerías de Sevilla. Y lo que yo llamaría un magnicidio, en el hombre que, traspasando a pie el istmo, descubrió la otra mar, la Mar del Sur, el océano Pacífico para más señas, Vasco Núñez de Balboa, hidalgo de Extremadura. Su suegro Pedrarias le mandaría cortar la cabeza y Francisco Pizarro sería el sicario.

Descubridores y conquistadores, al sorprender a los desnudos aborígenes adornados de oro, procedieron, con engañosos tiquismiquis, a canjearles esas piezas que hoy son orgullo de museos por espejitos y chaquiras. Pero, sobre este original gatazo, primó la malicia indígena.

Germán Arciniegas suelta esta bomba deslumbrante, que inauguraría entre nosotros la ‘guerra sucia’, pues supera en astucia el truco del caballo de Troya. Que El Dorado nunca existió. Que habría sido “un engaño inventado por los indios para deshacerse de los españoles”. Vengarían el zarpazo poniéndolos a deambular detrás de una destellante quimera, hasta terminar prácticamente locos, como Quesada, en reclusión voluntaria, o ejecutados, como el inglés Sir Walter Raleigh, pasándose por las armas unos a otros, como los Pizarro y Almagro, o como Hutten y Welter por Carvajal, ejecutado a la vez por ello.

O víctimas de las envenenadas flechas indígenas, como Ponce de León y Orellana. Y no solo los pusieron a pesquisar El Dorado, sino –por el sur, centro y norte– las siete ciudades de Cíbola, el País de las Amazonas y el País de la Canela. Incluso, la Fuente de la Juventud, tras cuya búsqueda Ponce de León consumió los últimos 8 años de su vida, habría sido una broma pesada de los indígenas de Puerto Rico.

Lo que prueba que tampoco eran tan mamertos.

A partir de muchos episodios de conquista como estos, y peores, el Caribe sería escenario de una penetración colonizadora en que los naturales llevarían la peor parte.

La parte del saqueo inmisericorde de los tesoros indígenas, de la destrucción de sus códices, del comercio de negros esclavos escamoteados al África, de la continuación de la Inquisición, de la presencia de piratas y corsarios asaltando en el mar y sitiando plazas, de la pérdida de la hegemonía española ante portugueses, ingleses, franceses y holandeses. Y del sacudimiento de los criollos que, después de tres largos siglos, devolverían al descubridor, al conquistador y al colonizador a su territorio. Y enfrentarían su propio destino, salpicado de tiranías sanguinarias y esperanzadoras y frustradas revoluciones.

Antepasados

Mis antepasados entraron en América conquistando y arrasando

Mis antepasados se defendieron con los dientes de esta invasión de bárbaros

Mis antepasados buscaban el oro para cuadrar las arcas de sus monarcas y saciar sus propias sedes

Mis antepasados ocultaron el oro de sus ritos al sol bajo tierra y bajo las aguas Mis antepasados nos robaron la tierra

Mis antepasados no pudieron recuperarla

Cómo siento en el alma no haber estado en el cuerpo de mis antepasados

¿De parte de cuál de mis antepasados me pondré contra cuáles?

JOTAMARIO ARBELÁEZ
Especial para EL TIEMPO
jmarioster@gmail.com

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