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'Nos falta un héroe que no se venda': Mario Mendoza

'Nos falta un héroe que no se venda': Mario Mendoza

El escritor bogotano habla sobre 'Lady masacre', su nueva novela negra.

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Un detective bipolar que vive su propio descenso a los infiernos. Un asesinato y una mujer misteriosa que irrumpe abruptamente en la historia. Estos son los elementos sobre los cuales gira Lady Masacre, la nueva novela de Mario Mendoza (Bogotá, 1964), uno de los escritores con más seguidores en el país. Después de 15 años de haber explorado el género de la novela negra con Scorpio City, Mendoza regresa a un territorio que le resulta fascinante y que le permite transitar por paisajes sórdidos y urbanos en medio de oscuros conflictos emocionales. El autor de Satanás (2002) y Apocalipsis (2011) define al protagonista de su novela como una especie de ángel caído en busca de la verdad.

‘Lady Masacre’ tiene un comienzo más ligero que sus otros textos...

El género tiene ritmos que van de la superficie a lo profundo. Es de escalones. No puedes empezar en la profundidad. El género es el de un ángel caído: alguien que está arriba, donde hay luz y aire y se puede respirar. Lentamente se abre una puerta hacia donde los demás no pueden entrar y este ángel caído empieza el descenso. A lo largo de las páginas tienes que sentir que vas ahondando en la zona oscura, hasta llegar a Lady Masacre, que es el corazón de las tinieblas.

Su personaje es un ser marginal que sin embargo encuentra solidaridad.

Creo cada vez más en la solidaridad que se encuentra en el borde. La novela muestra que sí es posible estar al margen, resistir y, sin embargo, construir una esperanza, una solidaridad, fraternidad, igualdad, discursos de la Revolución Francesa que están pendientes en una sociedad tan déspota y tan injusta como la nuestra.

¿Qué fue lo más complicado de esta historia?

Fui muy cuidadoso cuando el personaje se tropieza con Gabi, ‘Lady Masacre’. Me pareció importante explorar la feminidad de Gabi. El detective jamás dice algo desobligante sobre ella, aunque debería estar en la cárcel. Hay una diferencia entre la justicia y la ley.

Queda cierta sensación de injusticia...

Queda una sensación de catarsis, no quedamos con la claridad de que la sociedad se ha estructurado y el bien está en su sitio. En el género neopoliciaco esto es confuso: no hay bien ni mal, no hay purificaciones en el sentido tradicional, porque no sabemos dónde están los buenos y los malos.

¿Fue esa la primera idea?

La primera idea fue Gabi, lo que rompe la cuadrícula.

Aparece muy al final...

Porque la novela policiaca tiene algo muy erótico: no porque nombre el cuerpo, sino porque su ritmo es el del sexo: algo que va en crescendo hacia el orgasmo o la eyaculación final; el secreto se reserva para un estallido final. Entonces, ponerlo al comienzo sería como una eyaculación precoz. Gabi funciona como el secreto escondido detrás de la desnudez. El ritmo policiaco es como la seducción. La lectura policiaca es ir hacia el misterio, hacia un tesoro que se está guardando y que es la información fina.

¿Había alguna premisa por transmitir desde la historia?

La idea era bajar a la profundidad de la sociedad, navegar por las cloacas e intentar iluminar esa parte donde nadie ha encendido un foco. Se parece a una sesión de psicoanálisis: uno entra arrogante, diciendo: “¿Qué hago aquí? No estoy loco”. Y lentamente entiende que hay algo de sí mismo que desconoce, que repite y comete los mismos errores y entiende que ha sufrido porque no tiene ni idea de qué fuerzas lo atraviesan. Ese desconocimiento puede costar una vida entera en un pantano. Lo policiaco tiene ese ritmo de psicoanálisis: estás arriba y hay que ir al inconsciente, bajar hasta desenredar la trama. Queremos llevar vidas maravillosas; muchos no han podido, están extraviados. La distancia que hay entre la vida que quieres llevar y la que puedes se llama inconsciente. Y la novela policiaca es un descenso al inconsciente colectivo. Por eso es chévere que no se ajuste al concepto de justicia, porque no se trata de meter al asesino en la cárcel e irnos a dormir tranquilos.

¿Quería hacer un psicoanálisis del país?

Se trata de dar con algo que desconocemos; ahí va todo un país, una clase política mañosa, gente que ha prestado sus fincas para cometer masacres, asesinos y delincuentes de cuello blanco que han sido partícipes y cómplices de buena parte del dolor de este país y gente que con las uñas intenta descifrar verdades macabras.

¿Por qué con esa realidad no tenemos más novelas policiacas?

Una realidad tan negra como la nuestra debería tener más novela negra, me sorprende que Colombia no tenga la tradición de México o Argentina. Existe un movimiento cultural muy conservador, hay cosas que los artistas no pueden tocar: el cuerpo y algunos temas políticos. En otros países, en cambio, se les exige a los artistas navegar por aguas oscuras por las que no puede navegar la prensa. Pero hay atisbos de novela negra en Colombia.

Las historias que se cuentan, incluso en TV, vuelven héroes a los bandidos. ¿No faltaría valorar a los mismos investigadores policiacos reales?

Con mayor razón. Estamos faltos de un héroe, de una persona inmaculada que no tenga precio. Frank Molina es un tipo en el infierno: lo botaron, tiene pésima reputación, es alcohólico y bipolar, no encaja como un “buen chico”; sin embargo, sabemos desde la primera página que no hay cómo comprarlo.

‘La desobediencia es una virtud’

Usted pinta un asesinato como algo bello...

Como una historia de amor. El establecimiento enseña a mirar de cierta forma, a veces demasiado chata. Hay que tener cuidado con eso. La desobediencia es una virtud, aunque le enseñen en el colegio lo contrario. Creo que la gente que está en el borde, la que no encaja o no lo logra, tiene una perspectiva muy lúcida.

LILIANA MARTÍNEZ POLO
Cultura y entretenimiento

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