Una infancia sin amigos marcó el amor de Édgar Negret por la soledad

Una infancia sin amigos marcó el amor de Édgar Negret por la soledad

ELTIEMPO.COM revela entrevista inédita con el escultor, un año después de su muerte.

10 de octubre 2013 , 09:28 p.m.

El 11 de octubre del año pasado falleció el escultor colombiano. Hoy este medio digital publica una entrevista inédita que le hizo el prestigioso crítico de arte Fausto Panesso en 1980, en la que Édgar Negret reveló detalles ocultos sobre su familia y por qué disfrutaba tanto la soledad. (Vea aquí una galería de fotos sobre el legado del maestro Negret)

¿Tuvo una infancia excepcional?

Durante 20 años, mamá no tuvo descanso. Cada dos años venía un hijo. Fui el último de diez, el ‘cuncho’, como llamaban al menor. De algún modo estaban volcados sobre mí… claro, por ser el último. A pesar de eso siempre se está solo, porque los ‘grandes’ están inmersos en sus asuntos. Así recuerdo la casa paterna, llena de mis hermanos y su gente, que entraban y salían, entregados a actividades en las que yo no podía participar. ¡Es que había tanta diferencia! Quien me seguía era Alicia, que me llevaba cinco años, y de los hombres, Gerardo, que me llevaba 10.

Y de los amigos de niñez, ¿qué nos puede contar?

Nunca había amigos niños en la casa, así que la vida social desde entonces comenzó a no interesarme para nada… ¡Y me sigue gustando! Inventé mi propio mundo, conquisté mi propio ‘nido’, y lo que quedó para mí fue la huerta de la casa. Recorrerla, internarme y venturosamente perderme, era una maravillosa aventura, pues era enorme. Me refugiaba allí y hacía mis mejores descubrimientos.

Así pasé la infancia. Había cafetos, matas de plátano y un árbol gigante, lleno de formas curiosas, que producía un fruto que no era comestible. Pero lo que realmente constituía para mí un motivo de atracción inagotable eran las gruesas tapias del fondo. Las veía gigantescas, horadadas por el tiempo, llenas de huecos oscuros y misteriosos, con los que jugaba a hacer mi propio castillo. Me perdía por horas, hasta el almuerzo o la cena, cuando los hermanos regresaban del colegio. Yo era el único que no estudiaba porque entonces no se entraba al colegio sino hasta los siete años. Así que tenía tiempo para mí y para recorrer mi huerto. No salía, no tenía amigos.

Y aquel tiempo, con aquel disfrute de libertad en soledad, sin amigos, ¿No le importaba?

No. Me fui acostumbrando a vivir solo. Eso era lo que me gustaba, estar en mis sueños, esa era mi vida y por eso siempre defenderé la vida de la gente aislada. Creo en lo positivo de ella, en la independencia que da para siempre ese aprender a vivir con uno mismo. Ese fue mi gran aprendizaje de infancia. Durante la vida, he comprobado cuánto me sirvió. Cuando llegué a vivir a París o a Nueva York no conocía a nadie, pero no me importaba… me las arreglaba para volver a hacer ‘mi nido’.

Pero aun en medio de esa soledad, tuvo que haber alguien en esa familia numerosa que se asociara con usted, en funciones de amistad o complicidad...

Sí, sin duda mi hermana Leonor…Nona. Era el ser maravilloso de la casa, pendiente de papá, de mamá, de los hermanos. Un ser supremamente inteligente que nos quería por igual. Si llegaba a presentarse alguna aspereza, de inmediato la limaba. Alicia, la hermana que seguía, tenía su habitación con ella. Recuerdo ciertos celos míos con Alicia de muy niño por esto, pero Nona, que ya era una persona formada, se inclinó de inmediato por mí, el más niño.

Imagino que a estas alturas, después de 10 niños, mamá estaba un poco cansada de las esclavitudes de la crianza, así que de mi educación primera en el hogar, se encargó Leonor, con las naturales reservas de mamá, porque yo hacía lo que me daba la gana. Es que con Nona todo era ‘sí’. Muchas veces oí a mi madre decirle: “usted va a perder ese niño… ese niñito no va a servir para nada en la vida, con ese sistema suyo de darle gusto en todo”.

Édgar Negret descubrió años después que por sus venas corría sangre inca. En un hogar con tanto sentido de casta, de clase, y en una Popayán tan tradicionalista, ¿estos ancestros los conocían sus padres?

Nunca lo supieron. Eso lo descubrí muchos años después, cuando a raíz de la muerte de mi hermana Alicia me sumí en un completo limbo y quedé, así me siento, como habitando en un hueco, al ver que ya no quedaba nadie, todo el mundo había muerto… incluso me enfermé de depresión de un modo que pensé no poder sobrevivir, creí que también me iba. Cuando comencé a recuperarme, me dio por buscar y escarbar fotos antiguas, y terminé en una investigación muy rigurosa de mis antepasados, de mis ancestros, como quien exorciza fantasmas, no en busca de ninguna genealogía aristocrática.

Buscaba un nexo con la tierra, con la vida, entender de donde venía… y me encontré con esa sorpresa. Ahora no imagino cómo hubieran tomado papá y mamá ese descubrimiento, para mí maravilloso, de que tengo gotas de sangre inca. Lo que pasa es que en casa no se comentaban asuntos de casta o aristocracia. Mamá, por ejemplo, estaba más vinculada a la tradición que se cultivaba en Popayán, por su familia, que había llegado allí antes. La familia Pombo, por ejemplo, era muy importante, notables allí, y la abuela de mi madre era Pombo y Pombo, hija de los dos primeros que llegaron y que eran primos entre sí. Pero, de algún modo, en mi madre primó más la familia de papá, uno siente que la fue marcando… uno ve unas fotografías de recién casada y se la ve con sombrero de plumas y todo eso como de cierto boato, y después cambia ella… se va metiendo en sí misma. En general, en casa jamás se habló de alcurnias… simplemente de los casamientos, los nacimientos, los bautismos, las muertes y todo enmarcado en un entorno muy discreto y religioso.

Dentro de ese entorno religioso, ¿Cómo eran las relaciones de aquel Negret niño con Dios?

¡Ah, imagínese! De niño, la primera aspiración que tuve no fue ser artista. ¡Lo primero que quise ser fue santo!... Pero San Juan de la Cruz me sacó esa idea de la cabeza porque, según él, para ascender al Monte Carmelo, la cumbre de la Santidad, se requería de la absoluta humildad, y ya el solo hecho de que uno se reconociera humilde, era el mayor acto de soberbia en sí mismo. Así que desistí después de varios años de no entender cómo se resolvía esto tan complicado. Con mamá íbamos a la iglesia del Carmen y aquel era un mundo hermoso de incienso, rezo y cantos… Pero yo no iba a rezar, sino a sumergirme en esa atmósfera de la vida religiosa de esa época. Me interesaba la vida de los santos. Esos eran mis personajes, casi mis héroes, sus vidas me parecían más apasionantes que cualquier otra que pudiera encontrar en libros de aventuras o en los cuentos de príncipes y de hadas que, curiosamente, jamás me impactaron.

Considera Édgar Negret, el escultor, que de allí, de ese ambiente místico y a la vez, digamos tan ‘plástico’, ¿pudo provenir ese sentimiento de trascendencia que caracteriza su obra?

Creo que sí… siempre esperaba mayo con expectativa. Ese mes, mamá me sacaba de mi ‘huerta’ y me llevaba a la iglesia del Carmen todos los días. Fui feliz de salir todas las tardes en el mes de La Virgen, de María. Era otra revelación, otro contacto que tenía con esas cosas trascendentales. Aquello era pura magia… yo no le ponía atención al rezo, solo al espectáculo de los candelabros prendidos, esa inundación de velas, los cantos y la letanía. Cosas que se sienten más allá de los sentidos. Lo que se veía, el olor a incienso, era un ritual impresionante y yo entraba en él. Eran visitas maravillosas, experiencias que me llenaron verdaderamente.

Desde luego es una infancia muy peculiar. Una iniciación mística que corresponde a cierto modo de sentir el universo, o de percibir el universo, mejor. ¿Qué otros recuerdos tiene asociados a esa infancia que es una parte tan esencial de su vida?

Al principio vivíamos en casa de los abuelos paternos. Yo alcanzaba a comprender que mamá se tensionaba porque no entendía cómo hablaban ellos. Decía que los Negret, los hermanos de papá, hablaban en un tono muy bajo y “para adentro”. Tenían unos vozarrones profundos, pero emitían las palabras hacia adentro y no era fácil entenderles. Esta era una característica de ellos. Recuerdo la familia de papá unida a una mesa enorme, llena de señores, donde había un sacerdote y una monja, su hermana, que venía de visita de vez en cuando. El resto eran hombres. Así que en ese mundo masculino, creo que mi madre se fue sintiendo reprimida, inhibida tal vez.

Uno ve las primeras fotografías y hay una alegría espontánea que se le nota en la forma de vestir, en la forma de posar, se ve linda. Luego uno va notando que se va alejando hacia el silencio, diluyéndose. Ella se hizo íntima amiga con la abuela, que la prefirió por encima de todas las nueras. Era natural porque mamá fue la primera extraña que entró en aquel bloque de hombres Negret, cerrado, con sentido de clan, y que venían ancestralmente del Piamonte italiano, con todo lo que aquello entrañaba.

Volvamos a la madre, venida de una región distinta a la del padre. ¿Cómo la recuerda?

Mamá no era muy cariñosa, expresiva, era más bien púdica, pudorosa. Jamás la vi darse un beso con papá, para citar un detalle. Con nosotros era un poco así. También tenía una relación muy extraña con Dios. Mamá fumaba… y era muy raro que una mujer lo hiciera. Pero de golpe un día no volvía a fumar, y entonces nos reíamos porque estábamos seguros que esa privación se la había ofrecido a Dios o a un santo por algo que hubiera acontecido en la casa. Alguna tos aquejaba a alguien o cosas así. La molestábamos y embromábamos con eso. Ella era de promesas así, sutiles y rotundas. Por ejemplo, jamás volvió a usar ropa de seda. Usaba linos y otras cosas muy discretas y de buen gusto. Aquello debió de obedecer a una promesa que ella hacía en secreto. Ella no aclaraba nada, solo decía: "No me traigan seda que no me gusta”. Otro recuerdo es su voz cantando el Ángelus. Aún a los 70 años lo seguía haciendo conforme lo hizo en vida. A las 12 del día y a las 6 de la tarde, donde estuviera en ese momento en la casa, se asomaba a una puerta y lo entonaba con una voz clara y estupenda… “El ángel del Señor le anunció a María” y las muchachas del servicio, sin interrumpir sus oficios le contestaban cantando. Era un ritual diario que siempre sucedió mientras estuvo viva.

¿Hubo algunos momentos privilegiados entre Édgar Negret y su madre?

Cuando crecí, era cariñoso y extrovertido. Ella me decía, por esto, que era muy Dueñas, su apellido, porque los Negret eran muy introvertidos y circunspectos. Una vez crecí, me encantaba sorprenderla y alzarla, pues era muy frágil… Cuando estaba parada por ahí, la cogía por detrás, la levantaba en mis brazos y salía corriendo con ella a cuestas. Ella se reía y protestaba y me decía que eso era irreverente, una falta de respeto. Yo sabía que dentro de ella, allá en lo íntimo, esto le encantaba. Que le gustaba que eso sucediera porque los demás hermanos jamás se habrían atrevido a tanto… Bueno, y después, ya hacia el final de su vida, cuando regresé a Popayán, después del 9 de abril del 48, tuvimos felizmente tiempo para ambos. Muy poco, sin duda, pues ya llegaba el final, pero tuvimos diálogos muy bellos, que me acompañan desde entonces… que recordaré para siempre.

¿Se sintió usted un niño muy protegido?

Todo el tiempo. Al ser el último de nueve hermanos tuve cinco papás y cuatro mamás: María, Ana Lucía, Leonor, Alicia, Carlos, Efraín, Gerardo y Rafael. Recuerdo mi relación con mis padres más bien como la que se tiene con los abuelos. Me sentí rodeado de protección, de cariño, de amor… Mamá y papá fueron muy especiales.

Del general Negret, su padre, sabemos que era un oficial de máximo rango, ¿Cómo lo recuerda?

La palabra ausencia es una que asocio mucho con él, por sus deberes de militar, que lo mantenían siempre alejado de casa. Aun así, sus llegadas fueron algo inolvidable. Cuando se sabía que venía nos lo anunciaba su ordenanza, que permanecía en la casa. Ese día me iba a encontrarlo hasta el puente sobre el río Cauca. Entonces se usaban esas capas grises alemanas, de paño muy grueso, y cuello rojo. Venía envuelto con su capa. Sabía que el niño lo esperaba y cuando llegaba hasta mí, el soldado me alzaba y papá abría su capa y me guardaba en ella. Me quedaba la cabeza por fuera, y un olor me invadía, el de paño lloviznado por el rocío. ¡Qué maravilla!, ¡Qué calor sentía! Y qué defendido quedaba uno. Así íbamos paso a paso con el soldado al lado conversando. Recuerdo con cuánto anhelo esperaba siempre este encuentro, para que se cumpliera este ritual… ¡Inolvidable!

Dado su carácter de militar, ¿era muy rígido?

Muy humano. Un militar sí, pero ante todo justo. Conmigo siempre fue muy cariñoso. Es que me tuvo a los 50 años. Un abuelo casi, que no sabía nada más que ser tierno conmigo. Jamás fue de rabietas. En el exterior siempre fue ‘El General’. Incluso para la familia, para sus hermanos, para sus primos, para el resto de la gente, porque a un general se le tenía mucho en cuenta. Se le consultaba todo. Alguna vez quisieron nombrarlo gobernador y tan pronto se enteró se opuso. Era muy seguro de sus decisiones. “No voy a dar pie para que cualquiera comience a hablar lo que quiera de mi familia. Y eso es lo que trae la política”. No se habló más del asunto. Resguardaba la casa ante todo, nuestra privacidad.

¿Qué otras cosas le marcaron en ese ir creciendo de la niñez a la adolescencia?

Las vacaciones en Palacé. Al otro día de salir del colegio estábamos con mamá en la finca. Y nos quedábamos junio, julio, agosto, septiembre, la mitad de la vida. Esa fue mi adolescencia. La recuerdo hecha de viento, de paisajes, de desnudez de río, de desnudez montando a caballo, eran la libertad y la soledad total. Apenas salía de la casa se veían los guayacanes, y unas lomas de una sensualidad tremenda arqueándose contra las nubes. Por el centro, unos chorros de árboles que bajaban al río. Salía en la mañana armado de un par de sánduches y un libro, y me perdía el día entero. Bajaba hasta el río y me sumergía desnudo en esa agua que templaba los nervios.

Otras veces iba al punto más alto de la finca, lleno de un viento silbante. Uno se desnudaba y el viento lo tocaba por todas partes, y como el niño del libro de Jacob, de Thomas Mann, llegué a levitar abrumado por tanta belleza.

Echemos una mirada a esa adolescencia, de aquellos años finales de bachillerato...

Seguro se refiere a mis años en la Normal Anexa, que es el colegio al que entro en Popayán, cuando regreso de Cali ya crecidito. Nunca supe a qué era anexa. Recuerdo que no había colegios para niños.

Era tan popular, que a la clase llegaban muchachitos con su caja de dar lustre y la ponían debajo del pupitre. Era para todos, pobres y ricos. Estuve un año en el convento del Carmen y luego nos mudaron a la Universidad del Cauca y la pusieron en la planta baja. Allí me sentí integrado a la universidad a la que entré un año más tarde. Tuve mis amigos, sin embargo nunca me sentí parte de eso. Recuerdo los recreos, la locura total. Duraban un montón y la gente iba por las gradas… jugaban fútbol, intercambiaban patadas, y en verdad yo los veía siempre de lejos, como quien ve un espectáculo que no le interesa mucho.

Y sus relaciones personales, ¿cómo eran? ¿Édgar Negret en el recreo?

Me encantaba dibujar desde pordioseros hasta estrellas rutilantes de cine. Me acuerdo de pata-e-guaba, un mendigo que arrastraba un pie que tenía la forma de la fruta, por eso lo llamaban así. Usaba un sombrero grandote y se paseaba por Popayán. En esas se cruzaba con el maestro Valencia y se quitaba el sombrero muy ceremonialmente, el maestro también. Un día le dijeron: “Por Dios maestro, ¿Qué es eso de andarse quitando el sombrero ante pata-e-guaba?”; y él contestó: “¡Ah no!… yo no quiero ser menos educado que él”. Dibujaba mucho, creo que todavía tengo un dibujo de los más sexy, de Joan Harlow, estirada para atrás, con un vestido de satín en donde se le veía… ¡Todo! Su cabello rubio platinado, hermosa.

A Greta Garbo la pinté mucho, y Luz Valencia me hizo dibujar por primera vez fuera de la academia. Íbamos al cine con el grupo de amigos. Llegaban buen cine y las revistas Cinelandia, y Cine Mundial, con noticias de los artistas del momento. Todavía conservo algunos recortes. Oíamos boleros. Cantábamos ‘Bésame mucho’ y a Luz, que era muy especial para mí, alguien que sigue siendo una de mis mejores amigas, y que era muy sofisticada, con enormes esfuerzos, le regalé el ‘Amor brujo’ de Falla. Claro que no sabía que había salido disfrazado de monja huyendo de Franco… y cuando lo supe se me fue al suelo. ¡Caray! ¿Por qué no le dio por disfrazarse de otra cosa?

No lo imagino, creo que tampoco nadie que le conozca, al frente de un timón. Sin embargo, sus amigos payaneses sí lo recuerdan manejando carro con ramillete de muchachas y amigos en él...

Eso sucede en el año treinta y coincide con el retiro de papá del Ejército. Por fortuna, dentro de esa quiebra general que cae sobre todo el mundo y los reduce a la pobreza absoluta… nos sucedió lo contrario. Papá se retiró con una pensión que alcanzó para comprar casa, mobiliario nuevo, y carro. Cogimos fama de millonarios. Entonces llegó un carro, de los primeros que hubo en la ciudad, y que la gente se paraba a mirar. Un coupé verde forrado en paño gris, con encendedor automático… La gente lo llamó “La Berlina” y terminó llamándose “Romeo”. Mi hermano Gerardo era el único que lo manejaba, y en las tardes andaba con sus amigotes por todas partes. Cuando él se viene a trabajar a Cali heredé el carro y la fama. En “Romeo” y con Gerardo, se pasearon todas las beldades de Popayán.

Entonces fue mi grupo el que se subió al carro. Los Arboleda. Argáez, un Barona y sus novias… “me parece que fue en abril”… como dice Barba Jacob. Subíamos y bajábamos, pitábamos al pasar frente a sus casas. Íbamos de un lado al otro. Yo solamente conocía Popayán, así que todo tenía una importancia enorme. Ir a misa el domingo a San Francisco era de una elegancia, y luego ir a la piscina por donde está la estatua de Belalcázar.

¿El general Negret se opuso a su decisión de ser artista, su total vocación?

Siempre la supo… la primera vez que hice un dibujo fue para él, eran mis cartas a los tres años. Así le contaba lo que sucedía en Palacé, la finca. Me las respondía en papelitos, algunos que conservo, y en los que ‘interpretaba el dibujo’. Me decía: “la casa te quedó muy bien dibujada, pero la vaca sobre el tejado es peligrosa… o se cae la vaca o se cae el tejado”. Para ese entonces estaban reformando los techos. Terminó escribiéndome… “Mi hijo será un gran artista y lo mandaré a París”… Qué extraño, es como si siempre lo hubiera sabido. Me dijo: “Quiero que termine el bachillerato para que tenga una noción así sea leve de cosas. Prométame que no entra a estudiar Bellas Artes sin terminarlo”. Se lo prometí… y lo cumplí, fue un pacto de hombres. Cuando parto a estudiar arte en Bogotá, él ya había muerto, y mi bachillerato terminado.

FAUSTO PANESSO
Periodista cultural especializado en arte
Especial para EL TIEMPO

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