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Editorial: Salvavidas al sistema masivo

Editorial: Salvavidas al sistema masivo

La crítica situación financiera y operativa por la que atraviesa la mayoría de sistemas de transporte masivo en el país obliga a una reflexión de las autoridades nacionales y locales acerca del futuro de un modelo que, si bien ha mostrado grietas en su implementación, no significa que en términos de movilidad y servicio no sean una alternativa para el caos que viven los principales centros urbanos.

Con la implementación de TransMilenio en Bogotá, hace 13 años, se vivió un boom en el resto de ciudades que quisieron emular el prototipo de los buses rojos articulados. Pereira, Cali, Bucaramanga, Barranquilla, Cartagena y Medellín le apostaron a este esquema como fórmula para paliar el deficiente desempeño de los buses viejos, contaminantes y agresivos con el usuario.

La fórmula era básicamente la misma: corredores viales exclusivos, con estaciones y terminales a cargo del municipio y empresas privadas responsables del recaudo de los pasajes, la flota de buses y la operación del sistema. Para ello, eran indispensables unas reglas de juego mínimas: músculo financiero, cobertura garantizada y compromiso político.

En algunos casos, la ecuación no funcionó y hoy se ven las consecuencias. En un balance hecho por este diario a cada operador salieron a flote dificultades que van desde demoras en las obras –con demandas incluidas por predios– hasta problemas de gestión. Hay ciudades donde faltan recursos para perfeccionar el esquema; en otras, las empresas quedaron ilíquidas y ya se han visto en aprietos hasta para pagar la nómina; y en unas más no se ha conseguido la demanda de pasajeros esperada.

Si bien es cierto que ha habido falta de gerencia y desórdenes administrativos de los empresarios –como sucedió en Bogotá con dos operadores, que tendrían que ceder las troncales asignadas, o en Pereira, donde una de las empresas se excusa de no poner a rodar toda la flota por falta de repuestos–, también lo es que las autoridades locales han sido inferiores al desafío que se les ha planteado.

Buena parte de la crisis que se evidencia tiene origen en la imposibilidad de sacar de circulación el transporte colectivo que por décadas ha imperado, como en Cali. En Bucaramanga, hasta los mototaxis han puesto en riesgo a Metrolínea. Allí, deberían estarse movilizando por el sistema 220.000 pasajeros, pero solo lo hacen 150.000. Algo similar sucede en Barranquilla.

En el caso de la capital antioqueña, ejemplo de un sistema integrado de transporte público, el problema no es la falta de pasajeros (hay una demanda del 130 por ciento), sino que no se han concluido algunas troncales.

Cabe advertir que la crisis de los sistemas masivos no es nueva, pero evidentemente ha venido empeorando con los años. De ahí que se deban examinar sus causas con cabeza fría. El Gobierno Nacional, principal aportante de recursos para los ‘transmilenios’ del país, ha señalado de tiempo atrás que los alcaldes son los principales garantes de que el modelo funcione. Si ceden a presiones políticas o particulares, difícilmente habrá avances.

Revisar los contratos de operación no es fácil, pero podría ser el comienzo de una solución definitiva. Lo que no puede hacer carrera es el mensaje de que semejantes inversiones están condenadas al fracaso; eso enviaría una pésima señal a los inversionistas y a la sociedad en general, cuando aún se pueden explorar fórmulas comunes y soluciones tan audaces como creativas. Urge un salvavidas.

editorial@eltiempo.com.co

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