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Una policía, heroína en las favelas de Río

Una policía, heroína en las favelas de Río

Pricilla de Oliveira pacificó uno de los barrios más peligrosos de Brasil.

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Nunca en una favela de Río de Janeiro (Brasil) se había organizado una fiesta de despedida para un policía. Tampoco habían dicho, con sinceridad, que lo extrañarían. Mucho menos cuando en el pasado de la barriada solo había espacio para las atrocidades del narcotráfico.

Esto cambió cuando la mayor Pricilla de Oliveira, comandante de la Unidad de Policía Pacificadora (UPP) en la favela de Santa Marta donde viven casi 5.000 personas, no tuvo más remedio que partir. Tras el éxito de cinco años de intervención y de un remezón en la Policía, fue llamada hace dos semanas para comandar Rocinha, la segunda favela más extensa del mundo.

Pricilla llegó a Santa Marta con 125 hombres en el 2008, como un experimento para recuperar las favelas, antes de la llegada del Mundial 2014 y los Juegos Olímpicos que se harán en el 2016. La estrategia de choque de los batallones especiales (Bope) o tropas de élite que funcionaban desde 1978 había demostrado ser poco efectiva para acabar con la violencia en el largo plazo.

“Antes, el batallón llegaba, desarticulaba una banda de traficantes y se iba del morro. Nosotros subimos para nunca más bajar. El primer día, (20 de noviembre del 2008) hubo enfrentamientos con los traficantes. Cuando ganamos el control, el Ejército se fue e iniciamos la pacificación”, dijo Pricilla, con su voz gruesa y acento carioca.

En Brasil, las favelas son la máxima expresión de la desigualdad: están en cerros de difícil acceso, no tienen servicios públicos o son deficientes, las casas son de latón y madera, el acceso a la educación es escaso y, en lugar de vías, hay caminos polvorientos y peligrosas escaleras improvisadas.

Meses antes de trabajar en Santa Marta, Pricilla fue secuestrada por extorsionistas. Por horas, los siete agresores la insultaron y le pusieron un arma en la mejilla mientras desocupaban sus tarjetas bancarias.

“Intenté escapar dos veces, pero fallé y cada vez me golpeaban más fuerte. La tercera vez me libré de ellos. No sé qué me hubieran hecho de saber a qué me dedicaba”, relató. Días después, capturó a cinco de los secuestradores, uno se entregó y el otro cayó un año después.

Aún así, la comandante Oliveira resolvió vivir en el morro para evitar el desgaste de subir y bajar a diario, solo para ir a su casa, junto con la gente “de asfalto” –la que vive en zonas bajas de la ciudad y que tiene mayor poder adquisitivo–. “No tenía sentido aguantar el tránsito, así que solo iba a mi casa dos veces por semana”, contó.

Poco a poco, se acercó a los vecinos, hizo que los jóvenes cambiaran el fusil por el fútbol y la cultura, y redujo las muertes violentas de policías en un 42 por ciento. El modelo se replicó no solo en otras favelas de la ciudades sino también en otros municipios del país.

Solo así, la Alcaldía superó un siglo de abandono para hacer obras de infraestructura. Un ejemplo es el del teleférico del Complejo del Alemán, inaugurado en el 2011, tras el paso de la Bope. La UPP se instaló ahí en el 2012.

Oliveira compartió la semana pasada su experiencia en el foro 'Toda bala es perdida', organizado por el periódico EL TIEMPO y la alcaldía de Barranquilla. Ahí, habló de los retos del equilibrio entre ejercer la convivencia y la autoridad en medio de una población que a diario vive la violencia.

Mujer, favela y policía

Pese a la resistencia de su familia, la mayor Oliveira siempre supo que sería de la fuerza pública, pero no como un agente de tránsito en las congestionadas vías de la ciudad, famosa por sus playas y por el Cristo Redentor que extiende sus brazos hacia la favela de Santa Marta.

“Quería ser del Ejército, pero cuando tenía 17 años me abordaron dos policías y me convencieron. Me sorprendió su preocupación por mí, por mi hermano, por la gente”, contó.

Al verla vestida de civil, pocos imaginarían que esta morena de 35 años, 1,70 metros de estatura, caderas anchas y andar cadencioso es una mayor de la Policía capaz de enfrentársele a ladrones y narcotraficantes.

De hecho, sus primeros 12 años de carrera estuvieron marcados por intrusiones en áreas controladas por el narcotráfico, donde el trabajo, día a día, era enfrentarse con los criminales de las favelas, junto a una escuadra de mayoría masculina.

“El solo hecho de ser mujer, en un país como el mío ya es difícil. Todavía más cuando se es policía en estas zonas marginales, pero la institución me respetó y la gente ha hecho lo mismo”, manifestó Pricilla.

Según ella, desde que existen las UPP, el porcentaje de mujeres en la fuerza pública carioca ha pasado del 4 al 8 por ciento. Se sonroja si se le insinúa que esto también tiene que ver con el premio Mujeres de Coraje que la primera dama de Estados Unidos, Michelle Obama, y de la secretaria de Estado, Hillary Clinton, le entregaron el año pasado.

Recuerda que ni Obama ni Clinton consiguieron controlar sus lágrimas al entregarle el galardón. “No pude evitar pensar en mi mamá –cuenta son una risa tímida–. Media hora antes de la ceremonia me habían dicho que ella veía la transmisión desde el consulado”.

No solo las policías luchan por el respeto. Según la ‘ley de la favela’, la mujer que tenga una relación con uno de sus habitantes, deberá tener sus hijos. En muchos casos, esto se repetirá con cada uno de los hombres que pasen por su vida.

Jóvenes y narcotráfico

“La pregunta que más me hacen policías de otras ciudades es: ‘¿Cómo lo lograron?’. La respuesta es fácil: trabajando”, dice Pricilla con una auténtica modestia.

La inquietud no es traída de los cabellos cuando se sabe que en Rocinha, Alemán y Santa Marta han sido los focos de violencia más importantes de Río de Janeiro.

Las favelas nacieron a finales del siglo XIX con la abolición de la esclavitud en Brasil, como zonas pobres en el centro urbano de Río de Janeiro. Su presencia les incomodó a los hacendados, así el primer alcalde de la ciudad, Cándido Barata Ribeiro, impulsó el desplazamiento hacia zonas más altas en las montañas.

Estos barrios se expandieron en la década de los 40 cuando el expresidente Getulio Vargas indujo a los campesinos a desplazarse hacia la ciudad para atender el frenesí de la industrialización.

Se convirtieron en un problema cuando el tráfico de drogas se instaló durante los años 80. Los narcotraficantes aprendieron que la ley es blanda con los menores de edad, así que los usaron para vender cocaína y marihuana, como soplones, e incluso para matar y extorsionar a los moradores.

En este escenario, la lucha de la nueva comandante de la Rocinha es más cultural que policial: “Mi desafío es grande: tengo 120.000 habitantes para conquistar. Si logro hacerlo con 20.000 me daré por bien servida. La ideas es que, en el futuro, un niño de 12 años no sepa qué es un traficante frente a su casa”.

Cuando se pacifica una zona, hay una delgada línea entre el ejercicio de la autoridad y las tareas de convivencia. Los miembros de las UPP tienen armas de dotación, pero antes que balas, usan el diálogo.

“Entendí que no todo favelado es un criminal. Muchos de los que viven ahí lo hacen por falta de oportunidades”, manifiesta Pricilla. El cambio de mentalidad también es a la inversa. Después de los desmanes de varios uniformados en años pasados, a los moradores les tocó aprender que no todo policía abusa de la fuerza o es corrupto.

Poco habla de su relación con los moradores, a pesar de que la mediación la acerca a los pobladores, sin querer. Así fue como se encariñó con una pequeña de 7 años que cuidaba a sus hermanos menores. “Se hacía cargo de todo: hasta sabe hacer pollo asado”, dijo.

Pero Oliveira no puede ocultar el dolor que le producen frases de algunos jóvenes y familias como que “es mejor el tráfico que la policía”. En estas palabras ella solo ve ignorancia: “Han estado tanto tiempo bajo la ley del tráfico que no se dan cuenta de lo que dicen. Es difícil escucharlo”.

NATALIA GÓMEZ CARVAJAL
Redactora de EL TIEMPO

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