Así se siente La Habana

Así se siente La Habana

En la capital cubana sus habitantes viven pausadamente.

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02 de octubre 2013 , 03:14 p.m.

La Habana está tan enfocada en complacer a los turistas que hasta les concede una divisa propia (el peso cubano convertible, o C.U.C.). Solo ese detalle comprueba cómo en la capital cubana se lucha a diario por atraer y satisfacer al ‘yuma’, como coloquialmente se conoce al visitante en general y, originalmente, al estadounidense.

Basta alejarse a pie del circuito turístico más tradicional para constatar la manera en que los años se reflejan en las fachadas de una ciudad que combate el deterioro.

Partiendo desde la conocida plaza Vieja por la calle de San Ignacio, rumbo al sur hacia el Centro Cultural Antiguos Almacenes de Depósito San José, se aprecia la rápida degeneración en los inmuebles, la conversión de los negocios hacia bolsillos menos profundos y la derrota anunciada ante la falta de recursos.

En este punto es posible que al viajero lo invada un desconcierto al descubrir tanta riqueza arquitectónica, sumida en grietas y desconchones, y los carros antiguos casi desvencijados que, pese al uso constante, parecen abandonados.

Es un placer apreciar estas ruinas habitadas, cuyo estado actual les confiere un encanto especial.

El nuevo adoquinado, las paredes de colores pastel, las terracitas abarrotadas de turistas junto a los negocios de hostelería hacen que en la plaza Vieja por un segundo se olvide esta realidad.

Lo mismo ocurre al subir por la calle de San Ignacio, rumbo al norte desde la plaza Vieja hasta la plaza de la Catedral, y descansar un rato mientras tomamos unos mojitos cerca de la famosa Bodeguita del Medio, bar y restaurante muy frecuentado desde mediados del siglo pasado por bohemios, artistas y turistas.

O quizás al alejarse un poco hasta el Floridita, al inicio de la calle Obispo y a pocos pasos del capitolio, aún en la Habana Vieja, donde el daiquiri sustituye al mojito bajo la supervisión de la estatua de Hemingway.

También es fácil despistarse cuando en cualquier restaurante ofrecen langosta en mariposa (una jugosa cola de langosta a la plancha con mantequilla), por poco más de 12 dólares.

Pero la sensación siempre está ahí, perdurando incómoda, susurrando otra realidad.

Se nota cuando el acompañamiento del plato principal son unos plátanos maduros rebanados y arroz moro (con fríjol negro).

Se siente cuando esos humildes platillos están mejor preparados porque han sido cocinados muchas más veces por el cocinero, la mayoría para él y sus allegados.

Enfocada en el turismo, defendiéndolo hasta garantizar niveles de seguridad que parecen imposibles en las grandes urbes del primer mundo, La Habana y sus habitantes libran una guerra por mantener su identidad y su patrimonio frente al paso de los años y las circunstancias que detuvieron el reloj hace varias décadas.

Quién sabe si la guerra es contra el reloj o a su favor, intentando que el tiempo se termine de congelar, o para que deje de detenerse.

Quién sabe qué pasará el día en que eso ocurra. En el transcurso de esta reflexión, siempre tan común para las personas que han visitado La Habana, la vida prosigue allí inaccesible al desaliento, pícara y sonriente para todos.

De paseo en los almendrones

Almendrones es como se conoce a los llamativos autos clásicos que circulan por La Habana: son Cadillacs, Chevrolets, Oldsmobiles, Buicks… la lista es extensa, casi más que los años con los que cuenta la mayoría de estas piezas de coleccionista de los años 50. Muy cuidados por sus dueños y empleados casi únicamente como taxis, estos carros conservan poco más que la carrocería de los modelos originales.

Preguntarle al conductor por su carro es un buen método para amenizar el recorrido y ganarse la confianza del dueño, algo útil para negociar el costo del viaje. Montar en uno de estos modelos es algo tan interesante como típico.

EFE

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