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Editorial: Suficientes señales

Editorial: Suficientes señales

La absurda muerte de tres personas esta semana en hechos en los que tuvieron participación jóvenes que vestían colores de equipos de fútbol y que motivaron la suspensión del partido Millonarios-Nacional volvió a poner los reflectores sobre la cada vez más preocupante violencia causada por las llamadas ‘barras bravas’.

Ante la tragedia, preguntas sin contestación: ¿son hinchas delincuentes o delincuentes disfrazados de hinchas? ¿Qué permitió que se banalizara de tal forma la muerte? ¿Por qué hay tantos jóvenes dispuestos a matar sin mayor razón aparente?

A falta de respuestas vale dar una mirada a lo sucedido, que no es solo un problema bogotano. Aquí encontramos enfrentamientos entre barras en las tribunas, en las carreteras, en los barrios y en lugares simbólicos de las ciudades. Buses que transportan a fanáticos y a los equipos son agredidos cerca de los estadios, cuando no son víctimas de emboscadas en plena vía. En este campeonato ya son tres los partidos que han tenido que suspenderse por falta de garantías. Los jugadores hablan en voz baja de extorsiones y no es claro cuántos directivos han preferido el camino fácil de ceder a las exigencias de estas agrupaciones.

La primera tarea que no se ha hecho es conocer a fondo el problema. Por eso, no da espera la carnetización de los miembros de las barras para saber a ciencia cierta si los protagonistas de delitos pertenecen o no a ellas. Esto daría luces, que harta falta hacen, además de herramientas efectivas de control.

Avanzar en tal sentido permitiría dilucidar si estamos ante un problema de culturas urbanas con origen en el fútbol que han tomado el camino del crimen, o si son pandillas o, incluso, bandas criminales con colores e insignias prestadas de este deporte y con vasto bagaje delictivo, que incluye microtráfico y control territorial. Sin pretender justificar los delitos, es cierto también que fenómenos como este recuerdan la necesidad de darles un lugar prioritario a la inclusión social y a las políticas que eviten que tantos conozcan de cerca el desarraigo. En fin, tales hechos llaman a la dirigencia nacional, a todo nivel, a revisar qué lleva a la juventud a estos desbordes inconcebibles.

Hay que añadir que no es el caso pedir más leyes o penas más severas. Herramientas legales sobran. Están no solo en el Código Penal, sino también en leyes sancionadas recientemente, como la 1270, del 2009, y la 1445, del 2011. Sobresale en particular el ‘Protocolo para la seguridad, la comodidad y la convivencia en el fútbol’ –suscrito por los clubes–, que, por cierto, estableció como fecha límite para la mencionada carnetización de los fanáticos el 30 de junio del 2012. El viernes, el Defensor del Pueblo habló de 14 leyes relacionadas con el asunto. Pero parece que estamos ante una buena cantidad de letra muerta.

Por ejemplo, el Decreto 1007, del 2012, establece que el aficionado tiene derecho a que “la Comisión Nacional de Seguridad, Comodidad y Convivencia en el Fútbol diagnostique las causas de la violencia en el fútbol y proponga soluciones acordes con las expresiones del barrismo social”. Por último, le confiere al Gobierno Nacional la responsabilidad de “gestionar la formulación de una política pública” en este mismo sentido.

Como se puede ver, ya está trazada la ruta que permite ir un paso más allá y no limitarse a combatir y controlar los síntomas, sino apuntar directo al origen del problema.

Las acciones pendientes a las que obligan estas normas deben ir de la mano con iniciativas que rompan paradigmas, que difieran en su espíritu de las hasta ahora implementadas. Y es que basta palpar, por ejemplo, el ambiente entre el público en partidos en los que se prohíbe el ingreso de hinchas visitantes, disposición recientemente adoptada para encuentros de alto riesgo. Cualquiera que no dé suficientes muestras de militancia es señalado de sospechoso y blanco de todo tipo de improperios. Ese no puede ser el camino.

En consonancia con lo anterior, bien se podría intentar que algunas tribunas vuelvan, gradualmente, a ser compartidas por seguidores de ambos oncenos, a fin de que las nuevas generaciones aprendan a convivir con quienes no son de su bando, pues la separación de aficiones en las gradas ha sembrado la semilla de la hostilidad contra los colores diferentes. Algunos, con buen tino, han hablado de ver a equipos de enconada rivalidad intercambiando uniformes. Esta es una buena forma de recordar que los colores en el fútbol son para diferenciar, no para incendiar.

Es hora, pues, de que todos los involucrados asuman responsabilidades, de examinar con ojo crítico lo hasta ahora hecho, de cumplir con tareas pendientes y de elaborar un diagnóstico certero de lo que está pasando. No hay que temerle a explorar nuevas fórmulas, tanto en los estadios como en los barrios. Buscar alternativas para que el ímpetu y la vitalidad de estos grupos sean puestos en función del bienestar de la comunidad. Todo lo anterior no excluye una acción contundente de las autoridades contra los protagonistas de los recientes actos criminales y contra quienes encontraron en estos grupos la fachada perfecta para sus actividades ilícitas.

Que no se repita el caso de Inglaterra, donde solo se implementaron medidas tras una sucesión de catástrofes. Estamos a tiempo.

editorial@eltiempo.com.co

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