'Tenemos una idea mágica de la ciencia'

'Tenemos una idea mágica de la ciencia'

Experto de la UDA analiza por qué en el país se tiene una percepción ajena de lo científico.

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09 de octubre 2013 , 06:52 p.m.

Está demostrado que una persona puede vivir sin hacer investigación ni ciencia, solo necesita desarrollar habilidades para manejar dispositivos tecnológicos que el mercado le ofrece como innovación, modificar sus rutinas y dejarse llevar por el entretenimiento para pasar sus días sin mucho tedio.

No pasa igual con las naciones ni con la especie humana. Para vivir como lo hacemos hoy fue indispensable ir más allá de las herencias, creencias, mitos, ritos y ceremonias: poner en movimiento la razón, la duda, la búsqueda de nuevas pistas y la demostración que nos dieron la posibilidad de encontrar alternativas al mundo de los órdenes jerárquicos incuestionables.

De la curiosidad innata pasamos a la investigación y de allí, a esos modos particulares de conocer –las ciencias– que desde hace tres siglos intensifican su presencia en nuestras vidas y han hecho imposible prescindir de sus consecuencias. ¿Quién come, se viste, habita, estudia, trabaja, ama, se entretiene o trata su salud sin recurrir a sus propuestas? Más allá: queda muy poca gente en la tierra que piense su futuro –inmediato o remoto– sin tener en la cuenta sus beneficios.

Sin embargo, el acceso a los conocimientos provenientes de la ciencia es muy desigual. Investigar, hacer ciencia y tecnología hasta el presente son prácticas de minorías que tienen mayor tamaño en los países desarrollados porque los cambios culturales y políticos les han permitido entender la importancia de conocer la naturaleza y la sociedad revolucionando sus pensamientos. En el “tercer mundo”, en cambio, apenas si superamos la curiosidad con investigaciones aplicadas que nos llenan de maravilla ante efectos que poco entendemos.

Esta circunstancia que se comprueba con el simple hecho de ver cuáles países exportan conocimientos y tecnologías para fortalecer sus economías, y cuáles los importan tratando de ponerse al día (“modernizarse”), pagando para que así ocurra, se ha convertido en un modo de vida tensionante e injusto que la geopolítica explica: países hegemónicos, los que mandan, y países dependientes, que obedecen.

Con frecuencia, muchos pueblos se resignan ante esta situación desigual heredada, como si estos siglos de pruebas y métodos para cambiar la vida no fueran suficientes. Si hoy es nítida la verdad que desde el siglo XVIII se pregona acerca de cómo la riqueza material y espiritual de las naciones depende directamente de su capacidad para crear conocimiento, desarrollar las ciencias y las tecnologías, también se hace evidente que mantener la resignación en nuestros países con escasa experiencia científica nos condena a las dificultades de una vida ignorante, dependiente y por tanto carente de iniciativa.

En Colombia, empezando la última década del siglo XX, hubo decisiones y llamados que invitaron a un cambio de actitud. Buscando que la investigación, la ciencia y el conocimiento dejaran de ser ocupaciones voluntarias de individuos, grupos e instituciones académicas o empresariales, y ganaran el interés del Estado y la ciudadanía, el 16 de septiembre de 1993 fue instalada por la Presidencia de la república una Misión de Ciencia, Educación y Desarrollo que entre sus argumentos consideró:

Una apropiación social de la ciencia y la tecnología como la que requiere el país que todos deseamos construir implica (…) no solo adentrarnos en el vasto y complejo ámbito del conocimiento actual sino, ante todo, una transformación de nuestra relación con el conocimiento, la naturaleza de sus problemas y sus procesos de producción (Eduardo Posada Flórez).

Han transcurrido veinte años desde la Misión, se han diseñado nuevas políticas y, aunque hay variaciones favorables en las condiciones, como los museos interactivos en algunas ciudades, los parques biblioteca, las nuevas pautas en los planes de estudio y la inauguración de metodologías de enseñanza y aprendizaje en algunos planteles educativos; y han mejorado las cifras en cuanto a proyectos de investigación, grupos y número de publicaciones, la creación de conocimiento no está en el centro de atención social, política y económica. Se insiste con toda fuerza en la creación de productos, en los desarrollos tecnológicos; se mira con desdén a la ciencia básica.

El entorno cultural

Entre los colombianos predomina una concepción mágica, genial y milagrosa acerca del conocimiento y de las ciencias. Prima la creencia sobre las demostraciones; el debate ideológico sobre la investigación y la prueba; la confianza esperanzada en vez de proyectos con acción metódica en busca de resultados.

El colombiano promedio admira los avances del conocimiento en las ciencias naturales, las exactas, las sociales o las ingenierías, llevado por la novedad deslumbrante; por el encanto de las tecnologías que transforman el diario vivir y lo llevan a nuevas dimensiones; por su impacto en los modos de trabajo, el cambio de percepción acerca del tiempo y la revolución de las distancias.

Y aunque ningún ser humano puede prescindir de las creencias, las ideologías o la esperanza, cultivarlas sin ningún tipo de cuestionamientos y demostraciones nos mantiene en el campo de la emoción y el sentimiento, impidiéndonos hacer uso sensato de la valoración razonada, de la búsqueda de soluciones que la investigación proporciona para resolver problemas con pruebas relativas a la naturaleza, la sociedad o a la vida personal.

Pero si el conocimiento no tiene nada de magia, de genio inspirador ni de milagro, su savia nutricia no es la creencia porque resulta del trabajo indagador de muchas personas, instituciones y entidades que la sociedad misma crea, pone en acción y modifica si la evaluación así lo reclama, ¿por qué perviven tales concepciones?

A responder esta pregunta y a encontrar salidas es que apunta nuestro proyecto.

EDUARDO DOMÍNGUEZ GÓMEZ*
ESPECIAL PARA EL TIEMPO

 

*Grupo de investigación Comunicación, Periodismo y Sociedad. Facultad de Comunicaciones, Universidad de Antioquia.

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