Paz y poesía

Paz y poesía

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17 de septiembre 2013 , 09:51 p.m.

El Zeus de la lírica colombiana, director del nunca bien ponderado Festival de Poesía de Medellín, el mejor del mundo y, además, de la revista Prometeo, valga la paradoja, me cuestiona acerca de nuestro accionar en el actual momento frente a la expectativa de paz. Incluyo en las respuestas el sentido de las preguntas.

No seré yo quien plantee la ‘razón de ser’ de la poesía en general, cuando ni de la personal la tengo muy clara. El profeta Gonzalo Arango, en 1960, hizo una encuesta entre sus discípulos nadaístas, a la manera de André Breton con los suyos surrealistas, acerca de por qué escribía. “Escribo porque soy mecanógrafo y, además, porque tengo máquina de escribir.” La chuzante respuesta era absolutamente certera, así incluyera dos falsedades, pues nunca fui mecanógrafo ni en ese tiempo tenía máquina de escribir. Años después se puso de moda entre los poetas el expresar que la poesía no servía para nada (tal vez por lo escaso en el pago de regalías). En una carta, Jaime Jaramillo Escobar me decía: “No sé cómo quieren los poetas colombianos que los publiquen y los lean si a todos les ha dado por ponerse a repetir que la poesía no sirve para nada. Malos vendedores de su producto, los poetas. Pero la buena poesía sí sirve, y mucho. No solo divierte los domingos a los cansaburridos lectores en el periódico sino que sirve hasta para el dolor de cabeza… La poesía sirve para todo”. Sin embargo, pensábamos que al poeta no tenía por qué solicitársele que hiciera algo útil ni por su país ni por la humanidad, a más de predicar su destrucción como condena de sus propias tropelías, pues cada una de las acciones de la sociedad anónima, si bien analizada, podría considerarse un crimen de lesa humanidad.

Uno de los primeros objetivos en la mira de la insurgencia nadaísta, amén del orden social injusto, la anquilosada literatura nacional, la religión que regía y condenaba los actos, la familia que encadenaba, la academia que embrutecía y el trabajo que dilapidaba las energías requeridas para crear la belleza nueva, fueron el racionalismo y la economía, máximos soportes de lo que suele denominarse “la realidad”. Para despedirnos del racionalismo cartesiano nos apoyamos en el zen: “–¿Qué horas son, hermano? –Las hojas del ciprés están cayendo.” Y en los occidentales hermanos Marx: “En la casa de enseguida hay un tesoro. –Enseguida no hay casa. –Con el dinero del tesoro la construiremos”. No encontramos el tesoro ni construimos la casa. Pero nos encontramos y construimos a nosotros mismos. Y la economía fue lo único que terminó por doblegarnos.

Al culto mundial y mundano por la realidad que llevó a las guerras y al realismo socialista que detestamos como manifestación del arte, a pesar de nuestra simpatía revolucionaria, opusimos la paradoja crucial de Valery: “No hay nada tan bello como lo que no existe”. Y eso que no existe con evidencia es la paz en Colombia. Pero la tenemos a mano. Y, a pesar de que la estén pactando Gobierno y Farc, entidades igualmente siniestras, debemos cruzar los dedos en vez de engatillarlos por que el proceso venza a sus enemigos aun más siniestros. Sería una belleza alcanzar la paz para dedicarnos a escribir sobre tantos años de guerra. Porque reconozcamos que para la literatura la paz, como la felicidad, no es un buen tema.

No deben los poetas plantear al unísono su posición frente al proceso de paz ni frente a ningún proceso, pues el poeta es más individuo sumo que gremio o que sindicato. Ni en el mismo nadaísmo hay consenso, y eso que es la única entidad que ha prevalecido por más de cincuenta años haciéndole la guerra a la guerra y el amor a la paz. Aunque somos tres, estamos divididos en cuatro. Lo que indica que nada se nos escapa.

Jotamario Arbeláez
jmarioster@gmail.com

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