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Habla y te salvas

Habla y te salvas

Las conversaciones de paz con la guerrilla deben seguir a puerta cerrada, pero no tanto.

El Gobierno parece haberse dado cuenta de que su encierro en La Habana reforzó en la opinión pública colombiana el mensaje excluyente de que tomaría allá decisiones a espaldas de la comunidad y de los medios, debido, entre otras cosas, a la fallida experiencia del Caguán.

De modo que la ciudadanía y los medios recibieron el mensaje y se dedicaron este año a asuntos varios, uno de ellos, la especulación, que trajo por supuesto a charlatanes y francotiradores, enemigos de la paz, gente que durante sesenta años desarrolló un modus vivendi en medio de la violencia y que goza hoy de los grandes privilegios de cierto statu quo, generado por el conflicto.

Al año, los involucrados en el proceso de paz cayeron en cuenta de que la opinión pública existía y ellos necesitaban socializar su información. Como las dos partes habían firmado un pacto de confidencialidad y no podían hablar sobre lo que ocurría en la mesa de discusión, las Farc empezaron a soltar comentarios por los laditos y el presidente Santos a decirle a la opinión pública que no creyera en lo que dijeran las Farc.

Algunos periodistas comenzaron a indagar también, a su manera. Le preguntaron al Gobierno y les preguntaron a las Farc. Ya conocemos la entrevista de Antonio Caballero con ‘Pablo Catatumbo’ e ‘Iván Márquez’ y la carta respuesta de ‘Timochenko’ a María Jimena Duzán.

Al guerrillero ‘Timochenko’ no le gustó, a propósito, lo que Santos dijo porque daba a “entender que en la mesa teníamos una opinión completamente distinta. De ese modo se genera y patrocina la idea de que cuanto decimos es falso o interesado”.

Ambos lados hablan y los ciudadanos se van haciendo su propia idea de la verdad. ¿Cómo no estar de acuerdo cuando alguno dice que Colombia requiere hondas transformaciones? ¿O cuando ‘Timochenko’ declara en carta a María Jimena: “Nuestra palabra es ignorada de manera olímpica. Manipulada o interpretada de acuerdo con las conveniencias inmediatas”? En el juego de la guerra todos hacen lo mismo.

También el silencio, casi siempre, es mal comunicador. Es hora quizás de que, cada tanto, el Gobierno empiece a informar a la ciudadanía sobre lo que está pasando en La Habana y alrededor de sus temas. Contar su verdad. Hora de que la población civil se involucre en el proceso, se entere y opine, aunque no esté presente en las conversaciones que se dan en la mesa de La Habana.

Pero esta gran opinión pública nacional, la que se abstiene de casi todo, parece, insisto, andar por las nubes, más aislada que nunca, preocupada por sus negocios particulares, la inseguridad que empeora en las calles, la triste telenovela de la noche.

Nadie tampoco en el Gobierno se ha preocupado por crear un ambiente propicio de negociación, ni generado un discurso que apunte a un optimismo ciudadano en torno a la paz.

Ya Francisco Cajiao y Óscar Collazos han señalado en estas páginas lo necesario que sería aplicar una pedagogía que condujese a la comprensión de nuestra guerra y de los métodos elegidos para superarla. Que comprendiese “las razones profundas de nuestros desencuentros” y que sembrara “en la cabeza y el corazón de niños y jóvenes la conciencia de que todos somos parte de la superación del conflicto”.

En efecto, también las nuevas generaciones deberían saber por qué tenemos que negociar y dejar atrás estos odios terribles de casi sesenta años.

Lo más probable es que del respaldo popular, de una sociedad bien informada, consciente y, por lo tanto, en pie de lucha, dependan la legitimidad del proceso de paz y el rechazo a sus enemigos.

HERIBERTO FIORILLO

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