El regreso anual de San Pacho bendito a su casa

El regreso anual de San Pacho bendito a su casa

Estas tradicionales fiestas concluyen, luego de haber sido declaradas patrimonio de la humanidad.

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04 de octubre 2013 , 11:33 p.m.

“Este es San Pacho en un día”, dice Gilberto Mosquera, un saxofonista oriundo de Medio San Juan, municipio a 75 kilómetros de Quibdó, cuando se le pregunta por la programación de la jornada en las fiestas chocoanas que el año pasado fueron declaradas por la Unesco patrimonio de la humanidad.

Resulta que el programa del día incluye la balsada, un desfile de botes que recorren el imponente río Atrato con la imagen de San Francisco de Asís, y otro desfile, esta vez de comparsas, antes del regreso de San Pacho a la catedral. (Vea aquí Color, cultura y tradición, en las fiestas de San Pacho en Quibdó)

La experiencia es una concentración de sensaciones penetrantes. Estamos cerca de la plaza de mercado, donde los colores huelen y los olores se confunden. El punto de encuentro es el barrio Niño Jesús, y allí la gente se alista para emprender el recorrido fluvial. Cada uno de los 12 barrios de Quibdó tiene su propia bandera y decora a su gusto la canoa, a la que llaman champa, con globos de colores y disfraces llamativos. Los barrios tienen nombres sonoros: Esmeralda, Pandeyuca, Alameda Reyes, Cristo Rey, Kennedy, César Conto...

La balsada está a punto de comenzar. En un extremo del río, se ven la selva y unos palafitos desde donde saludan unos niños. En el otro, la plaza de mercado y una multitud de personas que aplauden y observan el recorrido. Llaman la atención los mensajes de las balsas: “Respeto, fiesta, justicia, familia, y gratitud”, dice una.

Y es que, además de rendirle homenaje a San Pachito (como llaman al santo patrono de los afrodescendientes) se celebra la vida, y se hace un llamado a la tolerancia y a la paz. “Han matado a varias personas”, dice Richard, un joven que llegó al Chocó hace dos años, con su moto y con ganas de trabajar. Parece que las fiestas no han escapado de los hechos violentos, pero eso no las apaga, ya que son la muestra del sentir de un pueblo, que está empeñado en mantener sus tradiciones culturales y su identidad.

Las canoas desembarcan en el malecón y con ellas, la algarabía. Los disfraces de las mujeres, el sonido de la pólvora, las camisas floridas de los hombres y la música estridente son una muestra de lo que es este Quibdó, un exuberante paraíso selvático, olvidado por unos y desconocido para otros.

Se acerca un sacerdote. Su nombre es Evaristo Acosta, es capuchino y viene de la iglesia La Concepción, de Bogotá. “Estoy predicando, feliz en mi ambiente”, dice.

Ya han pasado 365 años desde la llegada de los primeros misioneros franciscanos al Chocó, con fray Matías Abad a la cabeza, y sus doctrinas permanecen latentes en los quibdoseños.

Esta es la primera vez que se celebra un San Pacho desde que, en el 2012, fue declarado patrimonio cultural inmaterial de la humanidad. A las calles no les cabe un alma, pero todo transcurre en relativa paz. “Este año ha estado mejor organizado”, dice Liseth, una joven que espera, como todos, la llegada del santo.

Junto al predicador, llegan los músicos y las mujeres, ya de más edad, devotas de San Pachito, que tantos milagros les ha hecho. El comercio se mueve a la par con las personas, que cargan varios ‘san pachos’: el que va para la Iglesia, otros en versión miniatura, y algunos hechos en cartón e icopor.

La gente canta, y los músicos no paran de tocar. Marcelino Rodríguez, el ‘Panadero’, lleva 47 años soplando su clarinete, y no recuerda cuántas veces ha estado en las fiestas de San Pacho. Perdió la cuenta. Ya dentro de la catedral, el sonido de la chirimía retumba, y la gente se regocija con la llegada de su santo. Una marea humana atraviesa la Iglesia, y se dispone a salir a las calles, porque en la tarde será el desfile de las comparsas.

Una crítica social

Pasado el mediodía, la gente se reúne en el parque Manuel Mosquera Garcés. Las carrozas visten de ‘caché’ (así llaman a su disfraz) y las comparsas están listas. Plumas, telas brillantes, lentejuelas, canutillos y mallas conforman los atuendos. Unos hombres están pintados completamente de rojo, otros disfrazados de mujeres, y unas muchachas se visten como japonesas.

Los mensajes de las carrozas muestran un inconformismo por el atraso de la región, como la del barrio Cristo Rey, que tiene un letrero que dice “Empuja tu desarrollo”. O la del Tomás Pérez: “¿El progreso del Chocó es un sueño?”

Una vez comienza, la gente se deja llevar por el baile. “Es que lo tenemos en la sangre”, dice Amada, una mujer del lugar. Niños y ancianos se ubican en los andenes para ver el desfile. Incluso, algunas personas que están en la funeraria salen un momento, con lágrimas en los ojos, para ver pasar las carrozas.

Ya en la noche es la última misa de la novena franciscana, y el alumbramiento de los 12 barrios, cada uno con su propio santo, cuyo fallecimiento se conmemora el 4 de octubre. Luego, los gozos franciscanos, la misa campal, y por último, la detonación del cañón Goliat, que indica el final de las Fiestas de San Pacho, la forma más sincera y auténtica de honrar a San Francisco de Asís, quien, como muchos quibdoseños, conoció de cerca la austeridad.

*Esta nota fue posible gracias a la invitación de Fontur.

MARÍA ALEJANDRA TORO VESGA
REDACCIÓN CULTURA Y ENTRETENIMIENTO

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