El drama de estudiar en Pakistán, el país que necesita muchas Malalas

El drama de estudiar en Pakistán, el país que necesita muchas Malalas

El drama de un país donde es común que las bombas las pongan en las escuelas. Crónica.

11 de octubre 2013 , 12:59 a.m.

A sus 16 años, Malala Yousafzai se volvió un símbolo de la lucha por la educación en Pakistán. El no tener miedo de alzar la voz para defender la educación de las niñas la puso en el punto de mira de los extremistas. Malala, que sobrevivió a un ataque talibán el 8 de octubre de 2012, cuando salía de clase, ha recibido numerosos premios internacionales, entre otros el Sajárov, que le otorgó la Unión Europea.

Pero Pakistán va a necesitar muchas Malalas para que la educación sea un derecho y no un desafío para miles de niñas y niños que quieren estudiar.

Los talibanes atacan escuelas -especialmente de niñas- y amenazan a las profesoras, mientras el gobierno paquistaní mira hacia otro lado, ante la imposibilidad de poder controlar a los grupos islamistas radicales.

Entre 2010 y 2013, un total de 839 escuelas, 81 de ellas sólo el año pasado, fueron destruidas en la provincia de Khiber Pakhtunkha (KPK). La tasa de alfabetismo se sitúa en el 16 por ciento en esa provincia y en las áreas tribales FATA, frente al 47 por ciento de media en el resto de Pakistán.

Sobre este asunto sabe muy bien Khadim Husein, director de Basha Khan Foundation, en Peshawar. Esta organización se encarga de rehabilitar centros escolares destruidos y llevar escuelas móviles a las aldeas remotas de KPK.

Para Husein, los insurgentes atacan las escuelas porque las consideran “un símbolo del Estado” y de “la educación moderna occidental”. Husein dice que las operaciones militares contrainsurgentes en las áreas tribales de Fata y KPK no ayudan a erradicar el fenómeno del radicalismo. “El Ejército debería proporcionar seguridad, proveer trabajos, reconstruir carreteras y escuelas para dar esperanza a las futuras generaciones”, sostiene.

La escuela gubernamental de primaria Kadi, en el distrito de Swabi, está situada en la ladera de una montaña a las afueras de la aldea del mismo nombre. El acceso es complicado porque no hay carreteras, sino caminos de tierra. La aldea tiene alrededor de 10.000 habitantes y hay tres escuelas públicas, un instituto y dos escuelas privadas para niñas.

Ha llovido en la madrugada y los caminos están enfangados. Unos pocos estudiantes llegan con dificultad a la escuela. Los profesores saben que la asistencia será mínima debido a la tormenta. El colegio tiene 210 alumnos, de los que sólo un 30 por ciento son niñas. Un muro de cemento separa las aulas masculinas y femeninas.

En agosto pasado, en pleno mes de Ramadán, a la hora en que se levantaba el ayuno, una bomba activada por control remoto destrozó dos aulas de la escuela de varones. El presupuesto para la reconstrucción de las aulas, que resultaron totalmente dañadas, es de 40.000 dólares, pero hasta ahora no han llegado las ayudas del Gobierno, por lo que han tenido que acomodar algunos niños en las clases de las niñas. Cuando viene el buen tiempo muchos alumnos estudian en la entrada.

“Gracias a Dios, no había nadie en la escuela, ni siquiera el guardia de seguridad que estaba tomando el Iftar (la comida de ruptura del ayuno)”, explica Yusuf Sayed, director de la escuela. Sayed agrega que otra bomba, de unos 10 kilos de explosivos, fue instalada en la zona de las niñas, pero no llegó a explotar.

“Necesitamos más protección. Solo tenemos un guardia, y no es suficiente. Como funcionarios públicos deberíamos tener más seguridad”, exclama Sayed.

Ataques son habituales

Ashad estudiaba en una de las aulas que ahora están destruidas. “Me gusta estudiar y venir a la escuela”, dice el pequeño, aunque reconoce que “tiene miedo de que otra vez vuelvan a atacar el colegio”.

Su compañero, Sayed Burjanudin, de 9 años, dice desafiante: “somos pashtunes (una etnia) y no tenemos que tener miedo. Me gusta estudiar. Dos de mis hermanos mayores están en el instituto. Yo quiero ir a la universidad y ser ingeniero”. Burjanudin es el hijo menor de uno de los profesores del colegio; sus tres hermanas están estudiando en una escuela privada para niñas, más protegida, en un área urbana. Por lo general, las escuelas en la provincia de Khiber Pakhtunkha (KP) suelen estar a las afueras de las aldeas, por lo que resultan blancos más fáciles para los talibanes.

Hira, de 8 años, se quita sus zapatitos para entrar a la clase. No hay pupitres; los niños se sientan en el suelo sobre una alfombra de plástico y se apoyan sobre sus mochilas para escribir. “Todavía estoy asustada. Tengo miedo de que vuelvan a atacar la escuela, pero me gusta estudiar. Me gustaría ser maestra de mayor”, explica la niña.

No sólo la escuela primaria ha sido atacada por los talibanes. La noche del 16 de febrero de este año explotó una bomba activada por control remoto en un centro de enseñanza media a 500 metros de allí. Tres aulas y el despacho del director quedaron reducidos a un montón de escombros.

“Estamos preocupados, por supuesto. Ponemos en riesgo nuestras vidas al ejercer nuestra profesión”, lamenta Idris Kamal, director del Instituto Kadi.

“Pedimos más protección a la policía pero nos dijeron que no hay suficientes agentes y que son necesarios para proteger otros edificios gubernamentales”, se queja Kamal

“No sé quién está detrás de estos hechos, ni cuál es el objetivo de atacar las escuelas”, declara el director, que reconoce que el Gobierno “no está prestando demasiada atención a este fenómeno, que se ha convertido en algo habitual en las escuelas de KPK”.

A las consecuencias directas de los ataques, se suman peligrosos efectos sociales. El vacío que crea la mala gestión del sistema educativo estatal paquistaní lo han llenado las madrazas (escuelas coránicas).

Las decenas de miles de niños que por cuenta de las bombas se quedan sin ir a la escuela son más vulnerables para ser atraídos por insurgentes.

“Al no tener una escuela donde estudiar, los talibanes los reclutan en las madrazas y los entrenan para convertirlos en suicidas”, se queja Wakil Khan, exsecretario de Asuntos religiosos en Islamabad.

Pakistán apenas dedica un 3 por ciento de su presupuesto a la educación, por lo que la mayoría de los niños que provienen de familias con pocos recursos tienen que ir a los seminarios religiosos porque “no tienen ningún otro lugar dónde educarse”, insiste.

Las familias pobres suelen tener entre 8 y 10 hijos, y la matricula mensual en una escuela pública es de entre 500 y 600 rupias (aproximadamente 4 euros), lo que representa una fortuna para un padre que gana 7000 rupias (50 euros) al mes.

Las madrazas ofrecen educación gratuita, una pequeña ayuda económica para los alumnos, comida y un lugar donde dormir.

“Por ese motivo, los pobres mandan a sus hijos a los seminarios religiosos porque el Estado no les da apoyo en materia de educación”, lamenta el exsecretario de Asuntos Religiosos.

El problema es que la mayoría de las madrazas contribuyen de forma indirecta con el extremismo y el terrorismo al crear “un estado de ánimo entre sus estudiantes que los deja vulnerables a los extremistas islámicos”, denuncia Wakil.

“La cuestión del terrorismo no es con las madrazas en sí mismas, sino con la ideología que enseña un sector de la escuela deobandi (movimiento islámico suní)”, critica.

Durante sus más de siete años al cargo de la oficina, Wakil promovió, sin éxito, iniciativas para regularizar el currículum de las madrazas. “El Gobierno debería haber aprovechado esas infraestructuras y haber invertido para modernizar el currículum. Pero nunca se lo han tomado en serio”, concluye.

ETHEL BONET
Para EL TIEMPO
ISLAMABAD

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