Lágrimas de alegría y dolor

Lágrimas de alegría y dolor

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23 de julio 2013 , 06:00 p. m.

 Con mucha dificultad podrán darse episodios que describan mejor los contrastes y afinidades característicos de nuestra desigual sociedad, que los ocurridos el fin de semana pasada en Francia y en las conflictivas regiones de Arauca y Caquetá.
Como universitario, invitado por mi condiscípulo Julio Piña, conocí a Cómbita (después asociado a una prisión para extraditables), un frío pueblito boyacense de campesinos con ruana y jipa, más una pesada tradición religiosa y conservadora. Ahora, un vigoroso joven nativo de esa hermosa región hizo vibrar al país y llorar de alegría aun a quienes no lo conocían, al obtener, por su propio esfuerzo, contundente victoria en la prueba ciclística más importante del mundo.

Ha sido este, sin duda, un triunfo de la juventud colombiana, gracias al tesonero esfuerzo de este muchacho, que en otras circunstancias habría podido ser víctima, como los soldados caídos en Arauca y Caquetá, de la maldad demencial en que se empecinan los insurgentes.

Nairo no tuvo un Estado que descubriera su talento y lo estimulara. Ni una sociedad que se ocupara de formarlo y ayudarle a desarrollar sus capacidades. Ni siquiera en el ciclismo heredó nada. No es pariente de glorias del pedalismo, como Ramón Hoyos, ‘Pajarito’ Buitrago, Rubén Darío Gómez, Pedro J. Sánchez, ‘Cochise’ Rodríguez, Lucho Herrera o sus paisanos Rafael A. Niño y Miguel Samacá, entre muchos.

Cuántos Nairos no podríamos tener en los distintos órdenes (letras, ciencia, política) si la sociedad no fuera tan cerrada como escribió Yolanda Reyes en este diario.

Los padres de Nairo, humildes campesinos boyacenses, no podían creer semejante hazaña; sus lágrimas eran de incredulidad, pero ante todo de alegría. Pero en el lado opuesto, la guerrilla, en torpe actitud frente a un gobierno que desde Betancur ha sido el más generoso buscando la paz, sorprende a un capitán (también hijo del pueblo) y a unos jóvenes soldados en estado de indefensión causando con su muerte dolor y desazón inconsolables en humildes hogares.

¿Quiénes cree la guerrilla que integran nuestras Fuerzas Militares y de Policía? ¿Cuántos de ellos están en la guerra (como soldados) porque el contacto permanente con la muerte fue la única opción de vida que les dejó el sistema? ¿Quiénes son esos padres, hermanos, viudas y huérfanos que dejan los soldados? ¿Alguna vez han visto las imágenes de los familiares que lloran a los jóvenes muertos? ¿Cómo persisten en una guerra absurda, causando tanto dolor al pueblo que dicen defender? ¿Cuántos de esos muchachos no hubieran escogido otra opción si esta sociedad cerrada se lo hubiera permitido?

En medio de semejante tragedia (que aún no captamos en su pavorosa dimensión), no es casual que hablando ante el Congreso el 20 de julio el presidente Santos, con vehemencia y pasión, dijera que su prioridad es conseguir la paz.

No se puede seguir estimulando esta guerra –a veces por razones coyunturales– en la que caen casi siempre los hijos de los pobres, unas veces como guerrilleros y otras como soldados. Los unos por cuenta de la ilegalidad. Los otros, defendiendo el estado de Derecho. Santos tiene la gran visión histórica de comprender que no hay tarea más prioritaria que parar esta absurda guerra. ¡Cuántas familias destrozadas! ¡Cuántas vidas truncadas!

Necesitamos acabar la guerra para que millones de Nairos dediquen su talento a construir esta nación des de el conocimiento, la cultura y el deporte. No es justo seguir entregándolos a sus familias en ataúdes cobijados con la bandera de Colombia.

El destino de nuestros Quintanas debería ser la gloria que todo héroe quiere abrazar, entre el júbilo colectivo, en los Campos Elíseos. O aquí, en su tierra nativa.

@gomezmendeza

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