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Editorial: La muerte en dos ruedas

Editorial: La muerte en dos ruedas

Por diferentes razones, que pasan por el crecimiento de la economía, una mayor facilidad para acceder a créditos y la apertura de canales comerciales con países como China, en Colombia se está experimentando un auge sin precedentes del uso de las motocicletas. Cerca de 580.000 vehículos de este tipo fueron matriculados el año pasado, 10,73 por ciento más con respecto al 2011. Valga decir que entre el 2010 y el 2011 este indicador creció en 40 por ciento.

Miles de colombianos han visto, pues, cómo mejora su calidad de vida gracias a la reducción de sus tiempos de desplazamiento o a los ingresos que reciben por utilizarlas como herramienta de trabajo.

Pero esta historia tiene también su faceta negativa, que se resume en la recurrente postal de un automóvil detenido y uno de estos vehículos de dos ruedas volteado en el pavimento, muchas veces con una ambulancia que socorre a quien lo conducía y a su acompañante, cuando no al peatón atropellado por aquel.

Las cifras dibujan un panorama crítico: mientras en el mundo la proporción de accidentes con motos involucradas es, en promedio, del 23 por ciento, en el país es del 44 por ciento. Este año ya han fallecido 1.594 motociclistas, esto es, uno cada 3 horas y media, como lo reveló ayer este diario. Para dimensionar la gravedad del problema, ya considerado de salud pública, hay que mirar la región. Un estudio de la Organización Mundial de la Salud y la Organización Panamericana de la Salud informó la semana pasada que somos el país con la mortalidad más alta de motociclistas de toda América Latina: 3,6 por cada 100.000 habitantes.

Son cifras irrebatibles, de las que se concluye que algo se está haciendo mal. El Estado se ha quedado corto respecto a las implicaciones de este boom. No ha sido capaz de controlar los factores de riesgo que un auge así arrastra.

Es hora de hacer un riguroso examen de todo el andamiaje institucional. Comenzar por poner la lupa sobre la capacitación de los nuevos propietarios, que la misma Policía reconoce como deficiente. Y esto cuando, en efecto, tiene lugar, pues son frecuentes las denuncias sobre ofertas de inescrupulosos que facilitan pases por la vía rápida. Urge, igualmente, una supervisión mucho más férrea de quienes efectúan las revisiones mecánicas y establecer estándares mínimos de calidad de los cascos para que salgan del mercado aquellos que los expertos comparan con cáscaras de huevo.

No salen bien parados los encargados de hacer cumplir las normas, aspecto donde las deficiencias comienzan por la insuficiente señalización de buena parte de las vías. De igual forma, no se entiende por qué algunas cámaras no detectan las infracciones de estos vehículos, ni qué justifica, como se denunció ayer, que en el trabajo diario de la Policía de Tránsito se establezcan prioridades, que implican hacer la vista gorda ante las irregularidades de los motociclistas. Todo esto les envía el funesto mensaje de que saltarse el código de tránsito no representa mayores costos.

Las motos llegaron para quedarse. Así generen resistencia en varios sectores, hay que aceptar que su presencia en las vías será masiva. Lo sensato es, pues, con normas fuertes, pero también con pedagogía, lograr que todos puedan convivir. Es hora de mirar casos exitosos de otros países e imitarlos sin demora y, sobre todo, de que las medidas no se queden en el papel. Nada justifica que un símbolo de progreso termine siendo fuente de dramas y tragedias.

editorial@eltiempo.com.co

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