Los dos Renoir

Los dos Renoir

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09 de octubre 2013 , 10:08 p.m.

Ante la mención del apellido Renoir lo primero que se viene a la cabeza es la pintura impresionista del maestro Pierre-Auguste Renoir (1841-1919), pero los cinéfilos sabemos que hay otro Renoir igualmente importante, el segundo hijo del pintor, Jean. Filmes como Toni, La gran ilusión, La regla del juego o El río proclaman el talento y el humanismo de su director, ese gran autor que fue Jean Renoir (1894-1979) y que es patrimonio del cine universal.

Renoir (2012), del francés Gilles Bourdos, no es una biografía convencional ni del padre pintor ni del hijo cineasta, sino el relato de un momento puntual de la vida de ambos, cuando en 1915 Jean –de 21 años– convalece de una herida de guerra en la casa campestre familiar en Cagnes, cerca de Niza, y conoce allí a una modelo de su anciano padre, Andrée ‘Dédée’ Heuschling, que terminará convertida en su esposa y en protagonista de sus primeras películas mudas.

Obviamente no veremos nada del futuro cine de Jean Renoir, pero sí tendremos la oportunidad de acercarnos a la obra de los últimos años de su padre, un hombre golpeado por la artritis y por el reciente fallecimiento de su mujer, pero incapaz de renunciar a su pasión artística, facilitada esta por el esplendor de la naturaleza y la preciosa luz que la campiña francesa le provee. El realizador Bourdos se solaza en los colores y en la vida que resuena en cada árbol, hierba, flor, río o cascada que rodea a Renoir padre y que él captura en sus pinturas. La aparición de la joven Dédée es un elemento más que se suma a ese incontenible caudal vital.

Dédée y Jean terminarán enamorándose y él se convertirá en el cineasta que hoy admiramos gracias a ella, a la necesidad imperiosa de promover su carrera como actriz. Sin embargo, la película renuncia a darnos pistas sobre su destino y se limita a contarnos, sin mucho ingenio dramático, del obligado departir entre el padre en el ocaso y el hijo temporalmente lisiado, con una mujer floreciente en medio de ambos como catalizador de la energía de cada uno.

Estos grandes artistas merecían un homenaje más sustancioso que este, que depende excesivamente de la contemplación de la creación pictórica (bella, sin duda), pero que no va más allá de una anécdota personal que poco dice al espectador no familiarizado con los dos Renoir.

Juan Carlos González  A.

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