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El que se casa por conveniencia, se separa por necesidad (cap. final)

El que se casa por conveniencia, se separa por necesidad (cap. final)

Entrega número 16 de la novela 'Padre de familia desempleado', de Andrés Gómez Osorio.

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Año 2020

“Esto es lo que he estado escribiendo”. Solo eso decía el correo electrónico que Santiago le envió a Natalia, adjuntándole los capítulos de la novela que no le había compartido. Sabía que su mujer tardaría menos de dos horas en leerlos y que tan pronto lo hiciera recibiría su llamada.

Todo estaba listo para la mudanza. A la mañana siguiente Santiago entregaría el apartamento embargado por el banco. Había acordado con Natalia que “aprovecharían” la coyuntura para darse un respiro y vivir separados durante algunos días: él iría a un diminuto “apartaestudio” en arriendo y ella se mantendría en casa de sus padres, a donde llevarían buena parte del trasteo que no cabía en el otro lugar.

La verdad es que Santiago quería divorciarse. Por supuesto, muchas cosas lo hacían dudar. Y como le pasa a cualquiera que está a punto de decidir un rompimiento, se llenó de esa nostalgia manipuladora en la que prevalecen los buenos recuerdos y se minimizan los malos momentos. Abrió una de las cajas de la mudanza y de allí extrajo el portarretratos de su matrimonio. El vidrio que cubría la foto estaba destruido. Se quedó viendo la sonrisa infinita que Natalia y él tenían en la imagen. Estaba tan feliz cuando la vio caminar hacia el altar con su porte de modelo hermosa y altiva, orgulloso de haber conquistado a semejante mujer imposible que era una realidad para él y que los demás solo podían contemplar. El día que se casó tenía plena certeza sobre el futuro: nada malo podía pasar mientras permaneciera al lado de aquella abogada bella e inteligente, graduada de Harvard, llena de mundo, hija de un influyente concejal bogotano que no solo les había regalado parte del apartamento que estrenarían al día siguiente, sino que también costeó la pomposa ceremonia que embelesó a la familia de Santiago. “Ahí quién lo ve —le dijo a carcajadas una de sus tías, animada por las cantidades de fino güisqui que por primera vez consumía en su vida—. Por ahí dicen que solo hay dos maneras de hacerse rico: una es naciendo en cuna de oro; la otra es casándose con alguien que haya nacido en cuna de oro”.

Aunque ya todo lo había escrito de manera implícita en el libro, no dejaban de sorprenderle las coincidencias entre la historia de sus padres y la de él con Natalia: cómo su madre se casó con un hombre de buena familia que despertaba admiración —y que en algún momento le permitió soñar con una vida mejor—, para luego terminar reducidos a una rutina conflictiva por cuenta de la crisis. Natalia, igual que Alfonso en su adolescencia, fue una niña consentida que no necesitó mover un dedo para tenerlo todo. Cada uno de los trabajos que desempeñó fueron gracias a las influencias de don Raúl y nunca se destacó por nada distinto a su soberbia. En el fondo, su mayor ambición siempre fue la de formar un hogar y a eso se dedicó con entusiasmo durante los primeros meses de vida de Mariana, poniendo en pausa aquella trayectoria profesional hecha a punta de palancas. La roya cayó sobre el país y sobre su familia justo cuando ella quiso retomar sus actividades laborales. En 2018, mientras Colombia sufría un nuevo periodo de recesión que pronto dejaría como saldo más de cuatro millones de desempleados, don Raúl padeció las consecuencias de una fulminante derrota en la elección de Congreso: los sufragios obtenidos, en su primer intento por ser representante a la Cámara, no solo fueron insuficientes para ganar una curul, sino que todos los candidatos de su movimiento se quedaron sin derecho a reembolso por reposición de votos. El padre de Natalia había empeñado su patrimonio y no tuvo cómo recuperarlo; su grupo político —con el respectivo poder burocrático— quedó sepultado para siempre.

Santiago había empezado a escribir el libro nueve meses atrás, justo la noche que vio en su baño una larga tira de papel higiénico que su esposa tomó de un centro comercial. Desde ese día no pudo quitarse la idea de estar conviviendo con la versión femenina del hombre que menos admiraba en el mundo: su padre. Los capítulos no aparecieron al ritmo de recuerdos aislados, sino a la par de cada nueva situación que iba viviendo con Natalia y que le hacían recrear aquellos desesperanzadores días de su adolescencia: el atún que ella compró una noche a falta de plata para cenar algo más elaborado; el miedo de Mariana cuando él rompió el portarretratos en un momento de furia; la conversación de alcoba en la que Natalia le preguntó si le estaba poniendo los cachos con alguna colega del periódico (cosa que era cierta); la inmensa fila que ella hizo en Corferias —en el mismo lugar en el que Alfonso estuvo 30 años atrás— para dejar su hoja de vida y aspirar a uno de cien cargos públicos que ofreció el Gobierno en una convocatoria abierta; los productos cosméticos que su mujer había empezado a vender a través de un sistema multinivel.

El último episodio había ocurrido hace tres semanas, en la reunión anual que hacía la familia de Santiago para jugar al amigo secreto. Mientras sus tías y primos carcajeaban en medio de las acostumbradas burlas, Natalia permaneció aislada y amargada en una esquina. Martha quiso consolarla con palabras similares a las que Santiago empleó años antes para darle ánimo a su padre: “No se preocupe, mija. La esperanza es lo último que se pierde”. La respuesta de Natalia fue casi idéntica a la de Alfonso: “Ay, suegra… la esperanza la perdí hace rato… ahora lo que vamos a perder es el apartamento”.

***

El celular de Santiago sonó hacia la medianoche. Seis horas después de lo previsto. Pero no era Natalia quien llamaba. Santiago suspiró resignado:

—¿Aló?

—Hola, hijo. ¿Qué es lo que está pasando? ¿Cómo así que Natalia se fue con la niña a vivir en la casa de los papás?

—Nos vamos a divorciar —respondió él con naturalidad, entendiendo que su mujer había llamado a su madre después de leer los capítulos.

—Pero… ¿cómo así? ¿Por qué?— insistió Martha confundida.

—Así como lo oyes, mamá. Es una decisión tomada. Voy a vivir solo en el apartamento que te había dicho. Mañana le entrego este al banco.

—No, hijo… no entiendo. Yo sé que la situación está dura, pero tampoco para…

—Mira, esta no es una decisión tomada a la ligera. Simplemente no puedo vivir más con ella. Por favor, agradezco que no te metas. Hablamos luego, ¿vale? Tengo que colgar.

Martha, que conocía muy bien el carácter de su hijo, sabía que era capaz de dejarla hablando sola, de manera que se apresuró a detenerlo:

—Tu papá y yo leímos lo que le mandaste a Natalia.

Santiago se sorprendió. Había calculado que su esposa los llamaría para desahogarse, pero no que les reenviaría la novela. Se quedó mudo y escuchó a Martha en segundo plano, diciéndole a Alfonso “espérame yo hablo sola con él”.

—Natalia me llamó —prosiguió Martha bajando la voz—. Estaba muy afectada. Me dijo que tú ya no la querías, que la despreciabas por estar sin trabajo, que… pues… que el libro que has estado escribiendo es una manera de decirle que le recuerdas a tu papá. Yo tampoco sabía que pensabas todas esas cosas de él y… por cierto, me parece algo injusto. De hecho, tu papá quedó como achantado con todas esas cosas que escribiste.

Santiago se mantuvo en silencio. Su propósito nunca fue ofender a Alfonso. Había empezado a escribir el libro para exorcizar demonios, en una especie de psicoanálisis para entender por qué había resultado tan agresivo y desconsiderado frente a la desgracia de su propia mujer. Con el tiempo comprendió que en realidad se trataba de un ejercicio para descubrir si estaba dispuesto a convivir de nuevo con lo que él consideraba un lastre.

—Supongo que soy muy parecido a ti —dijo Santiago—. Y así como tú no te soportabas a mi papá en esos años… yo… yo simplemente no tolero más a Natalia.

—No, no, no… Hijo… sé que ya hablamos de esto, pero de pronto me malinterpretase. Lo del desempleo fue secundario. Yo tuve esa crisis con tú papá por los cachos que me puso, por nada más. ¿Es que ella te ha hecho algo así o qué?

Santiago no pudo esquivar un pensamiento mezquino: “Ojalá me hubiera sido infiel. Así habría tenido una mejor excusa para separarme sin ser el malo del paseo”.

—No, qué va… —respondió—. Pero… mira… Esto no tiene reversa… Es más… La verdad es que yo sí he estado viendo a alguien… mejor que lo sepas de una vez.

Martha calló por varios segundos.

—No puedo creer que me estés diciendo eso… —dijo ella con marcada decepción, dándose una pausa para dejar a un lado el tono conciliador que había usado al principio—. O sea que no solo eres un cobarde que abandona a su familia cuando más te necesita… Ahora resulta que sacaste lo peor de tu padre.

A Santiago le parecieron cínicas las palabras de Martha.

—No, mamá. Una cosa es poner los cachos porque sí, como lo hizo mi papá, y otra cosa es cuando uno está pasando por un mal momento. Tú misma, en medio de la crisis que tuvieron, terminaste metiéndote con un tipo…

—¡Ni se te ocurra decir una estupidez, Santiago! —gritó Martha, olvidándose de bajar la voz—. Si te refieres al “güevón” que mencionas en el libro, te informo que solo fui a tomarme una cerveza con el pendejo ese. No vengas a justificar tu falta de hombría conmigo. ¡Tú y yo no somos iguales! ¿Te quedó claro? ¡¿Te quedó claro?!

Martha colgó. Santiago se sintió conturbado. Nunca había recibido semejante carga de enojo de su madre. Volvió a dudar de la decisión que iba a tomar. Empezó a caminar en vaivén por la sala, temeroso de equivocarse con el divorcio y aterrado a la vez de perpetuar su infelicidad al lado de una mujer que desestimaba.

El teléfono volvió a sonar. Esta vez sí era Natalia. No contestó. Puso su celular en silencio y prendió un cigarrillo. En su cabeza retumbaban las acusaciones de Martha: “(…) eres un cobarde que abandona a su familia (…) sacaste lo peor de tu padre (…) Tú y yo no somos iguales (…) Tú y yo no somos iguales (…) Tú y yo no somos iguales”. Estaba a punto de colapsar, al borde de expulsar un llanto reprimido, pero no. Se contuvo. De repente entendió que las palabras de Martha lo liberaban: “Yo no soy igual que ella”, pensó con frialdad. Parte de su dilema había estado marcado por la obligación de percibirse tan fuerte y leal como su madre —de acompañar hasta la muerte a su pareja sin importar cuanta desdicha le produjera—, pero ahora podía desentenderse de esa responsabilidad y reconocerse como un cobarde, como un niño asustado que no había dejado de mirar con desconfianza hacia el futuro. Los temores e inseguridades acumuladas en su niñez y en su adolescencia lo habían motivado a casarse por conveniencia. Esos mismos miedos lo excusaban ahora para divorciarse por necesidad.

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El próximo martes, participe en un video-chat con Andrés Gómez Osorio, autor de este blog-novela. Para que no se le olvide, prográmese aquí: http://bit.ly/1dEQqIP

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Si se lo perdió, lea aquí el capítulo anterior:

La esperanza no es lo último que se pierde: es la casa (cap. 15)

Lea aquí el listado de todos los capítulos

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Nota del autor:

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ANDRÉS GÓMEZ OSORIO

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