Emaus, el pueblo de los grandes maestros del agua

Emaus, el pueblo de los grandes maestros del agua

Construyeron 18 tanques en los que almacenan el agua cuando llueve, para enfrentar los días secos.

29 de julio 2013 , 08:42 a.m.

En los días más calurosos que recuerda de su juventud, Ignacio Polo solía beber agua de jagüeyes donde las vacas orinaban. Varios burros se le quedaron atrapados y murieron en lodazales cuando buscaban, sedientos, donde beber.

Eran otros tiempos. Hoy tiene 57 años y se convirtió en un ‘cultivador del agua lluvia’. Asegura que puede aguantar hasta seis meses de sequía sin que sus cultivos se dañen, ni le haga falta el líquido para cocinar o calmar la sed.

Es jueves y una llovizna cae sobre su vereda, Emaus, a 25 kilómetros de Magangué (Bolívar). Tiene puesto un sombrero vueltiao y una camisa a cuadros. Sonríe y mira con orgullo el tanque de concreto que tiene en el patio de su casa, que empieza a llenarse del agua que le ayudará a enfrentar los próximos meses secos.

En la vereda, a la que llegó la familia de Polo cuando él apenas tenía un año desde San Pedro (Sucre), hay 450 personas que se cansaron de esperar que sus gobernantes les construyeran un acueducto.

Hoy comparten 18 tanques, construidos por ellos, con capacidad para almacenar hasta 21.000 litros de agua lluvia cada uno. Cada familia, como la de Polo, cuida del agua como si fuera un bien sagrado. “Nosotros tenemos algo que se llama ‘la cultura del agua’, y se trata de saberla administrar. El agua lluvia la cosechamos”, dice Polo, con la voz ronca, al reportero de este diario.

La historia comenzó hace 15 años, cuando Gabriel Garrido, un hombre delgado y de apariencia apacible, llegó a Emaus llamado por la comunidad. La organización que lidera, la Corporación Tiempos de Vida, apoya procesos de desarrollo en pueblos de la región. Los campesinos lo buscaron para que les ayudara a salvar sus cultivos de la sequía que los azotaba.

Gabriel empezó con un proyecto de cultivos que fracasó ante los embates del calor, y por eso concentró sus esfuerzos en el agua. “Nos dimos a la tarea de capacitarlos. Aprendieron de tecnologías para el sector agropecuario y de la construcción de los tanques”, recuerda.

Polo cuenta, como si tuviera una tabla de mandamientos en la mano, que el agua de los tanques es solo para beber y cocinar. Para bañarse y hacer limpieza está la de los siete jagüeyes artificiales que también hizo Tiempos de Vida, que además les sirven para actividades de piscicultura y regar los cultivos de pancoger.

Garrido explica que los tanques y los jagüeyes y la asesoría para los procesos agrícolas y de piscicultura, los han sacado adelante con aportes de cooperación internacional. Han invertido cerca de 600 millones de pesos. Por el trabajo de estos años en Emaus, la corporación ganó hace poco –junto a un proyecto de Restrepo (Meta)– el Premio Nacional de Ecología Planeta Azul, que entrega el Banco del Occidente.

Cuidan cada gota

El cuidado del agua en el pueblo es tal que el asesor agrícola de Tiempos de Vida, Félix Mesa, lleva las cuentas de cuánto se ha gastado en cada tanque y las familias permanecen pendientes de sus cuentas por si acaso tienen que medirse.

Y el investigador bogotano Edward Pinzón, quien hace su tesis de maestría en Desarrollo sobre el caso de Emaus, añade que mientras estudios indican que una familia en las ciudades de Colombia consume en promedio 150 litros de agua diarios, en Emaus la cifra apenas llega a los 40 litros.

“Esto no quiere decir que estas familias no necesiten más agua, pero en la situación concreta en la que están, esta cantidad resuelve las necesidades más prioritarias. El panorama, sin embargo, es mejor del que tenían hace unos años”, subraya el académico.

Los días para los campesinos han cambiado. En junio llovió un par de veces, los campos lucen verdes y cientos de mariposas amarillas revolotean cerca de los árboles. Los labriegos cuentan que han viajado a otros pueblos del Atlántico y Bolívar para construir tanques en comunidades que padecen los embates de los días secos, y también para dejar el mensaje que uno de sus vecinos, el campesino Robert Polo, escribió en una canción vallenata que canta mientras trabaja en sus tierras, y que dice: Donde hay vida, es donde hay agua, y donde hay vida hay esperanza...

ALBERTO MARIO SUÁREZ D.
ENVIADO ESPECIAL DE EL TIEMPO
MAGANGUÉ (BOLÍVAR)

 

 

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