La última pista del niño que quería ser un mariachi

La última pista del niño que quería ser un mariachi

Muerte de Carlos conmocionó al país, luego de que se acusó a una niña de haber ordenado asesinato.

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04 de octubre 2013 , 08:47 p. m.

La casa de Carlos Andrés González Zabala, el niño mariachi, se hunde en el barranco. Es hecha de tablones y pedazos de teja amarrados. El cuarto de su madre está forrado de papel regalo para que el frío no penetre los huesos en épocas de lluvia.

El piso tiene una alfombra que separa las camas de la tierra, y de las paredes cuelgan los sombreros de mariachi que el niño coleccionaba y que le fueron quedando chicos con el tiempo. (Galería: el vacío que dejó el 'niño mariachi' en su hogar)

En su lecho, María Zabala, su madre, lee, con un dolor que ni siquiera le permite llorar, la canción que su hijo le escribió con un esfero kilométrico y mala ortografía en un cuaderno cuadriculado: “Hoy todo mi agradecimiento te regalaré por todo lo que has hecho por mí, mi gran mujer, pues una igual que tú nunca encontraré. Por eso te adoro gran mujer”.

La voz de su hijo retumba en su oído porque desde que lo mataron, en una cueva de los cerros orientales. Ella lo escucha todos los días en el pasillo, en su cuarto, cuando ve a los que eran sus dos perros callejeros. Los pasos de Carlitos, de 14 años, los siente todo el tiempo.

El niño mariachi nació y creció en el barrio Turbay Ayala (Santa Fe) donde hoy hasta los policías advierten el peligro. “Ustedes que hacen aquí solos. Éste es el barrio más terrible de Bogotá”.

Pero María dice que la violencia es de ahora. Ella fue una de las primeras pobladoras de ese sector. “Esto por acá era muy calmado. No se veía la violencia de estos días. Acá me casé y tuve a mis cinco hijos”, contó.

A Carlitos le quedó sonando el gusto por la música ranchera el día que escuchó un CD de Danny Moreno. Solo tenía cinco años cuando le dijo a su madre: “Voy a cantar. Póngale cuidado que voy a comprarle un casa para que nadie nos pueda humillar”. Los dos se conmovían y se ponían a llorar.

El pequeño comenzó a comprar pistas y su madre, con los escasos recursos que le quedaban de vender chicles, papas y cigarrillos en la calle le mandaba a confeccionar los trajes de mariachi. Solo había una condición: el niño tenía que ir con Carito, al colegio, porque estudiar era lo que los iba a sacar de pobres. “Por eso –contó María–, le digo que él no se la pasaba en la calle. Salía a estudiar y se venía a la casa a cantar”.

De la escuela del barrio pasó al colegio público Los Pinos, donde estudió con quienes hoy están señalados de ser sus asesinos.

Carlitos estaba tan convencido de su talento que ponía a sonar la pista y se apoderaba del escenario; cualquiera que fuera. Como cuando se presentó en el comedor comunitario y todos lo aplaudieron. “Ese tocaba gratis. A mi hijo lo que le gustaba era que lo admiraran. Eso lo emocionaba”.

María confiaba tanto en su hijo que ahorró para poder comprarle una guitarra acústica. “Un día, antes de que me lo mataran, yo llegué a mi casa. Estaba recontento. Me dijo que don Tito, un conocido, lo iba a apoyar para sacar un CD. Ese fue el día que me regaló la canción”.

Esa noche Carlitos pasó una noche extraña. Se durmió en la cama de María y, cuando ella lo despertó, miró para todos lados desconcertado y se fue a su cuarto. “Al otro día él se levantó, se bañó, se vistió y se despidió de mí”.

María observó a su hijo y tardó muy poco en darse cuenta de que el niño se había puesto tenis con el uniforme de diario. “¿Y usted por qué se va en tenis?”.

“Tranquila mamá es que tengo un partido de fútbol”, dice que le contestó.

Eso pasó el 15 de agosto del 2013, el mismo día en que Carito, su hermanita de 13 años, lo vio vivo por última vez, yéndose con una niña.

Nueve días y nueve noches buscaron con desespero. En el barrio, en hospitales, y hasta al monte llegaron familiares y amigos. No importó que llegara la madrugada y esa neblina que inunda a Bogotá.

Jenny, de 20 años y también hermana del niño, fue quien lo encontró. Prendía una vela frente a la foto de Andrés en torno de la cual tiene ahora es una especie de altar. “Ese jueves –contó– mi mamá se fue a poner la denuncia contra los dos jóvenes que capturaron. De esos chinos siempre sospechamos porque nos miraban, murmuraban y se reían”.

El hallazgo

Con dos familiares y dos vecinos, Jenny emprendió camino hacia la montaña, ese 23 de agosto, a las 3:30 de la tarde. Caminaron tanto que arribaron a una planada donde el Ejército entrena polígono.

No pasó mucho tiempo. En un camino de tierra negra y húmeda se mantenía fresca la huella de un zapato de marca Venus y otra desconocida. “Fue como si mi hermanito –recuerda– me estuviera guiando. Yo no le tengo miedo a los muertos pero ese día un frío me inundó”.

Luego vieron unas cuevas en las que removieron arena y piedras buscando lo inevitable. “Me mataron a mi niño, me mataron a mi niño”, dijo Jenny que gritaba, aún sin haber visto su cadáver. “La sangre llama. Yo sabía que él estaba ahí”.

Una parte de su rostro, también su pantaloneta y el pantalón del uniforme se descubrieron apenas se removieron algunos cúmulos de tierra. Era él. Al niño mariachi lo habían asesinado. “Yo me peleaba tanto con él –dijo Jenny–. Es que llegaba y por alimentar a los perros me ensuciaba la cocina. Ahora, moriría por volverlo a ver”.

Luego vino lo de rigor, la Policía, las denuncias, Medicina Legal, todo lo que se hace para entender quién habría sido capaz de un acto tan demencial.

El boca a boca comenzó a sacar del anonimato a los sospechosos y ahí fue cuando Álvaro Lombana, de 18 años y residente del barrio, y Francisco Reyes de 17 años, con quienes el pequeño mariachi estudiaba, resultarían como presuntos protagonistas del crimen. Explicó María: “No eran amigos, pero se hablaban y estudiaban juntos”.

De ellos nunca supo nada la familia. Solo que Reyes, desde que su mamá había muerto, se la pasaba más tiempo en el barrio. “Mi hermano se charlaba más con él”, contó Jenny.

Ver por todos los noticieros que una niña habría sido la motivación del crimen, por celos, fue duro para María y su familia, incluso para su esposo a quien le dio un preinfarto después de las diligencias judiciales, pero escuchar el testimonio de uno de los acusados sobrepasó lo previsible.

“Dijeron que ella lo engañó para que subiera al santuario de La Peña –comenta la mamá– y que, cuando lo iban a matar, ella gritaba: ‘Mátenlo, mátenlo que ese man ya me tiene fastidiada”.

Las autoridades dijeron que Carlos Andrés fue apuñalado más de 15 veces.

Eso lo dice, incluso, la madre de la niña que hoy enfrenta una acusación por homicidio y que tiene conmocionado a medio país. “Se le están tirando la vida a una joven e inocente. A nadie le cabe en la cabeza que ella hubiera ordenado ese asesinato. Ella fue engañada”.

Esta mujer trabaja como empleada doméstica y acepta que su hija vivía con sus hermanos mayores. “Yo tengo ocho hijos pero me tocó separarme de ella” contó.

Del padre de la adolescente no se sabe nada, y de ella que tenía bajas notas pero que nunca había protagonizado escándalos mayores.

Hoy estas dos familias están pasando sus días en medio de una maraña de pensamientos. A pesar de que en el barrio las noticias sobre muertes se han vuelto recurrentes, y de que en el colegio Los Pinos las peleas y los problemas son pan de cada día, según sus propios estudiantes, este crimen fue más allá.

“Es la degradación total de la sociedad. No sé, no sé”, dice María, tocando sus rostro con las manos.

Solo las autoridades darán claridad a esta historia y dirán si la niña estuvo o no involucrada.

Las pertenencias del niño mariachi permanecen intactas en su hogar. La canción que el niño escribió, que Carlitos ya no le podrá entonar a su mamá, ya fue grabada con una voz ajena.

CAROL MALAVER
REDACTORA DE EL TIEMPO

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