La sangre negra de Lampedusa

La sangre negra de Lampedusa

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11 de octubre 2013 , 05:14 p.m.

308 eritreos y somalíes murieron ahogados el pasado 3 de octubre a pocos metros de la costa de Lampedusa. Inmigrantes ilegales, empujados por la necesidad, por el deseo de un futuro tranquilo para su prole. Pero el plan salió mal. La barcaza hacinada no aguantó el breve trayecto de 115 kilómetros entre la costa libia y territorio italiano. Fallecieron muy cerca de la libertad.

Una foto que simboliza la tragedia invadió las redes sociales: a la entrada de un hangar se ven cuatro ataúdes blancos con osos de peluche encima. Cada osito tiene un corazón rojo en el centro del pecho. Son féretros pequeños, de niño. Son cuatro de las cientos de víctimas, entre las que había mujeres embarazadas, adolescentes de tersa piel color ébano.

Su travesía era lo más parecido a una ruleta rusa: o llegar a Europa o morir ahogados. Este pacto con la muerte se repite todos los días y sigue chocando con la misma mirada altiva e indiferente de una altiva Europa que hace como si nada.

Como tantos otros, este grupo de inmigrantes zarpó el 2 de octubre al amanecer, y ya el jueves 3 el mundo entero fue testigo del desenlace: solo una centena llegó a tierra; más de trescientos saltaron al agua, a una muerte segura. ¿Qué pasó? Los sobrevivientes cuentan que la barcaza empezó a fallar muy cerca de la costa. Así que el traficante quemó una cobija para alertar a la guardia costera y pedir auxilio. Pero el fuego se propagó a la cubierta y el hombre, en un momento de sevicia, les ordenó saltar al agua. A todos. Muchos no sabían nadar; las mujeres con niños en su vientre le rogaron que tuviera misericordia. Pero el tipo los obligó.

Así que saltaron. Casi de inmediato sus pulmones se llenaron de agua salada. Luego no se les vio más y el agua quedó en silencio. Los rescatistas arribaron cuando la tragedia llegaba a su fin; más de trescientos cuerpos se sumergían inertes. Otra centena luchaba por su vida.

Una semana después sigue circulando la imagen de los cuatro ataúdes blancos acompañados por otros 305 ataúdes cafés, de adulto.

Murieron mujeres que hasta hace pocos días sonreían con la idea de empezar una vida nueva en Italia, lejos de la violencia y el dolor de África. Hombres que prometieron a sus madres escribirles tan pronto llegaran a Italia.

Uno de los sobrevivientes les contó a las autoridades: “Salí el 2 de octubre hacia las 3 de la mañana junto a tres primos míos de la costa de Misurata, en un pesquero en el que éramos unos 500. Viajé en la zona intermedia de la embarcación. Para la organización del viaje contacté con un sudanés, al que le pagué 3.400 dólares en total por mi familia".

Kaled Ben Salam, tunecino, fue quien los embarcó en esa empresa mortal y el que los –según testigos– los obligó a saltar.

Estas fronteras de sangre –el Mediterráneo, la frontera que separa México y Estados Unidos, el mar entre Cuba y Miami– constituyen el escenario perfecto para una tragedia humanitaria continua que, vaya paradoja, logra menos atención mediática que el nacimiento del hijo de Kim Kardashian.

Día tras día llegan reportes de la guardia costera en Italia: se ven diez, ochenta, cuarenta jóvenes tunecinos, eritreos, somalíes. Luego desaparecen en el horizonte y días después llegan los cuerpos inertes, arrastrados por la corriente mediterránea.

Cruzar el mar es apenas una escala de esta travesía de la muerte. Los niños de brazos, mujeres y ancianos ya han tenido que atravesar el temido desierto del Sahara, a menudo sin comida ni una gota de agua. Los traficantes ganan cientos de miles de euros con la promesa de llevarlos sanos y salvos sin tener que pasar por la aduana. Lejos de la realidad.

Pocos llegan vivos. Una buena parte se quedan a medio camino, desfallecen de agotamiento, de desnutrición, de deshidratación. O mueren en el segundo tramo, en altamar. A una gran mayoría de los que sobreviven los deportan en el acto. Y Europa calla.

Hoy, la isla de Lampedusa llora una nueva tragedia, en lo que parece un infierno dantesco sin fin. Algunas denuncias apuntan a negligencia de los rescatistas italianos. “Los alertaron de la tragedia y se quedaron allí, sin ayudarlos, viéndolos morir”, afirman testigos. La última palabra la tendrán las investigaciones policiales. Pero desde ya podemos apuntar a la pasividad –que raya con el delito– de un primer mundo indiferente. La solidaridad no es opcional, es un deber, más aún con países vecinos que sufrieron la imposición cultural y económica de las potencias europeas que aún hoy explotan sus recursos y alimentan sus conflictos bélicos con municiones. Cada ataúd blanco simboliza el silencio de una Europa que se asoma desde lo alto de su muralla para ver a los africanos morir ahogados ad portas de la libertad.

María Antonia García de la Torre
@caidadelatorre

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