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Gracias, Presidente

Gracias, Presidente

Mientras Colombia desprecie con tanto cinismo la vida humana, no cesará la violencia brutal, masiva.

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¿Existe mayor sevicia que secuestrar a un muchacho de 19 años, convertirlo en mercancía, cobrar doscientos millones por su libertad, degollarlo después y exigir a su madre otros 300 millones simulando durante un año que continúa vivo? ¿Y hacerlo todo mientras pontifican sobre la paz, niegan tener cautivos y presumen de defender al pueblo pobre y sufrido?

Muchos creerán que no, pero les recuerdo que la respuesta nos la tiró a la cara, descorazonado, el general Mendieta cuando padecía la tortura de sus doce años de secuestro: “La indiferencia de los buenos”.

Sobre las conciencias de Juan Manuel Santos y Sergio Jaramillo, comisionado de Paz, además de otras personas que hoy no quiero nombrar porque no merecen ni la tinta, recae el calvario que Silvia Serna y su esposo padecieron este último año buscando a su hijo, hasta que el Gaula halló su cuerpo. Pudieron evitarlo y no movieron un dedo porque la libertad y la vida de Edson Páez Serna, así como el tormento de su familia, les valieron huevo.

No tuvieron pantalones para exigir a las Farc que devolvieran al estudiante con los suyos o, cuanto menos, que entregaran sus restos. Prefirieron acallar el angustioso clamor de la familia con aquella afirmación cobarde y encubridora de “Habrá que creerlo”, ante la flagrante mentira de las Farc de que no tenían secuestrados.

Si mantienen la misma actitud con el ingeniero León Andrés Montes, plagiado hace un año por el Eln, serán cómplices de los terroristas desde el instante en que arranque el nuevo proceso de paz. ¿Su delito? Omitir el compromiso de exigir la libertad de todos los cautivos antes de iniciarlo.

No sé cómo no les dio pena con sus compatriotas recibir la nota del gobierno de Canadá en que agradecía “su perseverancia y resolución” para lograr la liberación del ingeniero canadiense. Fue demostración palpable de que para ellos, antes que seres humanos, hay intereses y categorías.

La muerte de Edson y la indiferencia generalizada ante su asesinato me hicieron meditar una vez más sobre el nulo valor de la vida en Colombia y cómo el fin siempre justifica los medios.

Cuando la guerrilla asolaba el campo, la dirigencia bogotana miraba a otro lado hasta que afectó su libertad y sus finanzas. Aparecieron los paramilitares y justificaron sus espeluznantes masacres porque contenían a la guerrilla. Siguieron los falsos positivos para dar resultados o por un pinche permiso, y todos felices y celebrando. Y ahora estamos en etapa de esconder los crímenes de la guerrilla, puesto que las conversaciones de Cuba están por encima de la verdad y las víctimas.

Hace dos semanas, Farc y Eln asesinaron a catorce militares y no hubo ni titulares grandes ni ceremonia colectiva para rendirles homenaje. En España, y lamento comparar, cayeron en combate en Afganistán la colombiana Niyireth Palacio y un soldado, y el príncipe presidió un funeral solemne en su memoria.

Lo dijo Churchill, estadista al que admira Santos: “Habéis escogido el deshonor para evitar la guerra. Pues bien, tendréis deshonor y guerra”. Mientras Colombia desprecie con tanto cinismo la vida humana, no cesará la violencia brutal, masiva; solo cambiarán los victimarios de siglas.

NOTA. Para que el Gobierno descubriera que existe el campo, no solo el de golf (como decía Matador esta semana), tuvieron los campesinos que paralizar media Colombia. Quien no corta carreteras no existe.

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