Editorial: La caliente mano del hombre

Editorial: La caliente mano del hombre

30 de septiembre 2013 , 08:05 p.m.

Dentro de 87 años la temperatura de las aguas marinas será varios grados mayor que la de hoy. El nivel del mar habrá subido entre 26 y 82 centímetros. Las aguas del océano inundarán numerosas ciudades costeras, millones de personas tendrán que desplazarse a lugares más altos y miles de kilómetros de muelles, viviendas, hoteles y tiendas quedarán total o parcialmente sumergidos.

Habrán desaparecido o estarán en proceso de extinción numerosas especies de peces y plantas, y las capas de hielo del Ártico y el Antártico serán más débiles y menos extensas.

No estamos hablando de un futuro lejano que puede dejarse en manos de la ciencia ficción. Millones de personas que ya pueblan el mundo deberán enfrentar estos posibles desastres cuando termine el siglo XXI.

Así lo auguró oficialmente la semana pasada el nuevo informe (‘AR-5’) del Grupo Intergubernamental del Cambio Climático (IPCC), una conjunción de 831 científicos de 85 países convocados por las Naciones Unidas para tomar periódicamente el pulso a las temperaturas del planeta y derivar de allí procesos, proyecciones y posibles consecuencias.

Es el quinto informe que rinde el IPCC, y el deterioro ambiental cada vez es más acelerado. Entre las conclusiones del documento, de 900 páginas, cuyo resumen de 30 se dio a conocer el viernes en Suecia, hay una que al mismo tiempo desalienta y ofrece esperanzas: está virtualmente probado que el acelerado ritmo al cual avanza el cambio climático es producto del mal manejo de sus recursos que ha hecho el ser humano, y no de causas naturales.

Y es que durante muchos años personas que defendían intereses industriales u oficiales pusieron en duda el origen del aumento de la temperatura de los mares y del planeta. Después de los hallazgos que acaba de revelar el IPCC no caben polémicas sobre la causa del efecto invernadero. El hecho de que algún año el calentamiento sea levemente inferior que el año que lo precede no puede utilizarse como argumento para decir que ya entramos en el reverso del proceso dañino, como pretendieron algunos. El panorama debe considerarse por períodos, y al hacerlo así salta a la vista que el deterioro es constante y, en algunos casos, irreversible. Hay efectos del calentamiento que tardarán siglos en mejorar o no lo harán nunca.

Desalienta, ciertamente, conocer la poca conciencia que ha mostrado el ser humano en su relación con la naturaleza, en especial durante las últimas décadas. En 1950, el porcentaje de variación de la temperatura global en grados centígrados era de -0,2; hoy es de 0,5. En 1971, los registros de termómetros marinos arrojaban cifras de calor más benévolas que ahora entre la superficie y los 700 metros de profundidad. La concentración de gases de carbono –óxido, dióxido (CO2) y metano– se ha acelerado en los últimos dos siglos hasta alcanzar niveles sin precedentes en los últimos 800.000 años. Los mares recogen un tercio del dióxido de carbono, lo que no solo eleva la temperatura de las aguas sino que agudiza su acidez y atenta contra muchos ejemplares de su fauna y flora.

Al mismo tiempo, la circunstancia de que no se trate de un proceso inevitable, sino de una obra del hombre, abre la posibilidad de detener la marcha hacia el abismo. El IPCC pide por eso a los gobiernos un acuerdo vinculante que permita, a partir del 2020, emprender una lucha firme para evitar la catástrofe que se anuncia. Esperamos que por fin se escuche su voz.

editorial@eltiempo.com.co

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