Las tormentas familiares de Tomás González

Las tormentas familiares de Tomás González

'Temporal' es la nueva novela del escritor antioqueño, que llega esta semana a las librerías.

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06 de septiembre 2013 , 09:04 p. m.

“Los cangrejos corrían despavoridos por la arena muy blanca del golfo, como si se estuviera anunciando el Juicio Final y buscaran sus agujeros para escapar de Dios”.

Todo presagiaba el temporal. En esa única palabra, que da título a su nueva novela, el escritor antioqueño Tomás González encierra todo un universo. El amor y el odio, la tensión y la esperanza. En últimas, el intrincado cosmos que simbolizan las relaciones familiares.

González regresa al mar, tan presente en su vida y en su obra, a una playa en inmediaciones de Tolú, en el departamento de Sucre, en donde una tormenta, que se divisa en el horizonte, vaticina la ‘tormenta’ afectiva que vivirán los miembros de una familia de pescadores, que además atiende un hotelito de pequeñas cabañas, típico de estas zonas caribeñas.

Un padre paisa orgulloso y machista, que se va a la Costa en busca de mejor suerte; Nora, una madre loca que oye voces todo el día, y sus hijos mellizos, Mario y Javier, quienes ayudan en la pesca y cuidado de los turistas, son los protagonistas de la trama, que se crece con una polifonía de personajes, encarnados en uno solo: ‘El turista’, que de seguro le resultará familiar a más de un agudo conocedor del conjunto de la obra del autor de La luz difícil, Primero estaba el mar y La historia de Horacio, entre otros.

A partir de allí, Tomás González concibe un entretejido complejo, pero que siempre parece acariciar al lector, hasta en los momentos de mayor tensión del relato, con un dominio impecable del lenguaje, que ratifica lo que hasta hace pocos años se rumoraba en los corrillos literarios: que González era “el secreto mejor guardado de la literatura colombiana” de los últimos años.

EL TIEMPO logró ubicar al autor antioqueño, precisamente en alguna playa perdida del parque Tayrona, en donde se refugia y se recarga frente al mar, ese polo a tierra de su vida, presagiando –como su novela– el temporal que, muy seguramente, él vislumbra para los próximos días, cuando inicie la promoción de su libro, en la Fiesta del Libro de Medellín, que arranca el próximo viernes.

Las tensiones familiares entre padres e hijos son, quizás, uno de los traumas que marcan a todos los seres humanos. En especial, aquellas atravesadas por el odio. ¿Era este un tema pendiente que tenía? ¿Tiene origen en algún hecho autobiográfico que lo marcó?

Mi relación con mi papá no fue fácil. No fue de odio, pero a veces se acercaba al odio e incluso hubo momentos en que llegué a desearle la muerte. Me atrevería a decir que la mayoría de los hijos hombres han sentido eso mismo por el padre. Ahora bien, los novelistas amplifican los sentimientos propios, les dan toda la dimensión que en determinadas circunstancias podrían adquirir, y así forman las historias. Además tienen la posibilidad de estudiar esos sentimientos en otras personas –en este caso el odio hacia el padre– y utilizar toda esa información para darles vida a sus personajes.

Mientras que ‘La luz difícil’ está atravesada por el dolor, esta nueva novela está dominada por el odio. ¿Podría decirse que ‘Temporal’ y ‘La luz difícil’ son un ejercicio literario de opuestos? ¿Lo tenía pensado así desde que concibió ambos libros?

Es odio-amor, no solamente odio. Me parece importante tener eso en cuenta, para entender la complejidad de estas relaciones. En todo caso las dos novelas venían dándome vueltas en la cabeza desde hacía mucho tiempo. Siguieron un proceso de desarrollo paralelo, en el sentido de que maduraron al mismo tiempo, pero nunca las pensé como ejercicio literario de opuestos. Simplemente se gestaron al mismo tiempo y, siendo eso así, era inevitable que se diera cierto tipo de vínculo entre ellas.

¿Qué simboliza el mar en su vida, tan presente a lo largo de su trayectoria literaria?

El mar ha estado en mi vida desde que tengo siete años, cuando mi familia compró una casita de pescadores frente al mar en el golfo de Morrosquillo, no lejos de donde sucede la historia de Temporal. Allí pasábamos todas las vacaciones, es decir, dos o tres meses al año. Cada cierto tiempo regreso al golfo y me quedo allí unos días en alguno de esos hotelitos que hay entre Tolú y Coveñas. Y cuando viví en Nueva York iba a Coney Island o a Staten Island por lo menos dos veces por semana. Mis paseos en el ferry de Staten Island duraban horas: iba y venía en el barco de una isla a la otra, tomando cerveza y mirando las gaviotas y los rizos del agua. En mis historias en las que aparece el mar, el contraste que se establece es el de la fugacidad de las pequeñísimas tragedias y alegrías humanas, que son justamente como esos rizos, con la indiferente permanencia del agua.

¿Cuál fue el principal desafío para alcanzar la tensión narrativa que logra a lo largo del relato? En una tensión unida, tan solo, por un delgado hilo a punto de reventarse.

Esta pregunta empata con la respuesta anterior. En la novela, la tormenta humana que se vive en la pequeña lancha está contenida dentro de la tormenta de la Naturaleza, y esta, la tormenta de la Naturaleza, termina por resolverse en la indiferencia del mar, que al final se queda otra vez en calma. Unas fluctuaciones se mueven dentro de otras y todo está metido en la eternidad, que es estable y siempre igual a sí misma. En ese marco se mueve la lancha, con el padre y los hijos siempre al borde de la destrucción.

Resulta interesante también la manera como logró articular esa tensión narrativa con el tiempo en el que transcurre la historia (un poco más de un día). Siento que este fue otro reto interesante. ¿Cómo llegó a definir que la historia tenía que transcurrir en ese lapso?

Yo creo que solo hay la luz y la oscuridad. Un solo día y una sola noche. Y pienso que cuando uno recorre esas veinticuatro horas recorre todo lo que ha existido y existirá. Las dos horas de más las necesité para esa especie de epílogo, cuando el padre bautiza al niño en la playa y se menciona la fugacidad de las tormentas.

Es inevitable no preguntarle si no hay implícito en este manejo del tiempo un guiño o un homenaje a James Joyce.

Solo ahora que lo mencionas caigo en cuenta de eso. Siempre admiré esas 24 horas de Joyce, donde supo mostrar, con la gracia de su genio, el Universo entero. Pero mi novela no fue un homenaje premeditado. Fue el mejor de los homenajes, es decir el que se hace sin uno darse cuenta.

Quedé con el sentimiento, al terminar la novela, de que la idea de lo ‘premonitorio’ fue algo con lo que usted también quería jugar, y que también pudo convertirse en otro reto, a la hora de contar la historia, apoyándose tanto en la tensión de la trama como en ciertos personajes, en los que recae esta responsabilidad. ¿Fue este otro de sus propósitos narrativos?

“Jugar” es la palabra. Yo quería jugar con las posibilidades de una profecía. La premonición aparece con toda la fuerza de las premoniciones, pero no se cumple al pie de la letra, ni con la exactitud matemática de las tragedias. Yo quería reconocer el poder de las premoniciones y de las profecías, pero también expresar lo imprevisible de la realidad.

Otra de las piezas claves en el engranaje del relato fue alcanzar la solidez y la fuerza de la polifonía de las voces. Algo que, quizás, uno como lector siente natural, pero que al escarbar entre los pliegues de la novela encuentra que no debió ser fácil. ¿Cómo suele trabajar usted la estructura de las voces y su polifonía, a la hora de sentarse a escribir?

Lo más difícil fue establecer ese personaje colectivo que es ‘El turista’ y que funciona un poco como el coro de las tragedias. La voz de la abuela de Ituango, toda ampollada por el sol del Morrosquillo, tenía que fundirse con la del pensionado solitario que vive en la casa de huéspedes que manejan unas viejitas en la plazuela de San Ignacio, en Medellín, y esa con la del niño del barrio Antioquia, y entre todas formar el coro. Con las voces del papá, de Nora y de los dos hijos el asunto fue más fácil, pues el trabajo consistió en esperar hasta “oírlos” hablar, y dejar entonces que siguieran hablando.

Finalmente, el arte, en especial la pintura es una disciplina a la que usted siempre rinde homenaje a todo lo largo de su obra. ¿Por qué le llama tanto la atención la pintura? ¿Le hubiera gustado haber sido pintor, si no se hubiera dedicado a la escritura?

De haber tenido la habilidad, me habría dedicado a la pintura, es cierto. Pero soy torpe con las manos. Las imágenes pictóricas me sirven para definir los bordes de las historias que estoy contando. En esta novela la pintura es la de un padre y sus dos hijos metidos en una lancha que está al borde de la aniquilación. Los tres se mueven en el filo del abismo de la tormenta, y la tormenta es la de ellos mismos y la de la Naturaleza, que se funden en un mismo y único temporal.

CARLOS RESTREPO
CULTURA Y ENTRETENIMIENTO

 

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