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Muchos dioses para Miguel

Muchos dioses para Miguel

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Se llamaba Miguel, como san Miguel arcángel (el de Melo Rivera). Por eso fue despedido por dioses católicos. También se llamaba Miguel con muchos nombres. Todos de dicha y de batalla. Y por eso también fue despedido por dioses yorubas, y por dioses gitanos, y por todos los dioses de todas las etnias indígenas de Colombia, y por los dioses raizales del archipiélago de San Andrés.

Cuando el padre terminó su sermón en la iglesia del Gimnasio Moderno, preguntó protocolariamente quién quería decir unas palabras. No esperaba que la primera en disputarse el atrio fuera una gitana. Dalila habló en lengua rom primero, con la voz entrecortada; luego tradujo al español y soltó una paloma blanca que no quiso irse, quizá para no perderse todo ese amor de colores que llenaba la iglesia. Después vendría un representante del Consejo Nacional del Pueblo Afrocolombiano, palenquero él, y recordó que Miguel ayudó a construir 181 consejos comunitarios; y la representante del cabildo de Guambia: “Me dijeron los Mayores que había muerto una persona muy importante, y por eso estoy aquí para expresar nuestro sentido pésame”; y una hermosa indígena awá: “En nuestro pueblo seguiremos caminando su leyenda, y la compartiremos con nuestros niños, nuestros hermanos afro y nuestros campesinos”. Fueron palabras de un país que Miguel ayudó a construir a fuerza de batallar con argumentos irrebatibles. Cuando sacaron el féretro, un indígena pasto lo detuvo antes de la carroza. Llevaba un enorme y hermoso penacho hecho de todas las plumas de todos los pájaros de todas las montañas y llanuras de Colombia. También vestía un vestido multicolor lleno de cuentas que sonaban, y llevaba un bastón de mando. Hizo su propio ritual de despedida, con cantos y lamentos profundos que venían de la misma tierra. Como conjurando la permanencia en el mundo de su pensamiento. No era para menos. Se trataba de Miguel, de Miguel Vásquez.

Importante para el país de todos porque fue el artífice de la Ley 70 de 1993, esa que establece mecanismos para la protección de la identidad cultural y de los derechos de las comunidades negras de Colombia como grupo étnico. Y porque siempre puso al servicio de las minorías étnicas del país lo mejor de sí como ser humano y como abogado. Importante para mí por lo mismo, y porque eran un placer su conversación afilada, su buen humor, esa manera de estar en el mundo, que a todos nos invitaba a cierto desparpajo, a cierta ironía básica y necesaria. Ese Miguel. A veces uno no podía entrar a su casa porque había un trancón de arhuacos o coguis o guambianos o emberas o afros. La calle donde vivió, esa famosa colina de la deshonra en La Macarena, bien podría ser la calle Colombia, la de la tierra, la también verdadera, la de todos.

Un vez viajó por Europa con unos arhuacos. Y de regreso tuvo que pagar exceso de equipaje porque los indígenas lo mandaron con maletas llenas de piedras que habían recogido en todas las ciudades. “¿Cómo le parece la belleza de estos tipos, ah?”, me dijo. No pensaba en el aprieto de aduanas y policías que tuvo con ese poco de piedras, ni en que las tendría guardadas en su casa durante meses, hasta que viniera alguien de la Sierra a llevárselas cuando fuera el momento de los pagamentos. Así Miguel, así su estilo absurdo y solidario. Así su entrega sincera con todos.

¿Que la pasó bueno? Sí ¿Que nos hizo pasar bueno? También. ¿Que su huella y su memoria están en las miles de hectáreas tituladas a comunidades indígenas y afro? Sin duda.

No conozco a nadie que haya sido despedido y homenajeado por tantos dioses al tiempo. Tanto color, tanta mochila y tanto corazón.

Pero se trataba de Miguel, y era necesario.

Cristian Valencia
cristianovalencia@gmail.com

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