No, su santidad

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26 de julio 2013 , 07:21 p. m.

 En su viaje al Brasil, el papa Francisco visitó un establecimiento dedicado al tratamiento de las drogodependencias, reclamó un acto de valor de la sociedad contra el narcotráfico y sostuvo que no es la liberalización del consumo de drogas –como se está discutiendo en varias partes de América– lo que podrá reducir la propagación y la influencia de la dependencia química.
Me parece que su santidad está uniendo dos problemas diferentes para darles una misma solución: un acto de valor de la sociedad contra el narcotráfico, sin que hubiera deliberado sobre cuál y cómo debe ser ese acto de valor.

Para mí la legalización o regulación de la producción y el comercio de las drogas hoy prohibidas, acompañada de campañas educativas para disuadir del consumo y del suministro de ayudas médicas a los adictos, sería un acto de valor de la sociedad, pues les quitaría el negocio a los traficantes y controlaría el suministro de las drogas a los consumidores, y con la ayuda médica a los adictos asumiría el deber que los Estados tienen de promover el bienestar de los asociados.

La política prohibicionista basada en combatir el estadio de la oferta de drogas (producción y comercio) mediante la destrucción de cultivos, laboratorios y medios de transporte, la confiscación de bienes, la prisión o extradición de los traficantes, y otras medidas punitivas, se suponía que darían lugar a una disminución sustancial de las drogas y a un aumento de precio que ocasionaría una disminución del consumo.

Y por el lado del consumo, la criminalización de los usuarios contribuiría a esa disminución. Ni lo uno ni lo otro lo ha logrado la prohibición: destruida una organización de traficantes inmediatamente surge otra que la reemplaza; el negocio es tan rentable que las destrucciones y confiscaciones de bienes les permite a sus dueños reemplazarlos de manera casi inmediata, y así esas medidas no han disminuido las drogas en el mercado ni los precios han aumentado sino que, por el contrario, cosa increíble, han disminuido. Y la criminalización de los consumidores solo ha servido para destruir hogares y personas sin que haya tenido efectos disuasorios.

Continuar con dicha estrategia prohibicionista, a la luz de su fracaso, parece cosa de locos.

Y la legalización o regulación que se propone no es la liberalización del consumo sino, por el contrario, su regulación; drogas más limpias (los expertos alegan que parte de las consecuencias nefastas en la salud de los consumidores bajo el régimen actual es el agregado de materias nocivas que los traficantes añaden para aumentar el volumen de lo que venden), supervisión del expendio de las drogas, prohibición de alentar el consumo mediante la propaganda, medidas de salud pública, y tantas otras condiciones que permitirían un mercado pacífico y no violento como el actual.

Así las cosas, la legalización o regulación y la educación y el suministro de ayudas médicas no es lo que puede reducir la propagación y la influencia de la dependencia química, pero sí contribuiría a su control médico y en muchos casos a sanar al adicto.

No todo el que consume una de las drogas hoy prohibidas se vuelve adicto a ellas, pero como siempre hay la posibilidad de que ello ocurra esto, con mensajes serios y apropiados, y la ayuda de padres y amigos, tiene que disuadir, especialmente a los jóvenes, de exponerse a caer en el infierno de una adicción. Todo usuario de una de esas drogas lo que hace es jugar a la ruleta rusa cuyo disparo fatal es la caída en la adicción.

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