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Peligro técnico

Peligro técnico

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Desde el remoto Sócrates y la secta del perro hasta ayer en los umbrales de la modernidad y hasta hoy, muchos alertaron contra los peligros de la técnica. Y también existieron, cómo no, los optimistas que celebraron el progreso, el aspecto operativo del mundo, que nos permite vivir cada vez más cómodamente y nos dio esta civilización que algunos consideran la mejor en la crónica de la tribu humana.

En tiempos de los jipis, quienes teníamos 20 años llamamos a la fuga de las ciudades, a la comuna campesina contra la esterilidad de la acción y la producción masiva de cosas, muchas superfluas, que distingue el modo de vida que nos rige. Teníamos argumentos para desconfiar de la ciencia y hasta de la razón. Esta, dijimos, había conducido a la humanidad a dos carnicerías formidables, que se prolongaban en la confrontación asesina de dos imperios antagónicos fundados ambos además en el culto del porvenir y el trabajo. Y la ciencia y las tecnologías hacían del planeta a ojos vistas un turbio basurero, un hervidero de conurbaciones confusas agobiadas por la polución.

Recuerdo cómo vinieron a apoyar las suspicacias los niños de la talidomida primero, un compuesto inventado para mitigar los malestares del embarazo en las mujeres que desembocó en el escándalo de un montón de niños nacidos con graves deformaciones. Y más tarde las drogas siquiátricas, que en vez de curarlos provocaban el suicidio de los deprimidos. Y el descubrimiento de que la muerte prematura de neonatos en todas partes era ocasionada por la leche materna envenenada con el DDT, que se esparció por los cinco continentes con la ilusión de erradicar el zancudo.

Fracasada la utopía del jipismo creímos que estábamos condenados a explorar, a avanzar, con la fe puesta en que los fallos inevitables iban a corregirse a la larga. Y que “la razón” recobraría la sensatez. Pero los pánicos de la técnica se agudizan todos los días. Vastas extensiones del mundo son sepultadas bajo los deshechos generados por el confort. Algunos países, por la paga, reciben los de los países ricos, y sus indigentes escarban su sustento en los vertederos desguazando computadores obsoletos, teléfonos celulares caducados, hornos microondas irreparables, el detritus de las delicias ajenas.

Y colapsan Chernobil y Fukushima y se suceden las hecatombes ecológicas de los colosales petroleros rotos en polos y golfos. Mientras los hombres y las mujeres se hacen más vanos, muñecos de paja que se agitan, se emborrachan y se toman fotografías, el progreso multiplica males. Cardiopatías, obesidad, vacío interior, hedonismo barato. Richard Dawkins, el científico británico, plantea dos posibilidades. Una, que por la tecnología la especie logre una perfección sin límites, conquiste las estrellas y venza la muerte. La otra, que fracase, rebasada por la admirable parafernalia de sus creaciones. Como algunos piensan que pasó en la legendaria Atlántida, reseñada por Platón en Critias. Y como en el mito quiché que narra el día cuando hartos del abuso, las piedras de moler, comales, ollas y tenamases se volvieron contra los hombres.

Daniel Samper Pizano, en una columna reciente, denunció los plaguicidas neonicotinoides, que diezman las abejas y las aves. Tal vez por eso las abejas que hace años zumbaban frente a mi casa en los azahares no volvieron con sus tumultuosos violonchelos. Ni las festivas chicharras con su griterío. Ni las bandadas de pericos a la palmera. Ni las luciérnagas, que se hacen guiños de estrellas cuando llega el celo. Aunque, bueno, las abejas y las luciérnagas reaparecieron, pocas pero activas, cuando se pasó al vecindario un joven delincuente. Y digo delincuente, aunque es solo uno que practica la agricultura orgánica y se niega en redondo a usar las semillas manipuladas de Monsanto y a bañar sus tomateras con las porquerías de la industria química moderna, pues la insensatez quiere convertir su resistencia en delito.

Eduardo Escobar

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