'Nos hemos divertido, pero ha sido sufridito': Tomás y Jerónimo Uribe

'Nos hemos divertido, pero ha sido sufridito': Tomás y Jerónimo Uribe

Los hijos del expresidente hablaron con 'Bocas' de su faceta empresarial y la relación con su padre.

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20 de agosto 2013 , 04:29 p.m.

(La siguiente entrevista fue publicada por la revista 'Bocas' el domingo 18 de agosto. La edición completa, con más personajes, puede encontrarla en distintos puntos de venta)

Tomás y Jerónimo Alberto Uribe tienen brazos de pesistas y pechos de nadadores; caminan con el peso de sus músculos. Sus hombros avanzan con su cuerpo al mejor estilo de los vaqueros del lejano oeste. Jerónimo –en algún momento– exagera sus propios movimientos cuando imita los del expresidente George W. Bush.

“Él es un vaquero de verdad”, dice, y me regala una mímica de su forma de estrechar la mano y de caminar con las piernas abiertas y los pulgares clavados en los bolsillos del pantalón. Jerónimo es el menos serio de los dos; no habla mucho, pero cuando lo hace tiene un apunte divertido, cuando tocamos el tema del expresidente Hugo Chávez, revive su vozarrón y recuerda con Tomás el día que lo conocieron.

–Me preguntó: ¿Tú qué estudiaste? –recuerda Tomás–. Y le dije: Ingeniería química, presidente. “Muy bien”, dijo. “Eso es el futuro. Te voy a llevar a que trabajes con nosotros en PDVSA, estamos haciendo unas cosas fascinantes con el petróleo, del petróleo vienen los balones, las raquetas, las llantas, ¡todo se hace del petróleo!”.

–¿Y tú? –me preguntó a mí–, interviene Jerónimo. “Yo soy economista, presidente”. “Ahhhhhh”, dijo, “tú eres el diablo”.

Y en varios episodios, Jerónimo y Tomás se han convertido –para la opinión pública– en la encarnación del diablo. Nunca antes los hijos de un presidente de la república habían sido protagonistas de tantos escándalos mediáticos, políticos y hasta judiciales. Su figura genera odios y pasiones. “Hemos ido a todo; hemos respondido por cada acusación, y siempre hemos salido inocentes”.

Pero es inevitable: cada cosa que hacen o dejan de hacer es noticia: los lotes en Mosquera convertidos en zona franca, una cuenta en un paraíso fiscal, peleas en Twitter, amenazas en Facebook, columnas de opinión, su amistad con una de las cabezas de DMG; empresas en Panamá, “solo hay una que no funciona, iba a ser otra experiencia como Ecoeficiencia, pero decidimos concentrarnos en Colombia porque ha salido mucha competencia”.

Llevan más de diez años en el ojo del huracán y están cansados del ruido. “En todo el proceso de la segunda reelección nos convertimos en el caballito de batalla de los enemigos políticos de mi papá”, dice Jerónimo. Y su papá –por supuesto– es una de las figuras centrales de su vida, incluso en su físico. En un repaso por las cosas que les enseñó, el ejercicio aparece en un lugar de privilegio.

–Me acuerdo de él enseñándome a hacer barritas– rememora Tomás. Son adictos al ejercicio, pero nunca fueron deportistas de élite. “Yo siempre he sido descoordinado”, dice Jerónimo, “pero hemos sido disciplinados en el deporte. Mi papá siempre nos inculcó la natación, pero no fuimos buenos atletas. Hacemos deporte religiosamente cuatro veces a la semana, pero no somos campeones de nada. Es que uno tan enanito no es bueno para nada”.

El tema de la estatura –miden alrededor de 1,70– los acompleja y los divierte. Y siempre tienen un chiste alrededor del tema e incluso lo mezclan con la genética: “mi abuelo materno es igual de bajito que nosotros”.

Más allá de las polémicas y la estatura, los hermanos Uribe han creado varias empresas – las dos más representativas son Salvarte y Ecoeficiencia– y viven orgullosos de su trabajo y de sus amigos de toda la vida, “los que nos conocen hasta la médula”.

Sus esposas, Isabel Sofía Cabrales y Shadia Farah, tratan de ponerse de acuerdo para tener hijos al mismo tiempo. “Yo quiero mi segundo bebé ya”, dice Tomás, “quiero que mis hijos sean tan unidos como mi hermano y yo”. Los dos hicieron un trato para turnarse la gerencia de sus empresas para poder hacer un MBA. Tomás ya lo hizo en Stanford y ahora es el turno de Jerónimo en la misma universidad.

En la entrevista hablaron de su vida privada sin reparos, en “los temas espinosos”, como dicen ellos, dieron una versión más tranquila de los hechos y, en otros, parecían un abogado hablando por ellos, “¿cuántas veces hemos dicho lo mismo?”. Su voz, en ocasiones, funciona en coro. El uno habla y el otro asiente con la cabeza.

¿Cuál es el primer recuerdo que tienen como hermanos?

Tomás: Jerónimo fue muy enfermo cuando chiquito. Nació prematuro y recuerdo que hubo que salir para Bogotá una vez a donde un neumólogo, no tenía los pulmones suficientemente desarrollados y se caía mucho.

Jerónimo: Vivía en el piso.

Tomás: Era torpe. Y dio mucha lidia. Había que andar para arriba y para abajo con un tanquecito de oxígeno.

El nacimiento de Jerónimo coincide con la muerte de su abuelo paterno, Alberto Uribe Sierra, asesinado por las Farc en 1983, ¿tienen algún recuerdo de él?

Tomás: Yo apenas tenía dos años y Jerónimo no había nacido.

Jerónimo: Cuando lo mataron faltaba un mes y dos días para que yo naciera. Él iba a ser mi padrino de bautizo y mi papá –en su memoria– decidió ponerme Jerónimo Alberto. Y de hecho él es el único que sin estar bravo me dice así: Jerónimo Alberto.

¿Y cómo es su papá bravo?

Ja, ja, ja,… (los dos se ríen al mismo tiempo). Da cantaleta, dice Tomás.

“¿Qué tomó anoche?”, dice Jerónimo.

“Un vodka”, papá. “¿Por qué tomó? Eh, hombre, ¿para qué toma? ¡No tome!”. Y empieza a caminar por todas partes. “Eh, hombre, ¿para qué?”. Y da la cantaleta, repite y repite, y luego se calma. Y cinco horas después empieza otra vez, “vodka, vodka, ¡eh, hombre!”. Y no solo eso, dice Tomás, un mes más tarde dice: “eh, hombre, ¿por qué se tomó ese vodka en esa fiesta, ah?”.

¿Y en la adolescencia tuvieron esa clase de guayabos eternos?

Mmm… (dice Tomás), digamos que a los 15 años probamos el aguardiente y tuvimos tres meses en que cada ocho días íbamos a minitecas.

¿Cómo fue su primera borrachera?

Jerónimo: La mía fue cuando mi hermano se fue de intercambio para Alemania (ambos se graduaron del colegio Alemán de Medellín). Me acuerdo que me tomé un ron con Coca-Cola. Estaba en séptimo y me dio durísimo.

Me noqueó. Tomás me llevó a la casa –en esa época ya manejaba–, me acostó y me llevó al baño. Todo el paquete.

Tomás: La mía fue cuando tenía 14 años; fue en una fiesta de 15 de una amiga. A los más grandes nos dieron vino Cariñoso y como sabía a Manzana Postobón, no hubo caso, tomé y tomé vino, y cuando menos pensé también estaba en la lona.

Su papá, cada tanto, presenta unas posturas morales bastante conservadoras, no me los imagino en contra del matrimonio entre parejas homosexuales o dejando de lado el gustico”, ¿tienen peleas por esos temas?

Tomás: Esos nunca han sido temas de conversación. No les damos tanta importancia, y me parece que en esos temas él tampoco ha sido dogmático. Por ejemplo, en cuanto al tema del matrimonio homosexual mi papá no opina, y creo que no lo ha hecho porque no tiene una posición de un extremo ni del otro. Él es mucho más liberal del estereotipo que le asignan.

Jerónimo: Tiene muy claras sus convicciones individuales, pero no es imponente, pudo haber dicho lo del “gustico”, pero en un escenario de jóvenes. Y siento que lo hizo muy paternalmente.

Tomás: Una vez se puso bravo conmigo porque, sin estar casado, me fui de viaje con mi novia –Isabel Sofía– a Europa. La primera reacción fue ponerse bravo porque eso –según él– no estaba bien, pero luego lo hablamos y entendió. Él es una persona que en primera instancia parece conservadora, pero se queda pensando lo que le dicen y madura los argumentos que le dan y a los tres o cuatro días vuelve a tener un diálogo y su posición cambia; cuando fui a estudiar ingeniería química dijo: “¿Para qué va a estudiar eso?”; cuando fuimos a hacer empresa, también: “¿Para qué van a hacer empresa?”.

Generalmente él cuestiona mucho, pero en el buen sentido, papá quiero hacer tal cosa, “¿por qué?, ¿para qué?”.

¿Qué cosa les aprendieron a sus papás?

Tomás: Mi papá era de salir a trotar, enseñarnos a montar a caballo, a administrar y a llevar las cuentas de la finca.

Jerónimo: Si de algo tengo un recuerdo con mi papá es aprendiendo, bien fuera porque yo le estaba preguntando algo o porque nos estaba enseñando algo.

Tomás: Me acuerdo que para aprender a montar en bicicleta mi papá me cogía, me montaba y me tiraba en esa carretera destapada y me caía; después me cogía “la mamá” y ella sí salía corriendo conmigo. Entre ambos me enseñaron, uno más brusquito, otra más suavecito.

La primera bicicleta me la compró mi papá, una bicicletica verde. A mí me gustó la amarilla, pero me compró una verde. Al otro día la verdecita se desajustó y fue y me la cambió por la amarilla.

Jerónimo: Me acuerdo de mi papá enseñándome cómo se saludaba a un hombre y cómo se saludaba a una mujer. Me acuerdo que me decía “a la mujer le da un pico, la abraza pero de lejos, y el hombre con la mano fuerte, y mirando a los ojos”. Me subía a la cama, para quedar a su misma altura, y los dos hacíamos toda la mímica.

Tomás: También nos enseñó a hacer barritas. Mi mamá nos dio la lectura. Estudió filosofía y letras. Ella fue la que nos introdujo en la literatura.

¿Qué los ponía a leer?

Tomás: Sinuhé el egipcio, de Mika Waltari. Yo me fui a vivir a Alemania, y no era muy lector. Me empacó varios libros, entre ellos Sinuhé el egipcio, y me abrió el gusto por la lectura.

Jerónimo: el recuerdo instantáneo de mi mamá es su sonrisa. Ahora es la persona más feliz del mundo en su jardín. Se sube a un árbol de dos metros como si tuviera 15 años. Mi mamá nos dio disciplina; nos llevaba al parque, al colegio.

¿De qué equipo son hinchas?

De Nacional; nos tocó cuando fue campeón de la Copa Libertadores. Mi papá solo nos llevó una vez a fútbol y una a cine a ver Piecito (la película de un dinosaurio bebé; creo que fue la última vez que él fue a cine). En ese partido perdió Nacional con Millonarios.

Tomás es ingeniero químico y Jerónimo, economista, ¿por qué estudiaron esas carreras?

Mi abuelo materno, Darío Moreno, nos inculcó el amor por la naturaleza y por las ciencias, él es ingeniero civil y de minas de la Escuela de Ingeniería de Antioquia. Ya tiene 93 años y es espectacular. Siempre fue empresario, creó varias empresas y manejó varias empresas importantes en Antioquia como Cervecería Unión, antes de que fuera Grupo Bavaria; el Grupo Mundial que hoy en día es Pintuco; Cipreses de Antioquia, que era una reforestadora. Durante muchos años tuvo una empresa de resistencias eléctricas y de cables y lo que fue ahorrando lo fue invirtiendo en propiedad raíz, con una visión impresionante. Y además tenía un laboratorio de electrónica en su casa, lo había montado entre su baño y un clóset; cuando éramos niños, uno de los mejores regalos que nos dieron fue un pequeño laboratorio de química.

Los miércoles íbamos a comer a su casa y el plan era o estar en su laboratorio de electrónica o hacer experimentos de química, o ver documentales de Discovery Channel. Siempre estuvo suscrito a National Geographic y a Scientific American. En su laboratorio tenía el voltímetro, el amperímetro, resistencias, transistores, soldadora, armaba circuitos, incluso una vez armamos una batería. Hicimos las celdas de plomo y ácido sulfúrico y armamos un circuito con una bombillita, y ese fue mi experimento en la feria de ciencia del colegio.

Jerónimo: Me acuerdo –hace 15 años o más– que nos decía que el invento del siglo era el transistor, porque del transistor se había derivado el semiconductor y eso era lo que había podido permitir toda la revolución de los computadores.

Tomás: Cuando viví en Alemania me encontré con que la enseñanza de ciencias en el bachillerato es fenomenal y me enamoré de la química, llegué a Colombia a hacer el último año de bachillerato y ya tenía muy claro que quería estudiar química, y en el camino conocí a Claudia Elena Vásquez. Mi papá era gobernador y ella señorita Antioquia y estudiaba ingeniería química.

Ella me dijo “estudia ingeniería química”, “¿Y por qué ingeniería?”, le pregunté. “Es química, pero más aplicada, más práctica”. Me gustó su consejo y estudié ingeniería.

Jerónimo: Yo, de hecho, comencé ingeniería electrónica, pero decidí cambiarme a economía, no sé, desde que tengo uso de razón me acuerdo haciéndole a mi papá preguntas de temas relacionados con economía.

Yo le preguntaba, muy chiquito, que por qué había tasa de cambio, que cómo se medía el tamaño de la economía, qué era el PIB, etc., solo porque lo oía hablar de esos temas; me acuerdo en particular de un recorrido en carro que hice con él por allá por la finca. Llegó a la casa, no desesperado, porque él es muy paciente para responder, pero llegó como con una risita a decirle a mi mamá, “este muchacho me acaba de hacer 30 preguntas de economía en las últimas dos horas”.

Sin embargo, comencé ingeniería electrónica y en un laboratorio muy largo que nos tocó hacer, yo dije “esto es muy interesante, pero no es mi temperamento estar ocho horas metido en un laboratorio”, y decidí cambiarme a economía.

¿Por qué decidieron trabajar juntos?

Tomás: Hay una anécdota que, creo, nos marcó mucho: cuando yo nací, un amigo de la familia me regaló una yegua muy buena. Mi papá nos ponía chiquitos, de ocho y seis años, a limpiar las pesebreras en la finca y luego a cepillar los caballos. Una vez estábamos cepillando las yeguas y entramos en una discusión por una yegua. Yo decía “es mía porque es hija de la yegua que me regalaron”. La discusión fue aumentando de volumen y llegó “el papá” y nos regañó, nos dijo que no peleáramos, que en esta familia todo era de todos.

Cuando decidimos hacer la primera empresa no hubo ni qué discutirlo: era automático que era de los dos y que íbamos a ser socios.

¿Cómo nació su primera empresa?

Salvarte empezó como un proyecto para exportar artesanías –específicamente sombreros– a España.

Vamos a cumplir 13 años haciendo empresa. En la primera exportación nos fue súper mal. Teníamos, más o menos, siete millones de pesos de ahorros en Conavi.

Era la plata que nos habían dado de regalo de toda la vida: por buenas calificaciones, plata; en Navidad, plata; por cumpleaños, plata. La plata que nos daban los abuelos estaba ahorrada en esa cuenta y perdimos todo. No sacamos el certificado de origen y cuando llegaron los sombreros a España nos dieron una factura de aranceles gigante, “¿pero cómo así? -decía yo-, si este producto no tiene arancel porque es hecho a mano”.

“No, señor”, me respondían, “tienen que conseguir un certificado de origen”. Fracasamos. Nos quedaron como 300.000 pesos. En el proceso de conseguir los sombreros habíamos conocido a la comunidad zenú y las pulseritas que hacían, y dijimos, “bueno, acá tenemos dos opciones, o ya nos olvidamos de ser empresarios o cogemos este ahorrito que nos queda y compramos pulseras”. Las compramos, empezamos a venderlas en los Andes y fue un éxito total. Primero metimos las artesanías en los Andes y dos meses después teníamos vendedores en la Universidad de La Sabana, en la Jorge Tadeo Lozano y en la Javeriana.

Las pusimos de moda. Yo me fui a vivir a Australia, y Jerónimo me mandó 400 pulseras en la primera exportación, en la segunda, mil o dos mil. Llenamos Sídney de pulseras. Yo me montaba en mi bicicleta, una bicicletica amarilla como la primera que me regaló mi papá y me iba de puerta en puerta sin conocer a nadie, me abrían y les mostraba “made in Colombia, familias indígenas, cada tres pulseras es el sustento de un día de una familia”.

Eso se vendió como arroz, exportamos como a 40 países, a todo el mundo, a Rusia, España, Italia, a Estados Unidos.

¿Quién los asesoró?

Nadie, por eso fracasamos en la primera exportación; luego empezamos a ir a ferias y cuando consolidamos un portafolio mucho más amplio de artesanías de todo el país abrimos los primeros puntos de venta permanentes.

¿Y para abrir locales no necesitaron que alguien invirtiera?

Todo lo hicimos nosotros; abrimos los locales con créditos, a pura deuda. Fuimos al banco y pedimos un crédito.

El primero que nos aprobaron fue de diez millones de pesos y de ahí, pagando juiciosos, nos fueron aprobando más. Bancolombia nos conoce hace 13 años, tenemos historia crediticia, si alguien puede decir si somos buenos o malos empresarios es Bancolombia.

Nos han visto crecer y son los que nos han financiado.

¿Y cómo nace Ecoeficiencia?

Tomás: Un amigo del colegio se juntó con un compañero de la universidad, iban a armar una compañía para comercializar cajas de cartón usadas y nos invitaron a participar; 18 meses después tuvimos diferencias por el manejo de la compañía, no nos entendimos y les compramos. Yo estaba en Salvarte y me fui a manejar Ecoeficiencia. Jerónimo se quedó manejando Salvarte y de ahí nos metimos en la compañía, y lo que empezó como reciclaje de cajas de cartón lo convertimos en una empresa que ofrecía darle una solución integral a los residuos de las industrias, ofrecer muchos servicios, acompañamiento técnico, logística, proporcionar equipos y tecnología especializada.

Jerónimo: Ninguna de las dos empresas nació inventada, en ambas experimentamos mucho y probamos mucho. La gente se imagina que, no sé, que el director de estrategia de uno era el director de Proexport, que el vicepresidente financiero era el ministro de Hacienda y que el factor tributario era diseñado por el director de la DIAN, y que es muy facilito hacer empresa.

Tomás: Cuando cogimos Ecoeficiencia la compañía tenía 30 millones de patrimonio y 70 millones de cartera mala. Recuerdo, por ejemplo, tener que hacer un viernes pagos de nómina y proveedores por 60 millones y apenas tener seis millones en la cuenta. Yo no dormía. Me levantaba a las cuatro de la mañana sudando, muerto de los nervios, y qué hicimos, reducir costos, crecer ingresos y pedir crédito. Le cambiamos la promesa de valor, la volvimos una compañía de manejo de residuos industriales, con todo el tema de servicios y el tema de acompañamiento técnico.

Pero la empresa, hoy día, maneja cifras muy superiores a esos 30 millones de patrimonio, se habla – incluso– de 1.000 millones de pesos en ganancias, ¿quién invirtió en ustedes?

Tomás: Hace cuatro años un tío –Carlos Enrique Moreno– compró una participación; buscamos a mi tío no por el capital, sino porque desde el principio empezamos la compañía con la visión de hacer una organización sólida. La compañía tenía tres años y la certificamos en las normas de calidad y medio ambiente, ISO.

La primera en Colombia en certificar esas normas de calidad; buscamos a mi tío porque es un empresario muy respetable, con una trayectoria de muchos años, para que nos ayudara a darle más organización a la compañía, a darle más solidez, a volverla una compañía de verdad, con procedimientos, con procesos, con talento.

Jerónimo: Él nos acompañó muchos años en la junta antes de entrar como socio.

¿Y qué clientes los hacen sentir orgullosos?

Varios: SabMiller, Postobón, Kimberly Clark…

¿Qué trabajos realmente sofisticados han hecho para ellos?

Por ejemplo, en SabMiller hay un residuo particular que es la etiqueta de cada botella de cerveza, ese es un papel muy difícil de reciclar, porque tiene una resina que le da resistencia a la humedad; nosotros –después de cinco años de trabajar con proveedores– logramos encontrarle reciclabilidad a ese residuo. Y prácticamente son 400 toneladas al mes de etiquetas, y hoy en día es papel ciento por ciento reciclable y no contamina.

Y hay otro caso: un polvo con superabsorbente para la fabricación de pañal, es una mezcla de celulosa y poliacrilamida y produce 40 toneladas al mes de desecho; encontramos que esa celulosa tiene un alto poder calorífico y logramos que ellos lo utilizaran como sustituto de combustible en el proceso de fabricación de cemento. Es un residuo de Kimberly Clark.

¿Se han divertido?

Nos hemos divertido, pero ha sido sufridito; no es fácil tener un montón de tractomulas llenas de etiquetas y que el proveedor no dé abasto.

¿Hoy en día cuántos empleados tienen?

Más o menos 600 personas. Es mucha responsabilidad.

¿Hoy son empresarios ricos? En un informe de El Espectador se hablaba de que su fortuna llegaba a los 80.000 millones de pesos.

Hay que mirar los pasivos. Comenzamos a trabajar para la primera exportación de Salvarte en enero de 2001. Ecoeficiencia nació a principios del 2003.

Llevamos 12 años haciendo empresa. El Espectador presenta activos, ventas y utilidad bruta. El que sabe algo de contabilidad entiende que a los activos hay que restarles los pasivos y a la utilidad bruta, los gastos.

Presentar estos números por sí solos es irresponsable.

Son empresas jóvenes y dinámicas. Y riesgosas. En las empresas inmobiliarias hay menos riesgo y son más a largo plazo. Y por cuenta del proyecto de Mosquera se están generando unos 400 empleos.

¿Cómo funcionan sus empresas inmobiliarias, como la famosa Zona Franca de Occidente que, entre otras cosas, les ha dado bastantes dolores de cabeza?

La Zona Franca de Occidente parte de Ecoeficiencia. En 2006 Ecoeficiencia funcionaba en una bodega grandísima –y baratísima– en el barrio Britalia, entre Bosa y Kennedy, un sitio a donde no iban los taxis por lo peligroso que era. La bodega estaba al lado de un colegio distrital y en algún momento a ese colegio le dieron presupuesto para comprar la bodega en donde nosotros estábamos como inquilinos. El dueño de la bodega nos la pidió y empezamos a buscar dónde mudarnos.

En Bogotá era imposible encontrar una bodega en arriendo a ese precio, entonces dijimos “breguemos a comprar algo, hagamos leasing y compremos algo”. Comenzamos a mirar terrenos y el presupuesto nos alcanzaba o para comprar el terreno o para construir la bodega, pero no para las dos cosas; uno de los miembros de nuestra junta directiva, que trabajó para Bavaria, nos dijo: “Vea, SabMiller está vendiendo todas las propiedades no operacionales de Bavaria, están saliendo de todo lo que no necesitan, vayan donde ellos”.

Nos encontramos con que SabMiller tenía unas bodegas viejas abandonadas en Mosquera y ya estaban totalmente depreciadas y por ese hecho nos alcanzaba presupuestalmente para comprar; le compramos la bodeguita a Bavaria y con muy poquita plata organizamos los techos y el piso y pusimos Ecoeficiencia ahí; al lado, SabMiller tenía otros terrenos. Yo ya me había recorrido la sabana de Bogotá con mi abuelo viendo terrenos y ya tenía una idea muy clara. Vimos unos treinta terrenos. Yo sabía que había una buena oportunidad porque el precio era inferior al valor comercial.

Fui a donde mi tío Carlos Enrique, le conté y me dijo “listo, busquemos unos amigos de Medellín y entre la familia y ellos compremos esos terrenos”. Después, la esposa de uno de los socios –que conocía a los señores de Zona Franca de Bogotá– nos dijo: “Zona Franca de Bogotá ya se está llenando, ¿por qué no hablamos con ellos a ver si les interesa coger nuestro terreno y desarrollarlo?”. Ahí nace el proyecto, nosotros simplemente cogemos el terreno y la gente de Zona Franca de Bogotá, que es el operador líder en Colombia, una compañía privada, que no tiene nada que ver con el Estado, lo vuelve zona franca. Humberto de la Calle Lombana era asesor de Zona Franca de Bogotá.

¿Y ese ha sido el momento más duro que han vivido?

Tomás: Sí. Porque nos dieron mucho palo.

Jerónimo: Nos unió mucho. La opinión nos vio salir a darle frente a cada tema y a responder cada inquietud que hubiera.

Tomás: Eso obviamente genera angustia. En ese año nos dedicaron diez columnas, el mismo señor nos dedicó diez columnas y fuera de eso todos los amigos de ese señor (se refieren al columnista de Semana, Daniel Coronell) escribieron en contra nuestra. Nos volvimos el caballito de batalla de todos los que piensan diferente al papá de uno, el Polo Democrático se montó, el alcalde Petro se montó en el tema, el senador Robledo se montó en el tema, en ese momento nosotros llevábamos ya seis años haciendo empresa y uno trabajando bien duro y trabajando honestamente para que de repente la ética de uno se vuelva el caballito de batalla político de los contradictores de mi papá..., sí fue duro, claro.

¿En algún momento sintieron que habían hecho algo malo?

Tomás: No, nunca, inclusive le cuento una infidencia: cuando estábamos en “noséquéava” columna que nos sacó este señor, de todas maneras, así uno no haya hecho nada malo, pues que le estén sacando a uno cada ocho días, eso molesta. Yo estaba dando vueltas en la cama sin poderme dormir y mi esposa me preguntó: “¿Qué te pasa?”, le dije: “Mi amor, parece que me van a sacar otra columna”, “dime una cosa, Tomás, ¿hiciste algo malo?”, “nada, mi amor”, le respondí. “Entonces no importa, que diga lo que quiera de ti, que tienes la conciencia tranquila”.

Jerónimo: Jamás hemos sentido que hayamos hecho algo malo, pero como dice Tomás, son momentos duros, son desgastadores; me acuerdo que una vez le dije a mi papá que estaba aburrido y me dijo “no, no, aburrido no”, y ese es uno de sus mejores consejos, de esos que se me quedarán grabados para toda la vida, “Al toro bueno cuando le ponen las banderillas se crece”, uno no puede amilanarse en esa situación.

Ustedes han tenido muchas peleas públicas en Twitter, ¿en la vida son de esa manera?

Nosotros no somos peleones, pero sí nos hacemos respetar.

¿Cuando su papá era presidente por qué peleaban?

Ya estábamos cansados en el 2009, cuando nos empezaron a atacar estaban en el cuento de la segunda reelección, inevitablemente una cosa estaba conectada con la otra, cuando hay una gente que se está oponiendo a que el presidente se reelija, una manera de expresar esa oposición es atacando a la familia. No solo fue nosotros, fue a mi tío Santiago, a mi mamá le inventaron cosas. En ese momento nosotros no queríamos otra presidencia…, si se daba lo de la reelección nosotros seguramente lo íbamos a acompañar, porque siempre lo acompañaremos en lo que él decida, ahí estamos incondicionalmente, pero si a nosotros nos hubieran dicho “¿prefiere o no prefiere?”, habríamos dicho que no.

La familia ya estaba cansada. Estábamos cansados de ese 2009. Fueron 10 columnas en un año.

¿Cuándo fue la última vez que pelearon ustedes dos?

Siempre discutimos y debatimos cosas de la empresa y son discusiones acaloradas.

¿Pero cuándo fue la última vez que llegaron a los puños?

Jerónimo: El día antes de que mi papá se posesionara como presidente en 2002. No me acuerdo por qué; Tomás estaba hablando con un amigo y estaba bravo conmigo, algo le dijo al amigo y nos agarramos.

Tomás: Íbamos en la 26 y los escoltas tuvieron que parar los carros.

¿Terminaron con los ojos morados?

Tomás: No tanto, pero sí quedamos muy aporreados, desde ese día dijimos “ya no volvamos a pelear”.

Una de las polémicas por la que tuvieron que pasar –en plena presidencia de su papá– fue la amistad con Daniel Ángel, una de las cabezas de la pirámide DMG, ¿todavía hablan con él?

Tomás: Yo conocí a Daniel Ángel en Australia. Yo era estudiante de ingeniería química y él –como estudiante– trabajaba en una compañía de trasteos y era parte de un grupo de diez colombianos jóvenes. Yo tenía 21 años y parrandeábamos allá, después volvimos a Colombia, y… no tengo nada malo que decir… Me dio mucha tristeza cuando salió todo eso, por él, por toda la gente, por su esposa..., no sé cuántos negocios nos achacaron con él y con DMG, pero una de las pocas modelos que no trabajó en Body Channel (uno de los negocios de DMG) fue mi esposa y le propusieron muchas veces. Nunca volví a verme ni a hablar con él.

Hay otra persona cercana a ustedes que también estuvo en la cárcel, ¿cómo es su relación con el exministro Andrés Felipe Arias?

Tomás: Vivimos todo lo que le pasó con mucho dolor, lo apreciamos mucho y nos parece dolorosísimo lo que le ha tocado vivir. Es una gran injusticia. Lo visitamos varias veces.

Jerónimo: Escribió un libro mientras estuvo recluido, un libro de economía. Realmente es admirable su fortaleza espiritual y su capacidad intelectual. Tenemos una gran relación con la gente que trabaja con mi papá, con Pacho (Santos), con Óscar Iván Zuluaga, Andrés Uriel es un tío para nosotros, pero con Andrés hay más proximidad generacional y fue uno de los que cuando empezaron a maltratarnos vino a la casa a darnos todo su apoyo. Yo creo que siempre le guardaré ese recuerdo de gratitud.

Parece que toda la vida han vivido con problemas de seguridad, ¿cómo ha sido su relación con los escoltas?

Todo empezó cuando mi papá fue gobernador en 1991. Estábamos en quinto y en séptimo. Nos han tocado desde tan chiquitos, y la verdad siempre hemos tenido muy buena relación con ellos; incluso hay uno, Alejandro, al que le decimos “el tío”, porque nos cuidó desde que mi papá era alcalde, pasábamos muy bueno con él, es una relación de amigos, entre mis mejores amigos hay un par de escoltas, el tío y otro de Montería.

Y hay otro que comenzó en la Gobernación y aún sigue con nosotros. Ha sido una relación permanente, desde la adolescencia, desde que nos empezaron a gustar las niñas, las idas al estadio, las primeras borracheras, todo, se vuelven compañeros permanentes.

En algunos casos es como una figura de padre, amigo y compañero.

¿Cuál fue el peor susto?

Jerónimo: Yo me acuerdo de la bomba que casi despedaza el carro de mi papá en Barranquilla (y pensar que todavía hay gente que dice en Twitter que él mismo se puso la bomba, ¡por Dios!). Tomás, mi mamá y yo estábamos en el apartamento de Bogotá y de pronto nos llaman y nos dicen “¡agáchense, agáchense, agáchense!”.

En teoría nos podían disparar desde los cerros. Mi mamá se tiró al piso y nos fuimos gateando hasta la alcoba.

También sabíamos que nos hacían seguimientos muy precisos de la hora en que salíamos de la casa, de la universidad, en fin.

¿Qué chiste sobre ustedes los ha hecho reír?

Jerónimo: Los de La Luciérnaga siempre me hacen reír. Y los contradictores de papá nos pusieron Tom y Jerry. Y no nos choca.

Tomás: Hasta hemos hablado de tener en la oficina algún día un cuadro grande de Tom y Jerry y decirle a Vladdo que lo haga.

FERNANDO GÓMEZ ECHEVERRY
RESVISTA 'BOCAS'

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