'Me duele Colombia': entrevista con Álvaro Mutis de 1990

'Me duele Colombia': entrevista con Álvaro Mutis de 1990

Mutis habló de sí mismo y el país cuando estuvo en Bogotá para presentar su novela: 'Amirbar'.

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03 de octubre 2013 , 04:40 p.m.

“Maqroll esta vez busca oro y vive, entre guerrilleros y militares, la situación de Colombia. Esta novela podría cerrar el círculo. Ha habido referencias a Colombia. Pero en entrelíneas. No es por casualidad. Es por fuerza del lugar que escogí. Las minas de oro están en mi familia. De parte de madre, vengo de una familia antioqueña, concretamente de Manizales y Salamina. Ellos traen en la sangre esta cuestión de buscar oro. Mi abuelo tenía en el Tolima una finca, Coello, de café y caña, donde intentó buscar oro. Pensó con razón que cuando hay oro de aluvión hay una veta en alguna parte. Una cosa es pensarlo y otra encontrarlo. Hizo una galería donde de niños mi hermano y yo entrábamos a jugar y a mirar esas máquinas abandonadas que estuvieron a punto de arruinar a la familia. De allí partí para contar esta historia. Y de las cosas que oía hablar a mi abuelo y a otros parientes que estaban metidos, en forma transitoria, en la aventura del oro.

“Al colocar la situación de la novela en ese ambiente, forzosamente tenía que poner las fuerzas armadas, la guerrilla y el campesino que está acosado por esas dos fuerzas que lo arruinan y lo arrasan... Desde hace 33 años no vivo en Colombia. Pero su situación me duele terriblemente. Es desgarradora. Ver a un país que conocí lleno de un futuro promisorio y de grandes posibilidades derrumbarse, destruirse, llenarse de luto y de sangre... Colombia, la pobre Colombia que era un país inocente, no merece esta suerte. Colombia está ahí porque la novela sucede en el Quindío. Y las referencias directas a las fuerzas armadas y a la guerrilla están planteadas tal como las veo. Sin entrar en detalles y sin entrar en un juicio porque no me siento autorizado para hacerlo. Ni quiero hacerlo. Tú sabes que no me interesa la política…

“Si alguien tiene alguna esperanza sobre la suerte de la especie humana, o es que no está comprendiendo, o es que quiere hacerse el tonto. El porvenir de la especie es negro, absolutamente siniestro. Lo que se está haciendo con el medio ambiente y no quiero caer en el ecologismo porque eso ya se ha vuelto una especie de pretexto político es tan criminal, que no queda ninguna esperanza. Si alguien tiene una pequeña curiosidad sobre la especie humana, lo invito a que abra un libro de historia de cualquier época. Encontrará masacres, injusticias, estupidez, fanatismo, imposición de ideologías brutales que han costado millones de muertos... Eso es una conclusión.
“La maravilla de la vida. Es un milagro. Cada instante es un regalo prodigioso. Lo que no se puede es vivir engañado y creyendo en una esperanza que no existe. Es mejor vivir lúcidamente pero disfrutar esta maravilla que es otro ser humano, un amigo, una mujer, la naturaleza... Disfrutar ese prodigio que se llama vida contra la cual estamos haciendo los peores atentados...

“No nos queda sino cumplir dos principios que son rectores para mí. En ellos hay una manera de convivir con los seres humanos: la aceptación y la indulgencia absoluta. Lo que venga de otro ser humano hay que aceptarlo plenamente. Y perdonarlo porque adentro tenemos un ser humano igual. No hay más... Usted mató? Usted robó? Tampoco lo califico… Creo en esa maravillosa doctrina que se llama la comunión de los santos. Lo que uno hace lo comparten los demás. No hablo de un punto de vista religioso sino esencialmente humano. No me asombra ni jamás me han causado el menor rechazo los seres con los que me he encontrado en la vida y que son bastante más que marginales…
“Podría decir que no podemos hacer nada para cambiar nuestro destino. En eso, mi herencia andaluza musulmana, que yo cuido, me ha marcado muchísimo. Una de las tonterías más grandes que ha dicho el mundo occidental es aquello que afirmó Aristóteles: que el hombre es el arquitecto de su destino. Es una sandez brutal.

Segunda cosa: lo que hagamos en el mundo hay que hacerlo con plenitud y hasta las últimas consecuencias. La tercera: ver lo que nos rodea. Hay que saber ver. Es decir, ver con los ojos del alma. Hay que saber que es allí en la naturaleza donde está la clave de nuestro destino. No en nosotros mismos. Y dejar que las cosas sucedan. Por eso mi profunda repugnancia y mi rechazo, desde muy niño, a la política. No creo que los hombres tengan la posibilidad de mejorar el destino y la suerte de nadie. Pero la pueden empeorar... Y de eso se han encargado con una dedicación y una disciplina sorprendente. El hombre para hacer el mal es de una perfección extraordinaria…

“El trabajo es brutal. Mis criaturas, como decía Neruda, nacen de un largo rechazo. Siempre me cuesta un trabajo horrible escribir. Tengo una autocrítica espantosa. Autocrítica del estilo que me tortura mucho y después del desarrollo mismo de la esencia de lo que quiero decir. Cuando corrijo trato de acercarme a la idea que tenía. Cuando siento que ya no puedo estar más cerca, lo dejo. Es lo que puedo dar. Siempre me queda una profunda insatisfacción. Después cuando me dicen que mis libros están escritos en un estilo muy cuidadoso, no sé si reírme o darme abrazos en un rincón muy oscuro donde no me vea nadie…

“En esa frase corta quiero que estén todas las imágenes, todas los colores, olores, sensaciones, nostalgias, todas las sugerencias, que deseo que estén en esa frase.

Claro que eso viene de la poesía. He dicho siempre que el poeta, o es visionario o no es poeta. Esa visión que se concreta en cada poema, entre más concreta, más rica sea, es más eficaz y se está llegando más rápidamente a lo que se quería contar. Esa es mi intención: en el menor espacio posible dejar el más rico abanico de sensaciones. Es lo que intento…

“Tengo una doble situación: una, vigilando cuidadosamente lo que se está contando. Y la otra, dejándola en blanco y permitiendo que los personajes y los ambientes creen la secuencia. Una cosa lleva a la otra…”

APARTES. ENTREVISTA DE JOSÉ HERNÁNDEZ EN EL TIEMPO 18, XI, 1990

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