Ministerio de seguridad. ¿Para qué?

Ministerio de seguridad. ¿Para qué?

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03 de octubre 2013 , 07:48 p.m.

Con la creación de un ministerio de seguridad para hacer frente a la delincuencia rural y urbana que están produciendo un tremendo daño social a la ciudadanía, con la angustia, la desazón y la creencia de que un nuevo organismo concentrado en la erradicación del mal que tanto afecta la existencia colombiana y que el Estado parece impotente para remediar, predomina la creencia en el nuevo órgano.

Para adelantar un análisis sereno del asunto, lo más indicado es comenzar por la conceptualización de los dos términos –seguridad y defensa– a la luz de la ciencia política, libre de radicalismos, politiquería y precipitud en la toma de decisiones que puedan causar más daño que beneficio, máxime en esta agitada época preelectoral donde se incorporarán al estudio de asunto tan trascendental expectativas de votación cautiva, manipulable por gamonales y caudillos.

Los dos términos no son sinónimos ni es consecuente estudiarlos por separado. Su interdependencia es tan estrecha, que ello puede engendrar confusión y restar claridad hasta el punto de conducir a decisiones equivocadas. La seguridad es el estado de alistamiento y capacidad para colocar los intereses nacionales efectivamente protegidos contra toda amenaza real o potencial. La defensa es la puesta en marcha de los planes previstos y utilización de los recursos materiales y humanos alistados con anticipación, para enfrentar cualquier contingencia.

Se advierte a las claras que existe continuidad en el desarrollo de los dos procesos. La seguridad tiene un carácter preventivo, de respuesta a la materialización de la amenaza. La defensa es el empleo acertado de los medios y la realización de los planes elaborados con la adecuada flexibilidad para conducir al éxito; en el área de conflictos bélicos, la Policía y la Inteligencia para identificar adversarios potenciales y establecer cómo contrarrestar sus amenazas, sean externas o internas.

En el caso colombiano, cuando el enfrentamiento sectario fue cubriendo todo el país, aumentando en intensidad a medida que avanzaba como gangrena gaseosa por todas las regiones, halló a la nación absolutamente impreparada. No existía un Plan Nacional de Defensa. Las apreciaciones de situación revestían carácter académico tanto en el Estado Mayor General como en la Escuela Superior de Guerra, y las hipótesis de posibles conflictos se referían tan solo al ámbito vecinal externo, olvidando los riesgos que pudieran amenazar la paz interna.

Así se explica que el estallido del 9 de abril de 1948 hubiera alcanzado en pocas horas proporciones de verdadera catástrofe en la capital y en varias ciudades mayores, pese a lo cual tan dura experiencia no sirvió para corregir los tremendos errores cometidos en los niveles superiores del gobierno civil y de los mandos militares, ni puso fin al más craso de todos: el sectarismo extremo. Aún más, le añadió un agravante trágico: el odio feroz entre los dos partidos históricos, al paso que política y estrategia actuaban por separado.

Con este necesario marco histórico, la creación de un ministerio de seguridad pierde sentido. Se convertiría bien pronto en rivalidad, debilitaría la unidad de dirección y mando, engrosando en forma inconveniente la burocracia estatal e imponiendo mayores egresos en el gasto y por ende en el presupuesto de Defensa en medio de acuciantes necesidades nacionales.

El sistema de operaciones conjunto desarrollado en los últimos ocho años ha demostrado, en éxitos nunca antes alcanzados, que las cuatro Fuerzas Armadas, con una integración moral y material completa, operan con máxima eficiencia, a tiempo que cumplen con la debida autonomía las funciones que les son propias, con la fusión de política y estrategia, bajo la dirección suprema del Presidente de la República, al estilo de los aliados en la II Guerra Mundial.

Gral. Álvaro Valencia Tovar
alvatov2@yahoo.com

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