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Cuando Latinoamérica se metió en contravía

Cuando Latinoamérica se metió en contravía

Introducción de 'América Latina. ¿Amenaza? ¿Oportunidad?', del Editor de Economía de EL TIEMPO.

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Por: REDACCIÓN EL TIEMPO
31 de agosto 2013 , 11:03 p. m.

Imagínese el mundo entero como una gran ciudad. Los ricos viven en los barrios elegantes: Estados Unidos, la Unión Europea o Japón, vecindarios que levitan sobre las colinas. Trepados en las lomas de al lado viven los más pobres: África, ciertas partes de Asia y de América Latina y el Caribe. Ellos pueblan extensas barriadas populares, donde se vive en medio de la estrechez. Desde allí la gente mira –a veces con ilusión, a veces con inquietud– hacia los sectores elegantes, pues un antiguo signo de su vida ha sido la dependencia. Incluso sus sueños están sometidos al destino de los vecindarios ricos. Sobre calles polvorientas, los muchachos juegan fútbol y hacen fiestas en las esquinas. Las mismas en las que, de vez en cuando, se oyen balaceras.

Pero ahora, por las angostas calzadas se ven carros nuevos, y un número mayor de los jóvenes que beben en las esquinas y juegan fútbol en las calles va a la universidad. No pocos se están convenciendo de que hay algo de prosperidad. El Producto Interno Bruto (PIB) de América Latina –la suma de todo lo que producen sus empresas– está aumentando más rápido que el de los países ricos. De hecho, hay quienes comentan que esta barriada es una estrella del desempeño económico mundial, junto a algunas de Asia y una que otra del oriente de Europa. Las llaman economías “emergentes”, porque ya se les ve asomar las orejas en los mercados internacionales en los que hasta hace algún tiempo solo se movían con propiedad los países “avanzados”. En fin, los latinoamericanos comienzan a sentir que algo cambia en sus vidas: pueden ir al médico; estrenan más a menudo televisor, celular o nevera; viajan en avión.

Pero justo en ese momento, algo pasa en los barrios ricos, algo que pone nerviosos a los latinoamericanos. Algo que puede volver a llevar a la pobreza a quienes habían salido de ella, en caso de que los ricos comiencen a comprarles menos, o a pagarles menos por las mercaderías que les compran. O en el caso de que sus familiares, que van a esos barrios a cortar el césped, a limpiar la piscina o a cuidar a los niños, se queden sin trabajo. El temor obedece a que en los barrios elegantes, como Estados Unidos y Europa, algunos de los jefes de hogar han tenido que trabajar por menos sueldo, y el carro en el que andan hace tiempo dejó de ser último modelo. En el viejo barrio europeo, por ejemplo, los señores se endeudaron más de la cuenta. Ciertos hogares, como los de Grecia, ruegan poder pagar esos préstamos… algún día. En Portugal y España se vive con el temor de que termine pasando lo mismo. Estas familias tienen que gastar menos para responder por sus necesidades más urgentes.

El barrio chino

En otro rincón de la ciudad está el barrio chino, un vecindario de contrastes. Lo comparten una gran mayoría de individuos que vive en la pobreza, y una minoría que ha saltado a la opulencia. El barrio chino es el sector más populoso y atiborrado de esta metrópoli. Cientos de millones de pobrezas juntas, en medio de una población total de 1.300 millones, lo hacen lucir como una economía enorme y en gran crecimiento; que necesita cada vez más petróleo, carbón, hierro y cobre para alimentar sus fábricas, las cuales cada momento producen más. Y esas son, justamente, algunas de las mercancías que los latinoamericanos han solido vender. El incremento de la producción en el barrio chino es de tal magnitud que la cantidad de insumos que necesitan sus fábricas es suficiente para aumentar las ventas de los productos de exportación latinoamericanos y elevar considerablemente sus precios. Durante décadas, América Latina, ese barrio bullicioso de vendedores ambulantes, vendía con resignación sus mercancías al precio que quisieran pagar los ricos, en las esquinas o al abrigo de los semáforos. Ahora, cuando los vendedores regresan a casa en las noches llevan más dinero.

Por otro lado, el nerviosismo de los ricos los llevó a buscar bienes en los que fuera más seguro mantener quieta su riqueza. Desde que se desató la crisis, primero en Estados Unidos (2007) y luego en Europa, los ricos han querido que una porción de sus ahorros permanezca en sus cajas fuertes en forma de oro, buena parte del cual se desentierra de los patios de los barrios pobres. El precio del oro ha tenido fuertes alzas durante una década y ha sido otra razón del aumento de los ingresos de los barrios pobres.

En suma, la barriada de América Latina ha disfrutado en los últimos años de la posibilidad de salir a las calles con sus carretas llenas de productos, que se venden más fácilmente y a mayor precio. En medio de un malestar global, los latinoamericanos han visto subir los precios de los recursos naturales y las materias primas –incluyendo alimentos– que venden. Colombia ha venido exportando, en condiciones más favorables, oro, petróleo y carbón. Venezuela y México producen respectivamente el 3,7 y el 3,6 por ciento del petróleo en el mundo. Brasil y Ecuador también son grandes productores. Chile –que produce la tercera parte del cobre del planeta– y Perú han aprovechado el aumento del precio de ese metal, y lo propio ha hecho Brasil con el hierro. Ambos productos también han visto aumentar su demanda por las necesidades de China.

Si se mira para atrás, hay un evidente contraste entre la situación actual del barrio latino y la que este vivió en las décadas de los ochenta y noventa. Entonces, había que acudir a los bancos a pedir préstamos para poder subsistir. Y los bancos, por supuesto, exigían garantías de pago. Quien pide dinero debe mostrar que sus ingresos son estables y que, en caso de no tener cómo pagar, puede entregar su casa u otro bien valioso, pero un vendedor ambulante difícilmente puede mostrar ingresos estables. Las garantías que los países latinoamericanos terminaron dando al Fondo Monetario Internacional (FMI) o al Banco Mundial fueron las reformas estructurales de los años noventa: privatización de empresas del Estado, reformas en las leyes laborales y pensionales, alzas en los impuestos y apretones en los gastos. Era como si por cada peso que se recibía se tuvieran que pagar dos para vivir, para amortizar deudas viejas y, además, para que los jefes de hogar del vecindario malgastaran, según su costumbre. Las privatizaciones, por su parte, eran como vender la nevera para poder comer.

Como hace 20 años

Pero ahora, parece que quienes no pueden pagar sus deudas son los europeos. La situación actual de Europa se parece a la de América Latina 20 años atrás. Sin embargo, los países europeos quizás no estén cómodos aprendiendo las lecciones sobre la manera en que los latinoamericanos terminaron asumiendo el problema de sus deudas y organizando sus cuentas domésticas. Quizás preferirían no tener que imitar, como les ha tocado hacerlo, duras reformas a las garantías laborales o a los regímenes de jubilación, con condiciones menos favorables para sus ciudadanos.

Aunque no puede descartarse la implantación de nuevas reformas que aprieten más a la gente, el hecho es que los latinoamericanos ya habían asumido la tarea de hacer esos cambios cuando hubo que hacerlos. De manera que cuando llegó la época de las vacas flacas, con la crisis hipotecaria en los barrios ricos (la crisis subprime en Estados Unidos) y se precipitó la recesión mundial de 2009, el barrio latino ya había aprendido de lecciones anteriores; mientras los “ricos” perdían su vivienda y su trabajo, los “pobres” pasaban los meses críticos con cierta tranquilidad.

Fin del superciclo

Los dirigentes de la región, los jefes de hogar, no dejan de autoalabarse por el hecho de que América Latina “pasara de agache” en la primera etapa de la crisis global. Pero aún está por verse qué puede pasar si llega no una simple recaída, sino un colapso. Además, muchas voces comentan que la larga época de alzas de los precios de los recursos naturales llegó a su fin en el 2012; que ha terminado el “superciclo”. Para los latinoamericanos, entonces, prosperidad con miedo parece ser la nueva cara del antiguo signo de la dependencia: quizá todo el terreno ganado se pierda, en caso de que converjan un menor crecimiento de China, Estados Unidos pase de la debilidad a una recesión, Europa caiga definitivamente y los precios de los que viven los latinoamericanos se vayan al suelo.

¿Qué podría echar a perder la oportunidad que parecen tener estos países pobres? ¿Qué disciplina tienen estas personas, acostumbradas a vivir en la pobreza, para aprovechar los buenos tiempos, ahorrar e invertir, en vez de gastarse los nuevos ingresos en carros, televisores y lujos? El reto, en países en donde la pobreza sigue siendo una realidad, es qué hacer para que estos buenos tiempos beneficien a toda la sociedad y no solo a unos pocos. Para, finalmente, alcanzar el desarrollo.

Hasta aquí se esboza el recorrido que el libro hará a través del planeta, la ciudad de más de 7.000 millones de personas, en la que la gente de las barriadas latinoamericanas parece tener su “cuarto de hora”. Pero, bajo el signo de la dependencia, la crisis en las grandes economías –particularmente en Europa– amenaza con aguar la fiesta.

América Latina ¿Amenaza? ¿Oportunidad?

Publicado por el sello Debate, este análisis mira cómo la debilidad mundial afecta a América Latina, y el reto de capitalizar las ganancias de los últimos años manteniendo los avances sociales conseguidos y logrando una producción menos dependiente de los recursos naturales.

MAURICIO GALINDO

* Comunicador de la U. Javeriana y economista de La Salle, Mauricio Galindo es editor de Economía de EL TIEMPO. Es autor de ‘Economía’ y ‘En carne propia’.

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