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Las confesiones de un bebedor social al volante

Las confesiones de un bebedor social al volante

'No estoy tomado, solo fueron tres tragos', dice tras el accidente.

Soy un hombre de 40 años, peso 75 kilos y mido 1,80. Clasifico entre los llamados bebedores sociales, es decir que tomo pocas veces, en ciertas reuniones, y nunca hasta la embriaguez total.

Una de esas oportunidades se presentó hoy. Son las 9 de la noche y voy rumbo a una cena. Para ponerme a tono, me tomo un trago de whisky antes de salir de la casa. Ya tengo 28 miligramos de alcohol (etanol) por cada 100 mililitros de sangre.

No les voy a negar que me siento relajado, eufórico y desinhibido, así que no lo pienso dos veces para conducir mi carro hasta el restaurante. Noto, sin embargo, que debo hacer dos intentos para introducir la llave en el encendido, pero no le doy importancia. Pongo música, subo el volumen más de lo habitual y eso me distrae.

Siento las piernas algo pesadas y debo apoyar bien los pies sobre los pedales para que no se salgan. Pero estoy confiado: fue solo un trago, no tendré problemas. En eso pienso cuando me doy cuenta de que estoy manejando un poquito más rápido y medio salido del carril. Aunque me abro más en las curvas, en general me siento bien.

Son las 9:50 p.m. cuando llego al sitio de la comida. Me tomo un aperitivo mientras pienso: ‘A ver… un martini no es un trago de verdad’, pero en mi sangre ya hay entre 40 y 50 mg de etanol por 100 ml de sangre.

Si me lo preguntan, diría que apenas estoy entonado. No obstante, cuando una persona me habla me toca mirarla de frente, porque mi visión lateral empieza a disminuir. De pronto me doy cuenta de que hago cosas inusuales: me estoy riendo más duro, pongo los codos sobre la mesa, me siento en confianza con gente que hace 15 minutos no conocía y soy un poco más lento con los cubiertos. Y otra cosa: si siento que me lanzan una crítica, reacciono con brusquedad.

Insisto, me siento bien. Con la comida me tomo una copa de vino tinto, que eleva mi alcoholemia a entre 70 y 80 mg por 100 ml de sangre.

Es jueves y mañana tengo que ir a trabajar. Me ofrecen un pousse-café y digo: “No, gracias… Estoy manejando”. Me despido, me levanto de la mesa y siento que debo abrir un poquito más las piernas para caminar. Por si acaso, me apoyo en el barandal de la escalera para bajar.

Me enfrento al aire frío de la noche y veo que tengo una leve distorsión de las distancias, tanta que tengo que hacer más movimientos de lo normal para sacar el carro del parqueadero. Pero estoy distendido, experimento una sensación de bienestar y confío plenamente en mi pericia al manejar, a pesar de que la mano sobre la barra de cambios como que no coordina con los pies.

Advierto que estoy frenando muy cerca del carro que va adelante… Curioso, pensé que estaba más lejos. Mis ojos no están fijos sobre la vía; luces, ruidos y cualquier movimiento me hacen voltear la mirada. Y en los cruces (qué raro) debo girar la cara por completo para observar qué viene. Los expertos dicen que eso es perder la visión lateral.

‘Estoy confundido’

Experimento un leve hormigueo en las manos, que parecen más pesadas. Mientras pienso en esto caigo en cuenta de que las cosas fuera de mi carro van a una velocidad distinta a la que percibo dentro. Estoy confundido. Aunque agarro el timón con ambas manos, parece que el carro se maneja solo. Y justo en un cruce, a dos cuadras de mi casa, no veo el carro que viene por la derecha. Cuando lo tengo al frente, piso el freno, pero es muy tarde. Todo se oscurece. Cuando recupero el conocimientos, sólo sé que me duele todo el cuerpo y que me cuesta trabajo moverme.

De pronto oigo una voz: “Señor, ¿usted viene tomado?” Y yo le respondo: “No, ¿cómo se le ocurre? Si yo apenas me tomé tres tragos”.

Asesoría: Asociación Colombiana de Sociedades Científicas y Fondo de Prevención Vial (www.fpv.org.co/proteccion/alcohol/6).

CARLOS FRANCISCO FERNÁNDEZ
Asesor médico de EL TIEMPO

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