Eduardo Santos, de periodista a cogestor de la república liberal

Eduardo Santos, de periodista a cogestor de la república liberal

Enrique Santos hace una semblanza del expresidente, a propósito de los 125 años de su nacimiento.

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06 de septiembre 2013 , 07:36 p.m.

Cuando Eduardo Santos, joven funcionario, director del Archivo de Relaciones Exteriores, compró EL TIEMPO, en 1913, escribió en una nota editorial que, como lo enseñaba su modelo, el dueño de The Times de Londres, Lord Alfred Northcliffe, los periodistas tenían que consagrarse por entero a su oficio, y que él, nuevo director-propietario de EL TIEMPO, no aspiraba a ser sino “periodista, y nada más que periodista”.

No a menudo las cosas resultan como uno se las propone. Eduardo Santos fue, ante todo, periodista. Sin embargo, no resistió la tentación de la política.

Cumplida la hazaña de elevar su diario de un modesto papel de cuatro páginas con ochocientos ejemplares de circulación, en competencia con el poderoso matutino conservador El Nuevo Tiempo que tiraba quince mil ejemplares, a un rotativo con veinte mil ejemplares, y hacerlo en tan solo diez años el más influyente de los periódicos nacionales, encontró en su hermano Enrique (el mejor periodista de su época), a la persona que podría encargarse de la jefatura de redacción de EL TIEMPO, clausuró su etapa de periodista republicano (por el partido de ese nombre), retornó al liberalismo y ganó un escaño en el Concejo de Bogotá por el Partido Liberal. En sus oficinas del periódico, ubicadas en la calle 14 (hoy calle 12C) entre carreras séptima y sexta, diagonal al Colegio del Rosario, el doctor Santos organizó unas tertulias políticas que reunieron a la plana mayor del liberalismo, a intelectuales y distintos profesionales, y también a muchos conservadores. (Siga este enlace para leer: Los principios que defiende EL TIEMPO, un legado de Eduardo Santos)

¿Bogotá o Tunja?

Eduardo Santos había nacido en Tunja (reza su partida de bautismo, reproducida en el libro de Gustavo Mateus Cortés Eduardo Santos, aproximación genealógica y entorno afectivo) el 28 de agosto de 1888.

Aunque él sostuvo siempre que nació en Bogotá en el barrio de La Candelaria, calle de la Esperanza (calle 10), unas casas arriba de la de los Cuervo, sede actual del benemérito Instituto Caro y Cuervo, no aparecen en los archivos de La Catedral, donde se bautizaba a los nacidos en esa parroquia, sino las partidas de bautizo de los tres hermanos mayores de Eduardo (Hernando, Guillermo y Enrique) y la de su hermano menor (Gustavo). No la de Eduardo, que, efectivamente, como lo indica Mateus Cortés, se encuentra en la ciudad de Tunja.

Eduardo Santos nació del matrimonio del doctor Francisco Santos Galvis, santandereano, de Coromoro, con doña Leopoldina Montejo Camero, boyacense, de Tunja.

Quedó huérfano de padre a los 12 años en 1900. A los veinte obtuvo su título de doctor en Derecho y Ciencias Políticas, el 9 de julio de 1908, en la Universidad Nacional, con las más altas calificaciones: cinco sobre cinco en todas las materias y en el examen final. Su tesis fue laureada suma cum laude.

Inició su actividad periodística en La Revista, que codirigió con su amigo y maestro, el escritor don Tomás Rueda Vargas (1909).

En compañía de su madre viajó a París al año siguiente, a perfeccionar el francés, idioma que dominaba desde los 10 años, y a conocer a fondo el funcionamiento de las instituciones políticas de Francia, de Inglaterra y de Europa.

Sobre ello escribió, primero para la Gaceta Republicana, de Enrique Olaya Herrera, y después para EL TIEMPO, artículos analíticos que captaron la atención de los políticos veteranos de Bogotá.

Nacimiento de EL TIEMPO

El nombre de Eduardo Santos comenzó a sobresalir como el de una de las figuras prominentes de la nueva generación que nacía a la vida pública. La generación del Centenario.

En 1917, Eduardo Santos contrajo matrimonio con Lorencita Villegas Restrepo, hermana de Alfonso, el fundador de EL TIEMPO

Si bien Eduardo Santos durante la década de los veinte hizo de EL TIEMPO el abanderado de la reconquista del poder para el Partido Liberal, se esmeró, de consuno con su hermano Enrique, por evitar que el periódico se circunscribiera a ser vocero de un partido o de una ideología, y lo mantuvieron como un diario nacional, informativo, leído por colombianos de todas las corrientes políticas, que daba acogida en sus páginas a todas las opiniones y a las diferentes tendencias culturales.

La vida política y periodística de Eduardo Santos estuvo a punto de hundirse a raíz del accidente trágico en el que su pequeña y única hija, Clarita, perdió la vida (1926). Abrumado por el dolor, el matrimonio Santos Villegas abandonó el país.

Su alejamiento del país y su retorno

Por los siguientes años, Eduardo Santos se mantuvo alejado de Colombia, de la política, del periódico y de cualquier actividad pública.

Su hermano Enrique asumió entonces la orientación total de EL TIEMPO, hasta el año 1929, en que viajó a París para convencer al doctor Santos de la necesidad de su presencia en Bogotá, en la hora decisiva de la contienda para ganar las elecciones presidenciales de 1930.

La sagacidad política de Eduardo Santos, su inspirada oratoria, y su conocimiento cabal del país eran indispensables en ese momento capital que antecede a los grandes cambios históricos.

Con el concurso de Eduardo Santos, que limó las asperezas entre Alfonso López y Olaya Herrera, se postuló la candidatura de Olaya a nombre de la Concentración Nacional, un artilugio inventado por el candidato liberal para afianzar el apoyo que le brindaban los conservadores llamados de izquierda, comandados por Laureano Gómez.

Así, el liberalismo recuperó el poder después de treinta años, y dio principio a la República Liberal, de la que Eduardo Santos sería luego el tercer presidente (1938-1942)

La vida agitada de Eduardo Santos está llena de tantos episodios, y se confunde de tal manera con la vida colombiana en el siglo XX, que relatarla en detalle exigiría uno o dos gruesos volúmenes. Estos son esbozos de aspectos no muy conocidos de su trajinar periodístico y político, para recordarlo al cumplirse los 125 años de su nacimiento.

Sí hay que añadir que, como republicano o como liberal, como miembro del gobierno o de la oposición, su norma de conducta fue invariablemente la de un demócrata que no cedía un milímetro en sus principios de respeto a la dignidad humana y a la defensa de las libertades ciudadanas.

Con ese talante, al concluir en 1960 el nuevo edificio de EL TIEMPO, en la avenida Jiménez con séptima (edificio que fue inaugurado en 1961 para festejar los cincuenta años de existencia del periódico), mandó labrar, en las paredes del hall de entrada, el texto completo de la Declaración Universal de los Derechos Humanos proclamada por las Naciones Unidas en 1948, y en cuya redacción fue uno de los partícipes.

ENRIQUE SANTOS MOLANO
ESPECIAL PARA EL TIEMPO

 

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