Nostalgia por Calígula

Nostalgia por Calígula

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25 de septiembre 2013 , 08:06 p.m.

Una de las mejores lecturas del escándalo de WikiLeaks hace tres años la dio Umberto Eco. Entonces la reseñé aquí y hoy vuelvo a ella con igual placer. Decía el maestro que lo grave de esas filtraciones, sobre todo para los poderosos, pero también para la sociedad, lo grave no era tanto su contenido, como el hecho de que con ellas se perdía uno de los factores esenciales que le dan legitimidad al poder político: el misterio, el secreto, lo presunto.

En efecto, decía Eco, mucho de lo que estaba escurriendo WikiLeaks ya se intuía en los mentideros y en la calle, o bastaba con observar la realidad, aun en los periódicos, para notarlo. Que Berlusconi es un sátiro y un depravado –un estadista–, que Bush hijo era un niño borracho y armado, que Cristina Fernández de Kirchner se inyecta bótox, que Guerra Tulena y Horacio Serpa son el Partido Liberal. Obviedades, certezas, tragedias.

Pero más allá de las filtraciones mismas y sus detalles que revelaban lo ya intuido, lo grave era eso, según Eco: que la gente –nosotros, “el pueblo”, para usar el nombre tan manoseado– descubriera que el secreto de la política es que no hay secreto. Que el misterio es que no hay misterio. Que quienes nos gobiernan, por llamarlo de alguna manera irónica, son tan banales y tan humanos, o más, como nosotros mismos. Y que cualquiera podría estar allí en lugar de ellos y daría igual.

Lo cual es gravísimo. Porque como decía Eco en su artículo (y Raterio de Verona, el gran teórico de la política, pero con ese nombre cómo no, hace once siglos), el misterio es una de las formas primordiales de legitimación del poder; el misterio y su aceptación. La idea que debemos tener los gobernados de que quienes nos gobiernan saben cosas que nosotros no, y que hay razones profundas que justifican que sean ellos, y no nosotros, quienes estén allí.

Dirán ustedes que con el triunfo de la democracia esa visión de las cosas ya no tiene sentido, y talvez sí. Pero aun en la democracia sobrevive ese reflejo ancestral de creer que los gobernantes lo son por alguna razón valedera (la sabiduría, la fuerza, el carisma, aun la intriga) que los distingue y distancia de sus gobernados, y no solo por la inercia del azar. Aun en tiempos democráticos los pasajeros esperamos ingenuos que el piloto merezca y sepa serlo, de verdad, y que no vaya a salir a preguntarnos en medio de la tormenta qué está pasando, cuando su función esencial consiste justo en saberlo más que nadie.

Pero parecería que hoy el mundo está mal gobernado, ¿no?, aunque eso se haya dicho siempre, quizá con razón. Solo que esta vez también podríamos estar en lo cierto. En manos “descriteriadas”, como decía Condorito, que ignoran la historia y el pasado –es decir, el presente–, y que en vez de trazar el rumbo esperan a que se lo tracen las encuestas o sus áulicos. Por eso, en materia política, Napoleón Bonaparte solo oía a su jardinero, que le decía lo que pensaba de verdad, sin engaños ni maquillar las cosas para halagarlo y sustraerle su poder.

Ayer le dije con horror a un amigo: se nos vino otra vez la campaña. Nos miramos descorazonados: otra vez los insultos, los codazos, el vacío. Y estoy seguro de que ambos presentimos lo mismo: la tortura que serán estos meses hasta las elecciones, con una certeza que es al mismo tiempo benéfica y aterradora, en ese estricto orden: porque al final unos perderán, sí, pero otros ganarán. Le recordé entonces a mi amigo la frase de Celine que tantas veces cito aquí: “Felices quienes fueron gobernados por el caballo de Calígula”.

Es más, le dije: felices quienes fueron gobernados por Calígula. Ya entrados en gastos, caramba, cuánta falta hace Calígula en el mundo.

Juan Esteban Constaín
catuloelperro@hotmail.com

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