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A propósito del matoneo

A propósito del matoneo

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Hace unas semanas fue promulgada la ley que pretende controlar situaciones de conflicto con ingredientes violentos en los colegios del país, así como reducir el embarazo adolescente entre la población escolar.

Debe destacarse que esto demuestra un interés por lo que ocurre en los espacios educativos desde que ellos se inventaron hace tres o cuatro siglos. Ya en la Edad Media, como lo describe Ariès, la Iglesia se oponía radicalmente a los juegos de niños y jóvenes, pues en muchas ocasiones eran fuente de reyertas y peleas que podían terminar en hechos trágicos. De igual manera se tenía una gran prevención hacia cualquier manifestación que pudiera amenazar la pureza, signo fundamental de la inocencia.

La escuela aparece, entre otras cosas, como un mecanismo de preservación de la inocencia, amenazada constantemente por el mundo adulto, en el cual se movían los niños hasta entrado el siglo XVII. Además se pretendía protegerlos del evidente maltrato del que eran objeto. Esto, en nuestros términos, podría parafrasearse diciendo que la escuela es el mecanismo para librar a la infancia del matoneo social.

Ahora surgen nuevas sensibilidades, que descubren, finalmente, que los centros escolares están lejos de esa pureza angelical que muchos quisieran preservar, y que allí ocurren cosas terribles: los niños se golpean, niñas de 12 años se agreden por celos, hay bandas de microtráfico, se habla de redes de prostitución, los adolescentes tienen relaciones sexuales, no son extraños incidentes de extorsión desde muy temprana edad.

Las herramientas de la investigación social permiten hacer censos, análisis, encuestas y seguimientos, que describen con rigor obsesivo todas las variantes del comportamiento infantil y juvenil, sin detenerse a diferenciar lo que corresponde a procesos normales de aprendizaje de la socialización en diversos momentos del desarrollo y lo que constituye expresiones de violencia, seguramente originada en factores muy ajenos a los niños y jóvenes.

La ley invita a “identificar y fomentar mecanismos de mitigación de todas aquellas situaciones y conductas generadoras de violencia escolar”.

Como un pequeño aporte a esta invitación me permitiría señalar la importancia de hacer un listado de aquellas situaciones y conductas que provienen de la propia estructura de los colegios y que hace que el principal matoneo provenga de las instituciones. Y no sobraría investigar sobre eso.

Valdría la pena preguntarse si los modelos de evaluación que amenazan continuamente tanto la continuidad escolar como el sentido de autoestima de los estudiantes es eficiente para reducir la violencia y fomentar la convivencia. O si la obsesión por homogenizar a todos los niños y niñas bajo patrones académicos y disciplinarios únicos no produce una constante sensación de fracaso, que, de alguna manera, se convierte en rabia y deseo de destrucción. O si levantar a un niño antes de las 5 de la mañana para que inicie clases a las 7, después de largos recorridos en bus, constituye una buena práctica en relación con su salud y su estado anímico. O si señalar continuamente sus dificultades para aprender cosas cuya importancia desconoce el propio maestro, con el corolario de sucesivas sesiones de terapias de toda índole, a muy alto costo, es un camino hacia la tranquilidad del espíritu.

Los niños y niñas suelen ser bruscos, a veces imprudentes o claramente agresivos. Pero eso por sí solo no los hace violentos. La violencia como intención clara de destruir y hacer daño tiene causas mucho más hondas. Algunas provienen de ambientes familiares y entornos sociales muy difíciles de intervenir, pero al menos algunas son producidas por las instituciones cuya misión es crear climas apropiados de convivencia. Si se identifica la enfermedad es posible encontrar el remedio.

Francisco Cajiao
fcajiao11@gmail.com

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