El que con los bancos se viste, con las deudas lo desvisten (cap. 8)

El que con los bancos se viste, con las deudas lo desvisten (cap. 8)

Octava entrega de 'Padre de familia desempleado', novela de Andrés Gómez Osorio.

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29 de julio 2013 , 12:18 p. m.

 Marzo 31 y 1º de abril, 1998

Martha ya había metido su cuello en el camisón de dormir e intentaba acomodar el brazo derecho en la manga cuando escuchó la noticia.

—Me despidieron —dijo Alfonso parado en la puerta del cuarto, sin sentarse en la cama.

Por unos segundos, Martha se quedó quieta y reflexiva, haciendo saltar sus ojos pensativos.

—Bien hecho —respondió finalmente, cortante y revanchista, torciendo la boca con indiferencia y retomando su actividad.

Fueron las únicas cuatro palabras que intercambiaron ese día. También eran las primeras palabras que se cruzaban en toda una semana, desde esa noche en la que Martha lo esperó en su habitación matrimonial, para derramar frente a él su alma adolorida, celosa y descontrolada, gastando todas las frases violentas de odio, furia y reproche que había acumulado durante las últimas ocho horas, recreando en su mente —una y otra vez— la imagen reciente y espeluznante de Alfonso con la cabeza metida entre las piernas de una secretaria.

No se atrevió a echarlo. No quiso tomar decisiones extremas que fueran difíciles de reversar. Lo aborrecía con una intensidad que solo se comparaba al amor que le seguía guardando. No lograba concebir la vida sin él, a pesar del tortuoso sufrimiento que ahora significaba su presencia. También pensaba en sus hijos y en las explicaciones impronunciables que tendría que darles frente a una ausencia permanente de Alfonso. El mal menor era mandarlo a dormir en la sala y soportar con resignación esos días marcados por un fúnebre silencio. A Santiago y a Miguel les dijeron que se trataba de una simple pelea, aunque ellos sabían muy bien los detalles de lo que había pasado porque escucharon con nitidez los gritos y lágrimas de la primera noche. Alfonso tampoco se fue por iniciativa propia, de solo imaginar la vergonzosa y humillante verdad que se vería obligado a confesar frente a sus padres y hermanos, cuando ellos indagaran por qué ya no dormía con su familia.

En la primera mañana como desempleado, Alfonso se levantó temprano del incómodo sofá y preparó el desayuno de sus hijos. Como nunca antes, lo hizo sin bañarse. Cuando Miguel y Santiago salieron a esperar la ruta del colegio, Martha —vestida y maquillada— le hizo una señal para que se sentaran en el comedor:

—Esta no es una conversación, Alfonso. Esta es una decisión que quiero notificarle.

Lucía determinada pero a la vez proyectaba una sospechosa calma. Esperó a que su marido asintiera tímidamente con la cabeza y continuó:

­—A partir de esta noche, usted vuelve a dormir en la cama. Pero, que le quede muy claro, eso no cambia en nada la situación. Para mí este matrimonio no existe. Lo que quiero es evitar que los niños se llenen la cabeza con más preguntas de las que ya tienen.

Alfonso volvió a dar una señal muda de aprobación, suficiente para que Martha se pusiera de pie, colgándose el bolso al hombro. Cuando abrió la puerta para marcharse cayó en cuenta de una imagen extraña que nunca había visto: su esposo estaba sin rasurarse y en piyama a las 6:30 de la mañana de un día laboral. Por primera vez ella se iba a trabajar y él se quedaba en casa. En ese momento empezó a dimensionar el anuncio que Alfonso le había hecho la noche anterior. Sin soltar la chapa de la puerta, Martha se dejó llevar por el impulso de improvisar unas últimas palabras:

—Yo no sé qué va a hacer para conseguir trabajo. Conociéndolo, usted debe creer que hay mil empresas que lo quieren contratar. Ojalá sea así, pero la situación está muy dura. Acuérdese que usted ya falló en esta familia como hombre y como marido; ahora no les vaya a fallar a Miguel y a Santiago como padre. Lo que yo me gano no alcanza para sostener esta casa.

La advertencia surgió como una genuina preocupación. El día que fue despedido, Alfonso solo tenía en sus bolsillos lo justo para tanquear su Chevrolet Monza modelo 89. Además de no haber ahorrado durante 15 años de matrimonio, debía 60 millones de pesos por cuenta de la hipoteca —habiéndose endeudado por apenas la mitad de eso— y otros 4 millones de pesos en tarjetas de crédito —el doble de su salario—. La última quincena decente que habría de recibir en su vida le fue consignada cinco días después, aunque el dinero se evaporó tan rápido como un reguero de agua al sol, alcanzándole para cubrir el pago mínimo de los extractos bancarios, la administración del apartamento, el colegio de sus hijos y la gasolina del carro. Nada más.

En los años 80, cuando vivía en el barrio Bravo Páez, la máxima preocupación financiera de Alfonso —que realmente no era motivo de intranquilidad— consistía en la deuda permanente con el tendero de la esquina, a quien le compraba todo al fiado —eso sí, pagándole cumplidamente a final de mes—. Su salario de entonces era suficiente para vivir sin presiones, asumiendo los gastos regulares de un hogar más que modesto, velando únicamente por su esposa y su primer hijo. Le gustaba que los días transcurrieran así, sin angustias, siendo cabeza de ratón en vez matarse la existencia intentando subirse al lomo de un león. Esa era, al menos, la interpretación de él. Sus hermanos tenían otra teoría: Alfonso era un hombre sin aspiraciones. Como fuera, renunció a la “comodidad” de esa rutina humilde cuando aceptó la ayuda de sus padres, quienes lo convencieron de saltar de estrato con el argumento de darles mejores oportunidades a Santiago y a Miguel. No solo sonaba bien, sino que era imposible prever que las cosas se saldrían de control. Es más, antes de empezar a endeudarse, Alfonso recibió un buen empujón: entró a trabajar en la empresa de textiles a finales de 1992, con un “considerable aumento salarial” —en palabras de don Eliécer—, gracias a la amistad de su padre con el Jefe de Recursos Humanos, un viejo socio que pudo contratar a Alfonso antes de pensionarse. El siguiente paso, a principios de 1993, fue buscar un apartamento “en un sector de la ciudad más digno” —en palabras de doña Beatriz—. Costó 50 millones de pesos y, aunque sus padres le regalaron la mitad, Alfonso tuvo que pedirle 30 millones al banco —25 para completar el valor de su nuevo hogar y 5 más para dotarlo desde cero—. Don Eliécer también le obsequió a su hijo el carro que antes había pensado vender: el Chevrolet Monza.

No sería barata la vida en Cedritos, un barrio de abogados, médicos, ingenieros y administradores, asalariados de clase media-alta como Alfonso. Había que ajustarse al contexto y por eso estrenaron sala, comedor, televisor y cama “king”. También amoblaron las habitaciones independientes que por primera vez tuvieron Santiago y Miguel. Compraron vajilla, nevera y la anhelada lavadora que a Martha le hacía falta. El “considerable aumento salarial” que había conseguido Alfonso en la empresa de textiles, pronto dejó de parecer tan robusto. Inscribió a Santiago en un nuevo colegio —privado, recomendado por doña Beatriz—, asumiendo el respectivo incremento de costos en matrícula, pensión, uniformes, útiles y ruta escolar. Miguel era entonces un bebé que demandaba a diario pañales, consultas médicas, juguetes y ropa. Además, comenzaron a visitar con mayor frecuencia los centros comerciales, a comer por fuera los fines de semana y a andar cargados de regalos en cada diciembre. Semejante ritmo de consumo fue posible gracias a otro “lujo” que se puso de moda por esa época y que también decidieron estrenar: la tarjeta de crédito. Alfonso pasó de no aspirar a nada para él mismo, a quererlo todo para su mujer y sus hijos. Les dio la vida que don Eliécer y doña Beatriz habían planeado, sin estar en capacidad de pagar por ella. Su gasto desmedido fue avivado por la ingenuidad: difería las cuotas a 12 meses, creyendo que así mantenía una “deuda sostenible”. En realidad estaba eternizando sus obligaciones con unas tasas de interés sin sentido que llegaron a superar el 50 por ciento. Hubiera podido sobrevivir así hasta pensionarse. Lo único que falló en sus cálculos es que nunca contempló la posibilidad de quedarse sin empleo.

Para finales de 1996, Alfonso ya tenía empeñado todo su sueldo. Las cuentas atrasadas alcanzaba a cubrirlas, a ras, con las primas salariales de cada semestre. Ese mismo año, Martha consiguió trabajo como secretaria en una universidad de mediano presupuesto —gracias a otro palancazo de don Eliécer con uno de sus amigos—. Sin embargo, fue mínimo el aporte de ella a las finanzas de la familia, porque con esa plata empezó a pagar sus estudios nocturnos de contaduría en la misma universidad. Es más, al retirarse de sus labores como ama de casa, tuvieron que acudir al gasto adicional que implicaba una empleada de servicio.

Alfonso era consciente del panorama. Sabía que no contaba con mucho tiempo, pero —como lo había dicho su mujer— juraba que le lloverían ofertas de trabajo. Tampoco quería “pre-ocuparse”, porque creía que esa era la palabra favorita de los perezosos para evitar “ocuparse”. Por eso, tan pronto salió Martha del apartamento, se bañó y se rasuró con la misma dedicación de siempre. A las 7:30 de la mañana ya estaba frente al computador actualizando su hoja de vida. A las 8:30 imprimió tres copias. Serían las primeras de un total de 571 que enviaría en vano durante los próximos 14 años.

Año 2020

Después de invertir horas haciendo cuentas sobre las viejas deudas de sus padres, Santiago quiso echarle un vistazo a las propias. A pesar de tantas promesas que se había hecho para nunca acudir a los bancos, ahí estaban los extractos de sus tarjetas de crédito y la hipoteca de su pequeño apartamento. Sonrió con ironía al recordar que, en su infancia, Martha solía regañarlo cada vez que llegaba a casa con juguetes prestados de sus compañeros de colegio. “El que con lo ajeno se viste, en la calle lo desvisten”, decía ella.

—No… —pensó él mientras observaba sus obligaciones pendientes—, la frase debería ser otra: “El que con los bancos se viste…”.

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El próximo martes, en “Padre de familia desempleado”:

Cuando un padre pierde la admiración de su hijo (cap. 9)

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Si se lo perdió, lea aquí el capítulo anterior:

La verdad sobre un hombre arrogante e infiel (capítulo 7)

Lea aquí el listado de todos los capítulos

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ANDRÉS GÓMEZ OSORIO

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