El derrumbe de lo secreto

El derrumbe de lo secreto

05 de octubre 2013 , 06:17 p.m.

Desde hace meses, asistimos a los estragos políticos que han generado las revelaciones de Edward Snowden y que comenzaron hace ya años con las publicaciones de Julian Assange y los llamados wikileaks. Sin embargo, más allá del escándalo, lo que resulta evidente es que estamos en mora de abordar el debate de fondo que se ha originado entre el derecho a la intimidad y el valor de la transparencia.

En la sociedad de nuestros días, donde la comunicación a través de las redes sociales crece de manera exponencial y cada ciudadano ha terminado convertido en emisor, mensaje y medio, lo que se deduce es que la transparencia está venciendo al viejo principio del derecho a la intimidad. Para los jóvenes que presumen de su capacidad para exhibir sus pensamientos, sus sentimientos, sus conductas en tiempo real, publicando desde sus cartas de amor hasta las fotografías más reveladoras de sus relaciones interpersonales, es claro que la intimidad dejó de ser un escudo a favor del oscurantismo.

Lo que muestra el comportamiento de cientos de miles de ciudadanos que se comunican a través de las redes sociales es que existe una rebeldía frente a cualquier pensamiento o conducta que no esté expuesta públicamente como una muestra de transparencia.

Hace años hubiese sido impensable abrir una página de Internet y encontrar que, por acumulación de opiniones o de información falsa o verdadera, le construyeran a cualquier persona una biografía no autorizada. Hace años se desestimaba también la posibilidad de generar nuevo conocimiento a partir de sistematizar información y experiencias anónimas publicadas en Internet, como sucede por ejemplo en Londres, donde está demostrado que haber quebrado el paradigma de confidencialidad de las historias clínicas de los pacientes ha permitido a la comunidad médica desarrollar nuevas soluciones de tratamiento de las enfermedades no curables. Este esfuerzo, ya evaluado, ha representado más avance científico que la propia investigación tradicional.

Lo que llama la atención es que el debate que promueve la protección del derecho a la intimidad sea una discusión recurrente entre viejos y desconozca la convicción de los jóvenes, que nos están diciendo que llegó la hora de no desdoblar nuestra vida entre el mundo público y el privado. Al final, nuestras conductas hacen parte de una sola vida. El mensaje es claro: es necesario exponer nuestra integridad al escrutinio público.

Resolver en buena parte el dilema para asegurar el derecho a la intimidad y al mismo tiempo garantizar transparencia debería elevar las capacidades de las autoridades para identificar el perverso anonimato brutal que circula en las redes insultando, difamando o amenazando a diestra y siniestra, escudándose en la propia incapacidad de los Estados, que, por obra de Assange y de Snowden, se han convertido en espectadores frente a los criminales que operan usando las redes sociales.

Ahora bien, tampoco hay que creerse el cuento de que todas las opiniones que circulan en la red corresponden a una generación auténtica y espontánea del sentir de los ciudadanos. Lo que empieza a develarse es que la creación de climas de opinión que crecen como espuma en el mundo cibernético es muchas veces el resultado de pequeños equipos que, basados en herramientas tecnológicas, saturan la red con un propósito determinado, haciéndonos creer que miles de personas comparten una misma idea.

La buena noticia es que la propia aplicación de tecnología se está encargando de depurar el sistema y acabará así, por ejemplo, el mito de los millones de seguidores en Twitter, que en muchos casos son una creación artificial basada en trucos informáticos.

General Óscar Naranjo

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