La locura y la bobería

La locura y la bobería

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30 de septiembre 2013 , 09:21 p.m.

El opio del pueblo ya no es la religión sino el fútbol convertido en disturbio sagrado. A veces el mundo parece en verdad una casa de locos aquejados por locuras inocentes como las de la moda que obliga a las mujeres a vivir encumbradas en plataformas que desafían la noción de zapato y burlan las leyes de la gravedad, y a los muchachos, a plagarse de tatuajes de faunas marinas, demonios, astromelias inventadas, calaveras y el nombre de una novia.

Pero hay locuras tristes como las de esos ancianos macilentos que a veces posan para las listas de los más ricos en las revistas de pendejadas, que jamás sonríen, que escasas veces parecen felices, es decir, florecidos por dentro, como si la riqueza marchitara. Y locuras bárbaras como las de los piratas posmodernos que arrasan las naciones con sus ancianatos, salacunas y museos, con tecnologías diseñadas en los laboratorios y en los talleres de mecánica, donde bien saben batir los metales y calibrar los ácidos para hacerlos más ponzoñosos y baratos. Pero la enumeración de las demencias me llevaría la vida que me queda y sería inútil o redundante. Cualquier lector reconocerá que el mundo nos da cada día suficientes motivos para suponer que es una insensatez desde que lo inventaron unos dioses celosos, lúbricos y llenos de caprichos.

La locura tiene algo trágico, una grandeza recóndita a veces, cierta nobleza. De locura en locura, el mundo corrige el camino al milagro que cree merecer y se libera de sus mentiras aunque deba espantarse de sí mismo en la terapia. La locura nos dio a Ayax y a don Quijote. A Tasso, Van Gogh, Nietzsche, Artaud y a Epifanio Mejía y sus cantos a las hormigas, el novillo y la tórtola. Y eso la salva aunque no la justifique. La bobería es otra cosa. La bobería que se entrevera con la eximia locura. Rebajándonos.

Mientras escuchaba la noticia del penúltimo sacrificado en aras del fútbol, me preguntaba si la bobería producirá algo bueno a la larga, algún mérito, un día lejano, una pizca de belleza. Pero es obvio que la bobería solo produce de tanto en tanto una nota de pie de página en la crónica de locos que es la Historia o un párrafo en el censo de las curiosidades naturales junto a las costumbres del pejesapo. Un cronista deportivo que maneja tres adjetivos, espectacular, maravilloso y chévere, para calificar una fiesta, una mujer o un teléfono, equipara la violencia de los fanáticos del fútbol con las furias sórdidas de los celosos y los padres maltratadores. Pero el celoso aún es humano y comprensible, y el filicida que mata a su niña porque perdió matemáticas en el colegio aún forma parte de los desmanes del mundo, como es desde el principio. Y hasta el reformador social ensañado que tirotea a sus semejantes para rescatarlos de sus incoherencias según alguna fantasía teológica de derecha o izquierda. Pero solo queda la perplejidad ante un tarambana que inmola a un vecino para honrar un equipo de fútbol.

Tal vez la gente necesita gastar alguna clase de energía inventando divinidades apasionadas; tal vez necesita establecer arquetipos que le ayuden a mantener un ideal que la supere. Y cae en la bobería rampante a falta de modelos razonables. Tal vez los maestros y los medios que deberían reforzarlos y consolar a las personas en su desamparo solo han conseguido reducirles las cabezas, hasta convertir el fútbol en una nueva religión con sacrificios cruentos, que niegan de tajo las conquistas de la razón. Por algún arcano cósmico, el acervo de los saberes está supercompensado por la estupidez. Y mientras un artilugio de la inteligencia ahora fotografía los mares muertos de Marte o rastrea las galaxias del horizonte remoto, un idiota babeante y confuso corre con un cuchillo a emboscar una víctima elegida por el color de una camiseta. Y así vivimos. Sin saber si debemos enorgullecernos. O abochornarnos.

Eduardo Escobar

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