Secciones
Síguenos en:
La vieja leyenda de la base aérea japonesa en Corinto

La vieja leyenda de la base aérea japonesa en Corinto

Cuando se hablaba de una guerra entre EE. UU. y Japón, EL TIEMPO publicó este texto, en 1939.

notitle

A cuatrocientas veinte millas en vuelo directo desde el canal de Panamá se encuentra la ciudad de Cali, en Colombia. Tras un viaje a caballo me encuentro contemplando un campo de habas cultivado por japoneses en una extensión de dos millas cuadradas. El campo es absolutamente plano, está a nivel y la tierra es firme. Las habas han sido una variedad en los productos del suelo y cuando llega la cosecha forman un grueso tapete en toda la extensión del campo. Durante todo el año, no hay labores de cultivo que embaracen u obstruyan la extensión de esa zona. Unos cuantos cultivadores japoneses parten terrones silenciosamente y miran al espectador apenas un instante. No son, naturalmente, aviadores.

El hecho de que este campo de habas pueda dar cabida a una flota de 500 aeroplanos cómodamente, es decir, sin que queden aglomerados; de que un aeroplano de velocidad media pueda volar en tres horas desde este campo hasta el canal de Panamá; de que estas dos millas cuadradas de habas constituyan un lugar remoto sustraído a la observación, y de que este campo sea de propiedad de un grupo de japoneses que han hecho de él una pequeña parte de Japón, dan a este cultivo de habas el primer puesto de interés, entre todos los campos de la misma especie en el mundo entero, de las autoridades encargadas de nuestra defensa.

Este campo es el puesto japonés más cercano al canal de Panamá, con excepción de la llamada plantación de algodón de Puntarenas, que se encuentra ciento veinte millas (193 km) más próxima.

Es concebible que en uno u otro campo aterricen los aviones de guerra de los japoneses conducidos por buques portaaviones hasta una zona distante varios miles de millas en el Pacífico para hacer de dichos campos bases de ataques al canal.

Las autoridades norteamericanas de la Defensa miran ambos campos con profundas sospechas. Estas razones justifican, por consiguiente, el viaje del primer periodista que desea inspeccionar personalmente las dos posibles bases aéreas del Japón.

Fueron necesarias diez horas de viaje en automóvil, a caballo y a pie para ir y volver a uno de estos campos, situado en el corazón del valle del río Cauca, al que llaman los colombianos el valle más rico de América del Sur.

Comparada con todas las tierras vecinas, la hacienda de los japoneses parece un modelo de limpieza y hermosura. A lo largo de la línea central del campo se levantan tres casas en el estilo característico de las de los campesinos japoneses. Una de ellas es una escuela para los cultivadores y sus hijos, los cuales viven en un grupo de casas ocultas por una plantación de bambúes. Mientras yo inspeccionaba las casas cerradas, los japoneses no prestaban la mayor atención.

Unidas forman un número de 220 casas; cuando se instalaron eran veinte. Doscientas de ellas están en la plantación de Corinto y las otras veinte, en una nueva plantación que apenas principió hace un año, con 375 acres (151 ha), en Santa Ana, aproximadamente a quince millas (24 km) de distancia.

Pero lo más interesante en este asunto son las declaraciones del más prominente representante de los japoneses, el señor Yuzo Takeshima, hombre bien educado, de aspecto juvenil y a quien entrevisté en su almacén de toda clase de mercancías establecido en Cali.

En buen inglés, el señor Takeshima explicó que “eso es absurdo, porque carecemos de razón para tener un campo de aviación allí. En primer lugar, todos los japoneses que viven aquí son cultivadores ordinariamente sin educación. Ninguno de ellos ha recibido formación militar”.

Se quedó pensando un momento y luego exclamó:

“Porque el gobierno japonés no permitirá de manera alguna la emigración de los hombres que están entrenados militarmente”.

—No –sugerí–, a menos que el gobierno japonés, en casos concretos, deba colocar en el extranjero a hombres con entrenamiento militar y para determinados propósitos.

“Una invención –objetó el señor Takeshima–. Y lo curioso es que los colombianos parecen dominados por esa invención. ¿Sabe usted que un viejo caballero colombiano vino a visitarme y a ofrecerme lo que llamaba un mejor campo de aviación, más plano, más firme y mejor en todo, para los aeroplanos? Yo le dije que esperara unos meses mientras hacía llegar mis aeroplanos”.

El señor Takeshima rio y después, más seriamente, me dio detalles.

En 1929 vinieron diez familias y otras diez en 1934. Desde entonces no han llegado más. En las dos haciendas tenemos ahora 1.050 plazas de tierra, o sea 1.575 acres (637 ha). Las 20 familias vinieron cada una con un capital de 1.000 pesos.

Durante los dos primeros años no hicieron dinero. Ahora recogen dos cosechas de habas de 10.000 sacos por año solamente en Corinto, y como venden a 13 pesos el saco, tienen un ingreso anual de 260.000 pesos; o sea, para cada una de las 15 familias que cultivan habas, 17.000 pesos.

Era obvio que el señor Takeshima deseaba poner de manifiesto los beneficios comerciales de la empresa. Una ganancia de 10.000 pesos por familia. Pensando en eso, agregó: “Son muchos los gastos, especialmente en lo relativo a maquinaria. Tenemos quince tractores y varios otros implementos de agricultura, todos norteamericanos”.

Esa es la versión japonesa. La opinión aquí está dividida por lo que se refiere al asunto de si con el campo de habas se intenta mantener un campo de aviación. Cuando llegaron los primeros japoneses, algunas de las tierras que compraron tenían plantaciones de coco, cacao y otras de árboles gruesos capaces de impedir el aterrizaje de aviones. Los japoneses mantuvieron durante un año o dos esas plantaciones, pero luego las eliminaron y las reemplazaron en un noventa por ciento por habas.

En el momento de despedirme del señor Takeshima le hice notar que yo había visto actuar al ejército del Japón en China.

Con expresivo gesto, hizo esta afirmación:

“Nosotros hacemos allí (en China) lo mismo que ustedes en América con los indios, lo mismo que la Gran Bretaña en todas partes del mundo y lo mismo que Francia. Ustedes son ricos ahora y nosotros somos pobres. Pero algún día también seremos ricos”.

Un reportaje de Knikerboker

Dentro del excelente servicio que EL TIEMPO ha contratado con el notable periodista norteamericano Knikerboker, publicamos hoy un reportaje sobre la colonia agrícola que ciudadanos japoneses han establecido en el Valle del Cauca y que ha concentrado en esa región el escaso número de hijos del Celeste Imperio llegado en muchos años a tierras de Colombia.

Knikerboker repite en su crónica la fantástica leyenda que ya se había publicado sobre una posible base aérea de emergencia para el caso de una no improbable guerra entre los Estados Unidos y el Japón. El periodista hace ver cómo la admisible situación estratégica de la zona cultivada por los japoneses “haría fácil una rápida concentración de aviones imperiales sobre el canal de Panamá. Y Knikerboker descubre además, detrás de la sonrisa maliciosa de uno de los capitanes de la colonia agrícola, un mundo de tremendas probabilidades.

Nosotros no creemos en la leyenda pintoresca. Entre otras razones porque si hubiera de ella el más leve indicio de realidad, para acabar con el fantasma no hubiera sido precisa la denuncia periodística del famoso reportero. Las autoridades colombianas se hubieran bastado para resolver, de acuerdo con los principios de nuestra soberanía, una situación que sería inadmisible desde todo punto de vista.

Pero en el fondo no hay nada. Un poco de imaginación. Y un mucho de la neurosis de guerra que se ha apoderado del mundo.

Hubert Renfro Knikerboker

Fue uno de los corresponsales internacionales y de guerra más importantes de la prensa de Estados Unidos. Cubrió el ascenso de Hitler al poder, quien de hecho lo expulsó de Alemania apenas lo consiguió. Ganó el Pulitzer en 1931. Estuvo en Colombia contratado de manera exclusiva por EL TIEMPO para hacer unas crónicas.

Lo mejor de EL TIEMPO

Para rescatar sus mejores textos, EL TIEMPO le pidió al escritor Juan Esteban Constaín que escogiera las joyas narrativas y periodísticas que ha publicado este diario a lo largo de su historia. Esta es la tercera.

Hubert Renfro Knikerboker
ARCHIVO EL TIEMPO

Llegaste al límite de contenidos del mes

Disfruta al máximo el contenido de EL TIEMPO DIGITAL de forma ilimitada. ¡Suscríbete ya!

Si ya eres suscriptor del impreso

actívate

* COP $900 / mes durante los dos primeros meses

Sabemos que te gusta estar siempre informado.

Crea una cuenta y podrás disfrutar de:

  • Acceso a boletines con las mejores noticias de actualidad.
  • Comentar las noticias que te interesan.
  • Guardar tus artículos favoritos.

Crea una cuenta y podrás disfrutar nuestro contenido desde cualquier dispositivo.