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¡Colombia destrozó la historia!

¡Colombia destrozó la historia!

Esta es una historia de amor en la que un eterno aspirante a la graduación no sólo pasó el examen, sino que alcanzó el título con los máximos honores. Así se va Colombia para el Campeonato Mundial de Estados Unidos-94. Un final feliz que abre un sendero histórico en el fútbol colombiano por esta fenomenal goleada de 5-0 sobre Argentina para no dejar, definitivamente, ninguna duda por esta evolución de la que tanto se pondera en el mundo.

Las lágrimas se confunden con el sudor. Todos los jugadores colombianos, titulares y suplentes, se unen en el centro del campo y festejan. No es para menos, porque es un triunfo en su propia casa, una goleada de inmensas proporciones. (Vea aquí la portada de EL TIEMPO del 6 de septiembre de 1996).

Por eso, hay que empezar con la alineación para se instale en la memoria para siempre: Córdoba; Herrera, Perea, Mendoza y Pérez; Rincón, Gómez, Álvarez y Valderrama; Asprilla y Valencia.

Y repase los goles para que nunca se le olviden: Rincón, minuto 41 del primer tiempo; Asprilla, 5 del complemento; Rincón, 28; Asprilla, 30 y Valencia, 39. Para uno que se coloca a distancia la camiseta nacional, todos son golazos. Y lo fueron desprovistos de ese sentimiento.

Un juego que rayó en la perfección. Descuéntenle el margen de error natural, porque estamos entre humanos. Todo lo que hizo Colombia fue para recordar las más entrañables raíces del fútbol: toque, lujo, pase corto, cambio de frente, explosión atacante, sorpresa en la mitad del campo.

Y todo lo que hizo Argentina, le salió mal. Un conjunto que de colectivo lució apenas el nombre, porque jamás se encontraron en la cancha, no hubo liderazgo, ningún orden y terminó como un disminuido sparring de peso mosca enfrentado a un peso pesado.

Todo se fabricó con base en la tranquilidad, con plena confianza de las convicciones futbolísticas, en la concentración que lució cada uno de los protagonistas, frente a una escuadra sin alma, con cierto temperamento, pero sin la debida organización para atacar.

Y cuando se fue al frente a exponer su temperamento, a tratar de acorralar al enemigo, terminó suicidándose. No bastó el grito, la grosería de Ruggeri, tampoco el empuje de Batistuta, ni los toques de Redondo.

El aliento de la tribuna, además, se diluyó con el ritmo de los goles y se convirtió en un boomerang para los argentinos, porque el público terminó por cambiarse ante la frenética exposición futbolística.

Colombia se instaló con la defensa en línea, tres volantes por delante: Rincón, Gómez y Leonel, dos hombres sueltos que iban y venían: Valderrama y Asprilla y un punta de lanza que en el primer amague le dijo a todos que estaba para grandes cosas, de aquellos que meten susto y nerviosismo: Valencia.

Y mientras Argentina pedía claridad con el paso de los minutos, Colombia crecía con ese cálculo que siempre inspira al Pibe Valderrama o el tranco enorme de Freddy Rincón. Ni en fuerza, ni en fútbol nos podían superar.

Por eso, siempre fue evidente y se dijo: la cuestión es aguantar el chaparrón porque en fútbol nosotros somos más. Y cuando el panorama se les nuble a ellos, nosotros vamos a cobrar dividendos.

Dicho y hecho. El primer gol es el mejor ejemplo de la pérdida de ideas de Argentina, de la desesperación que ya empezaba a carcomer el corazón; El Pibe la recibe en la mitad, Asprilla y Valencia se arrastran la marca hacia un lado y se fabrica el hueco para que Freddy Rincón pique desde atrás y encare a Goycochea. Amague, lujo, desborde y adentro. Fue a los 41 minutos de la etapa inicial.

Y al finalizar el primer tiempo, la sensación era unánime: Colombia puede matar con ese par de morochos arriba, porque Argentina se va a mandar en desbandada y se va a descubrir. Así fue el segundo, a los 5 minutos del complemento, cambio profundo, en diagonal de Rincón que cae a espaldas de Borelli, Asprilla gana, desequilibra con amague y se la toca a Goycochea.

Después, vendrían diez minutos de gran importancia y que acaban por desilusionar a Argentina; los momentos en los que Oscar Córdoba se convirtió en gran figura ante dos remates seguidos de Batistuta y otro de García. Cuando el rival sabe que hay un calador dispuesto a morir, pierde esperanzas y se cae anímicamente. Ese fue el efecto que produjo Córdoba.

El tercero fue como el Monumental. El increíble arranque de Asprilla por la izquierda que deja a Saldaña, llega al fondo, mete el centro y rechaza Goycochea. Recupera Leonel Álvarez, que amaga, llega hasta la línea del fondo, mete el centro y el remate poderoso de Rincón. Corrían 28 minutos.

El cuarto fue un golazo por la forma de la definición. Se va Asprilla por la izquierda, Goycochea sale al achique y El Tino se la levanta y lo baña . Fue a los 30 minutos.

Y el quinto, para un jugador que también se había mostrado en cada arranque, en cada amague. La roba Asprilla, se va hasta el borde al área, aguanta a toda la defensa y se la mete por el callejón a Valencia, que definió sin problemas.

Gloria colombiana, debacle argentina. Un triunfo que nadie soñó, que todavía hay que respirar hondo para poder digerirla... Vamos camino al Mundial con la felicidad de un toque de distinción. Como una novela de amor.

VÍCTOR ROSAS
6 de septiembre de 1993

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