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¿Una tercería para qué?

¿Una tercería para qué?

Por: REDACCIÓN EL TIEMPO
06 de octubre 2013 , 07:51 p. m.

Escucho el entusiasmo que ha suscitado la famosa ‘tercería’ y me pregunto: ¿cuál tercería? Lo que uno ve es que, movidos por la oportunidad de un país ávido de opciones, fatigado y descreído de un establecimiento político que solo sabe mentir descaradamente, empiezan a producirse conversaciones entre algunos sectores, o, para ser más exactos, han vuelto a la vieja costumbre de tratar de convertirse los unos a los otros a esos credos de título que son los partidos en Colombia, para elegir un candidato alternativo.

Clara López quiere que Peñalosa, Petro y Navarro la unjan como elegida. Peñalosa quiere representar a la centroizquierda con la adhesión de los anteriores. Navarro está buscando candidato para esa tercería a sabiendas (y confiando en que los otros lo convenzan) de que él es el más opcionado. Y Petro ya dijo que para que su partido participe en cualquier alianza tienen que apoyar a su gobierno en Bogotá. Como la lecherita, leen las encuestas desde el número: “¡La suma de a, b y c nos daría la Presidencia!”. Pero esa puja en absolutamente nada se parece a una concertación de sectores democráticos con la clara voluntad de impulsar una transición democrática. ¿Una tercería para qué? ¿Qué le propone al país?

Pactos de unidad los que se plantearon en España cuando se firmó el gran Pacto de La Moncloa entre comunistas, socialistas y conservadores, unidos no por la ideología, sino por un compromiso: continuar el programa de reformas de las instituciones políticas, especialmente de seguridad social e impuestos, y la democratización del sistema educativo, a cambio de impedir que los sindicatos paralizaran la economía con huelgas. En sus diferencias, consiguieron plantear un camino para restaurar la democracia.

En Chile se produjo una gran concertación, primero entre los demócratas cristianos (derecha moderada) y un amplio segmento de la izquierda socialista y la izquierda cristiana, posteriormente con la adhesión de sectores leales a Pinochet, para organizar el plebiscito de 1988 de una manera abierta y justa sin manipulación electoral y el compromiso de respetar los resultados. La oposición abandonó la exigencia de que Pinochet renunciara inmediatamente, y los demócratas convencieron a los socialistas de abandonar su pasado apoyo a la violencia revolucionaria.

Nuestra ‘tercería’, como toda la nación, carece de liderazgo real, de sentido de urgencia y una visión de país: una tercería en un momento como el que vive Colombia no puede obsesionarse con la unidad ideológica, mucho menos retrasarse en la mezquindad de los ungimientos. Se trata de proponerle al país una fórmula para superar la inestabilidad política y social y para conjurar la inocultable crisis por la que atraviesa el proceso de paz. ¿Esos modestos acuerdos a los que se ha llegado en La Habana dan para persistir en la negociación? Pero esas parecen discusiones subsidiarias del interminable problema de cómo elegir al candidato que representará esa unidad, si es que se produjera. Se trata de fuerzas democráticas no tan disímiles, que todavía no se pueden entender entre sí, pero ¿sí serían capaces de negociar con las Farc?

Mientras tanto, desde la ultraderecha, se intenta un bloque con el conservatismo, un sector disidente de ese cadáver insepulto que aún llaman ‘partido de la U’ y otra fracción oportunista del Partido Liberal para instaurar, de facto, un régimen parlamentario, desde donde Uribe, inhabilitado para regresar a la Presidencia, se tomara un poder capaz de bloquear a los otros dos.

El país no necesita una tercería inútil. Esperemos que sean capaces de entender que lo que confiamos en escuchar es una propuesta audaz de país, no el nombre de un candidato.

NATALIA SPRINGER

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