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Pocos parques, muchos vándalos

Pocos parques, muchos vándalos

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Como lo presenta EL TIEMPO en su edición del 11 de septiembre, el proyecto del denominado ‘Parque Bicentenario’, después del descalabro anterior en el que se botó a la basura más de treinta y tres mil millones de pesos, y se le infligieron graves heridas al parque de la Independencia, promete reinventar el centro, según el título con que este diario encabeza la noticia.

La infografía que acompaña al texto hace soñar en un nuevo panorama para ese sector tan especial que va del parque Nacional a la calle 24; pero hasta no ver no creer. En Colombia la costumbre ha sido que nos prometen oro y a la hora de la verdad nos dan morralla.

Bogotá es una ciudad con escasos parques, si la comparamos con los que tienen, no digamos las capitales de Europa, sino ciudades latinoamericanas. Buenos Aires, Santiago, Lima, por ejemplo. El centro de nuestra ciudad solo dispone de dos pequeños pulmones: el parque Nacional y el de la Independencia, ambos mutilados en su extensión original y reducidos al espacio mínimo que hoy les conocemos. No se les puede considerar parques, aunque les demos ese nombre, al de Las Nieves, al de Santander, ni a la plaza de Bolívar.

Para “reinventar el centro” se necesita un tercer parque, en un sitio estratégico. Ninguno mejor que el lote ubicado entre calles 19 y 18 y carreras 7ª y 8ª. Entiendo que la administración Petro contempla la posibilidad de hacerlo. Si así fuera, le daría una transformación total al centro histórico. Ojalá el doctor Petro alcance a dejarle a la capital, puestas en marcha, las obras del parque de la calle 19 y del tranvía eléctrico por la carrera 7ª.

Bogotá necesita parques por todas partes, parques urbanos, de barrio, y grandes parques recreacionales como el Simón Bolívar. Y llenar sus calles de árboles que le den un buen sombrío y que son los filtros óptimos para depurar el ambiente de la contaminación constante que le ocasionan los diversos aerosoles.

No obstante, la realización de las obras que la ciudad requiere para funcionar como una urbe que sobrepasa los diez millones de habitantes, tropieza una y otra vez con la acción incansable de los vándalos de diferentes estratos. La legión de vándalos que pulula en la capital de Colombia hace que los costos de administrar al Distrito Capital se quintupliquen. No hay tapa de alcantarilla que no se roben, ni caneca pública de la basura que no destruyan, ni señal de transito que no desaparezcan, ni arbolito recién sembrado que no arranquen de cuajo, ni patrimonio arquitectónico que no arrasen o afeen, como es el caso de cierta ‘universidad’ de la calle 37 con 7ª. Y así con todos los bienes públicos.

El peor vándalo es la indiferencia de la ciudadanía frente al deterioro que sufre su ciudad a manos de los depredadores. Nadie protesta, nadie denuncia, a nadie le importa. Hay leyes o disposiciones que sancionan los actos vandálicos contra la propiedad pública, y que no se cumplen porque las autoridades no las hacen cumplir.

Mientras persista el vandalismo, los esfuerzos por darle a Bogotá una cara amable fracasarán. Las campañas de la prensa para denunciar los hechos vandálicos, las de la administración para perseguir a los vándalos serán inocuas si no están sustentadas en una educación cívica que inculque en los niños el respeto y el amor por la ciudad en que viven. Y por supuesto, en una gran reforma social que elimine las causas primarias del vandalismo: pobreza, falta de oportunidades, escasez de perspectivas.

Cuando Bogotá tenga muchos parques y ningún vándalo, habremos logrado la ciudad paraíso.

¿Por qué Bicentenario?

No está claro si en la calle 26 con 7ª. habrá dos parques. El antiguo de la Independencia y el nuevo del Bicentenario. O si serán un solo parque, al que se le elimina su nombre original y se le sustituye por el de Bicentenario. En el último caso se comete un tremendo error, en mi opinión. Se cambia un nombre con un significado claro y preciso, Independencia, por uno sin contenido, Bicentenario. Mientras que el primero nos recuerda que somos una nación independiente (al menos en teoría), el segundo no dice nada. Un bicentenario puede serlo de cualquier cosa. Del paso del cometa Halley, de la invención de la arepa. O de los doscientos años del grito de Independencia. Ahí está el quid. Lo que se festeja es la Independencia, y ese debe seguir siendo el nombre que se le dio al parque cuando cumplimos el primer centenario de la Independencia. Parque de la Independencia.

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