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Nunca es tarde

Nunca es tarde

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Anoche, en un cine de Bogotá, por fin pude ver Buscando a Sugar Man, el documental de Malik Bendjelloul sobre Sixto Díaz Rodríguez, o Jesús Rodríguez, o Rodríguez a secas. Un genio, un desconocido. Lo vi tarde, no solo en la noche sino en el tiempo, con más de un año de retraso desde que me hablaron de él. Pero de eso se trataba también, eso enseña al final la película: que en el fondo nunca es tarde, jamás, que las cosas son cuando deben ser. Ni antes ni después.

Sixto Díaz Rodríguez es un músico de origen mexicano nacido en Detroit, de clase obrera. Acostumbrado desde niño a los rigores y miserias de la vida industrial en esa ciudad que, como tantas de los Estados Unidos durante el siglo XX, era un hervidero de marginación y de rudeza en medio del progreso y la opulencia. Bajo esos puentes de metal malvivían como hormigas toda clase de víctimas del sueño americano: los hispanos, los irlandeses, los chinos, los negros evadidos de alguna plantación en el sur.

Esa es la vida que le tocó en suerte o en desgracia (o las dos, como siempre) a Rodríguez. Por eso, para hablar de ella y conjurarla, empezó a cantar en bares de mala muerte. Dándole la espalda al público, con una inquietante serenidad; como si no estuviera allí. Pero sus letras y su música eran tan fuertes, su voz era tan bella, tan profunda, que un par de productores fueron a oírlo y quedaron maravillados. Entre el humo y la cerveza ni Bob Dylan era más grande.

En 1970 Rodríguez grabó su primer álbum, Cold Fact. Ya en 1967 había hecho un sencillo bajo el seudónimo de ‘Rod Riguez’: I’ll Slip Away, me escaparé. En 1971 grabó un segundo álbum, Coming from Reality. Pero nada pasó. Sin saberse cómo ni por qué (ni siquiera importa), uno de los mejores cantautores del rock en toda su historia, quizá, vendió en su país poquísimos discos. En el sello discográfico le cancelaron el contrato. Él se fue a pegar ladrillos, y a quitarlos. Solo en Australia a finales de los 70 tuvo algún éxito.

Así, al parecer, siguió viviendo Sixto Rodríguez su vida: en la pobreza, como albañil, atizando el fuego de la casa en que estuviera o lo sorprendiera la noche. Caminando por el centro de la ciudad, sonriente. Lo que él no sabía es que mientras tanto en Sudáfrica se había vuelto una estrella y un héroe, y que allá sus canciones eran himnos multitudinarios contra el apartheid. ¿Cómo, por qué? Bueno: pues hay que ver la película porque esa es la historia que cuenta. Y además la cuenta muy bien.

Podría pensarse que se trata de una tragedia, pero eso es lo mejor de todo: que no lo es, que nunca lo fue. Y eso es también lo que más conmueve de Rodríguez: su sabiduría y su felicidad, la aceptación del destino que le tocó en suerte y en desgracia. Como si la pobreza y el anonimato hubieran sido un premio para él, y sí; como si ese hubiera sido el precio justo por haber vivido su vida. También Diógenes el Cínico, según la famosa anécdota, le dijo a Alejandro Magno que se corriera, que solo quería el sol, cuando el emperador se le paró en frente a preguntarle qué necesitaba de él.

Anoche, viendo la película, no pude dejar de pensar en Syd Barrett, el genio fundador de Pink Floyd. Su carrera discográfica coincide de manera casi exacta, si así puede decirse, con la de Rodríguez, del 67 al 71. Devorado por la fama y la locura, Syd no pudo más y se fue a cuidar de su jardín. Destinos contrapuestos, la misma suerte. De espaldas. Nada explica al arte, ninguna fórmula lo garantiza. Cada quien dice lo que tiene que decir cuando lo tiene que decir, ni antes ni después.

Hay un video de Rodríguez en un concierto en Pretoria. Le dice con ironía a su público: “Por favor, trátenme como a una leyenda normal”. Ninguna lo es.

catuloelperro@hotmail.com

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