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Afrodescendientes

Afrodescendientes

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La III cumbre mundial de alcaldes y mandatarios afrodescendientes cumplió su primera parte en Cali y desarrolla una segunda ronda en Cartagena de Indias. Pero pudo haber tenido su cierre ejemplar en Quibdó, la capital del Chocó, con un 95,3 por ciento de su población afro.

Sabemos que el 88,5 por ciento de la población de Buenaventura es predominantemente negra y que la cifra es duplicada por los más de 600.000 habitantes (el 26,2 por ciento de su población) de Cali. Según cifras del 2005, en el Valle del Cauca vivían 1’100.000 afros, cifra que aumentó en los últimos 7 años debido a las desesperadas migraciones y “unificaciones familiares” desde el litoral pacífico hacia el interior del departamento.

La mayor concentración de afrocolombianos (76 por ciento) se encuentra en las costas del Pacífico y el Caribe. Según el PNUD, “en 50 municipios del país la población afro es mayoritaria”. En el archipiélago de San Andrés, Providencia y Santa Catalina, el 57 por ciento de su población es negra.

Queda por medir, sin embargo, el grado de autorreconocimiento de los afrodescendientes colombianos, que podrían ser muchos más que los registrados en los censos. Remotos temores de origen tal vez colonial, fuerzas irresistibles del instinto de supervivencia social, han impedido responder a la pregunta que se refiere a la identidad étnica del censado.

Una tremenda injusticia histórica pesa aún como lápida sobre los afrodescendientes de Colombia, que representan entre un 16 y un 25 por ciento de la población total del país y que, no obstante, tienen al 80 por ciento de sus comunidades con las necesidades básicas insatisfechas y a un 74 por ciento de esa población con salarios por debajo del mínimo legal.

Cuando algún alcalde “blanco” habla de preferir la “integración” a la acción afirmativa –pagar de manera preferente esta vergonzosa deuda social– no explica en qué modelo de cultura social pretende integrar a los negros. En el mejor de los casos, el racismo inconsciente domina aún el imaginario étnico de las élites blancas y mestizas.

Entre nosotros se da una paradoja: el país blanco y mestizo acepta sin reservas la importancia de la cultura afro en la cotidianidad de todas las clases sociales de Colombia, pero no desactiva con la misma facilidad los comportamientos racistas de su vida diaria. Con mayores dificultades, asumiría la obligación de cambiar el paternalismo de las antiguas élites esclavistas por un sentido reparador de justicia.

Las estadísticas no tocan la sensibilidad de los colombianos como lo hace la cotidianidad: basta acercarse a los guetos de miseria de Quibdó, Buenaventura, Cali, Tumaco o Cartagena para que se nos revuelva el alma. En muchas regiones, las comunidades negras han sido un estorbo para la explotación legal e ilegal de las riquezas naturales y la usurpación de tierras.

Muchos miembros de la clase política que tuvo su origen en comunidades negras se acomodaron al viejo modelo clientelista. Se dejaron arrastrar por la corrupción e hicieron alianzas con organizaciones criminales. Estas les aseguraban el dominio sobre pequeños feudos electorales en sus regiones.

¿Tienen las comunidades afrocolombianas representación en el alto gobierno? Oficina, a lo mejor. Representación, lo dudo. No es por su condición étnica por lo que Alfonso Gómez Méndez y Amylkar Acosta están en el Gobierno. Llegaron gracias al peso de sus respectivas carreras profesionales y a la posición que ocupan en el Partido Liberal.

Óscar Collazos
collazos_oscar@yahoo.es

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