El delfín del Lago de Tota

El delfín del Lago de Tota

Boyacense podría ganar Récord Guinness luego de nadar durante seis horas en el Lago de Tota.

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22 de julio 2013 , 09:15 a.m.

Ha llegado. Cansado y casi sin aire, ha llegado Gustavo Cáceres luego de nadar 13 kilómetros en las heladas aguas del Lago de Tota. Se intenta poner de pie en la orilla, pero las olas lo hacen tambalear y apenas puede caminar hacia donde el público lo aplaude por su hazaña.

Gustavo Cáceres es un sogamoseño que desde los 4 años encontró en la natación su profesión. Participó desde muy niño en torneos infantiles y actualmente tiene una escuela de natación llamada Delfín Azul donde enseña a nadar a los lugareños desde hace más de 30 años.

“Creo que son inclinaciones o cosas que nacen con uno. De mi familia, de los ocho hermanos al único que le dio por la natación fue a mí”, dice Gustavo sentado en un banca de un parque.

Inició nadando ríos y piscinas, pero su apetito por nuevos retos lo llevó a pensar lo inimaginable: nadar el lago de Tota. Esta es su cuarta travesía, la más larga porque atraviesa el lago a lo largo y busca alcanzar un Récord Guinness como el primer y único colombiano en lograr nadar esa distancia en un lago de 3.015 metros sobre el nivel del mar.

Para esto duró entrenándose varios años, realizando pequeños recorridos de 6 a 7 kilómetros donde aprendió a adaptarse a la temperatura de 6°C del agua. Utiliza, por supuesto, un traje especial de neopreno de medio milímetro para poder soportar el frío. Pero las molestias no faltan, en la anterior travesía se demoró más de seis horas en el agua, tuvo hipotermia y ya se acostumbró a los calambres que traen el rigor físico y las bajas temperaturas.

Sin embargo, pese a que esta travesía es la más difícil de todas, Gustavo no tiene miedo. El día anterior, disfrutaba la primera comunión de su sobrina. No toma, ni fuma y a lo único que le tiene miedo es a su esposa cuando está de mal genio, afirma riendo.

¿Pero por qué un hombre se atreve a realizar este esfuerzo sobrehumano en el lago? “Estas travesías las hago porque estamos buscando que la gente conozca nuestra región como sitio turístico. Pero también para hacer un llamado de atención en la preservación de la cuenca del Lago de Tota”, afirma.

Antes de seguir, consulta muy bien sus palabras, sabe que el Lago de Tota está inmerso en una lucha política de la que él, afirma claramente, no quiere hacer parte. Su esposa lo guía en las respuestas. “Lo que pasa es que en el Lago de Tota encontraron petróleo y la gente no quiere cambiar petróleo por agua”. “Yo no estoy buscando dinero, no estoy buscando popularidad. Simplemente soy un ciudadano que ve la situación del Lago de Tota y con mi esfuerzo que es la natación quiero aportar para darla a conocer”.

El Lago de Tota es el lago más grande de Colombia y el segundo más alto de Sudamérica. Sus aguas verdes hacen creer a quien lo observa que ha llegado a una costa y que lo que hay allí es un mar que se arrulla con el viento helado que quema las mejillas de los campesinos. Rodeado de casitas de adobe, donde hay sembradíos de habas, papa y cebolla larga, el Lago de Tota almacena 45% del agua total que tiene Colombia entera en lagos y lagunas naturales.

Toda la cuenca del Lago de Tota es un páramo. Solo cinco países en el mundo tienen ecosistemas de páramo, que son fundamentales para la producción y regulación de las fuentes de agua. Colombia es el que más tiene, sobre todo en el departamento de Boyacá y principalmente en la provincia de Sugamuxi, donde está ubicado el Lago de Tota.

Tiene casi 2.000 millones de metros cúbicos que abastecen a 7 municipios. Desde el 2007 es un sitio AICA/IBA (Área Importante de Conservación de Aves), con 116 especies registradas, 7 de ellas endémicas, o que únicamente se pueden encontrar allí. El año pasado recibió el Premio Globo Gris por la Red Mundial de Humedales adscrita a la convención Ramsar, considerando que el humedal está bajo amenaza. El premio no es para celebrar sino para hacer un llamado de atención.

Las amenazas sobre el lago son múltiples: El cultivo de cebolla larga a las riberas, que produce el 90% del total en el país, le ha robado terreno al lago que también se ve afectado por los pesticidas que usan. La piscicultura de trucha en jaulones. Las aguas negras de los acueductos de los pueblos lindantes. Las siderúrgicas que usan su agua para enfriar el acero. Y la última, la exploración sísmica para hallar petróleo o gas por parte de la multinacional Maurel & Prom.

A las 8 de la mañana del domingo 21 de julio del 2013, Gustavo Cáceres salió nadando del lugar llamado Llano de Alarcón. Alzó un brazo diciendo nos vemos pronto e inició con brazadas largas y rápidas acompañado de dos lanchas donde iban los paramédicos, el guía y su esposa.

El día no es bueno. Sobre las montañas se asientan unas nubes que pronostican un aguacero. El viento de agosto hace que el oleaje sea muy fuerte. Poco a poco se pierde en el horizonte del espejo de agua. “Yo tengo 50 años y voy a nadar hasta los 60,70, 80, 90 años. Hasta ahora estoy empezando a nadar” afirma Gustavo.

Pese a su edad, parece un niño en el agua con su traje negro y las gafas de natación. Las olas se lo tragan de vez en cuando y aparece en otro lado. Está nadando en contra del viento y por eso esta travesía es la más difícil. Los remolinos que producen las corrientes están fuertes y Gustavo dura un tiempo nadando en círculos hasta que logra vencerlos a punta de fuerza para seguir rumbo a Playa Blanca.

Al otro lado lo espera un público pequeño, su familia y sus amigos que lo aplauden. Gustavo anda despacio sabe que va a llegar y que no puede desesperarse. De pronto, sus pies tocan fondo y levanta los brazos como un triunfador.

“Fue una experiencia muy dura, no pensé que tuviera todo el tiempo el viento en contra. Cuando se encuentran los vientos, por más que le dé uno no lo deja avanzar. No es nada fácil, seguro que no es nada fácil” dice Gustavo, con la piel quemada del frío.

Ha llegado. Cansado y casi sin aire ha llegado Gustavo Cáceres después de seis horas nadando sin parar. Su esposa lo abraza con lágrimas en los ojos, su padre lo saluda como si acabara de llegar de un viaje en bus. “¿Cómo le fue?”, Gustavo no esconde su emoción y sobre un podio se toma fotos y firma autógrafos como un héroe chiquitito que a punta de brazadas quiere demostrarle al mundo lo que debería ser evidente: “El agua es vida y hay que protegerla”.

JOSÉ BÁEZ G
Redacción ELTIEMPO.COM

 

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