Editorial: Lo que no nos cuesta...

Editorial: Lo que no nos cuesta...

04 de julio 2013 , 08:18 p.m.

Eso es lo que reza el refrán popular: lo que no nos cuesta volvámoslo fiesta. Y es exactamente lo que viene ocurriendo –no de ahora, sino de siempre– con los bienes públicos de las ciudades, que se han convertido en objeto del feroz ataque de vándalos, que todo lo arrasan sin que ningún programa oficial, ni reclamo ciudadano, ni norma legal hagan mella sobre sus acciones.

En Bogotá, eso es cada vez más evidente. Ya se trate del mobiliario urbano, de una pared limpia o de una obra de valor histórico, el atentado contra estos se consuma sin el mayor asomo de vergüenza y sin reparar en el daño estético que se le hace a la capital, o en el costo que tendrán que pagar no otros, sino los propios capitalinos.

Informó este diario recientemente que a la fecha hay 40.000 señales de tránsito averiadas por culpa de manos criminales; este año se han robado 3.300 elementos que hacen parte de la infraestructura de la Empresa de Acueducto y Alcantarillado; cada mes se registran 300 vidrios rotos en los paraderos de buses, y cada año se hurtan unas 5.000 luminarias del alumbrado público.

Para no hablar del desmadre de los grafitis antiestéticos, de mal gusto, que no respetan monumentos, ni fachadas de cementerios, ni bibliotecas, ni residencias familiares. Muy distintos de los que se aprecian en los lugares destinados a tal fin. O de los carteles publicitarios, la mayoría no autorizados y generadores de contaminación visual. O de los robos de cobre contra la Empresa de Telecomunicaciones: 748 casos en lo que va corrido del año, valorados en 300 millones de pesos.

Cuando se suma el costo que representa para el erario recuperar bienes que son de todos los ciudadanos se entienden las dimensiones del vandalismo rampante que golpea a la ciudad. La sola rehabilitación de las señales –dispuestas para proteger la integridad de las personas– puede costar 1.000 millones de pesos al año; recuperar las luminarias vale otros 350 millones de pesos; reponer alcantarillas y demás, 500 millones adicionales.

Para una urbe con inmensas necesidades, tales cifras constituyen un desangre que debe cauterizarse. Y ahí es donde está el desafío, pues no bastan los códigos de policía ni los operativos callejeros o el endurecimiento de las sanciones. La verdadera solución está en el comportamiento ciudadano, en una pedagogía que invite a dimensionar el significado del daño que se ocasiona y sus consecuencias en la sociedad.

Hace poco, el Instituto Distrital de Turismo registraba con orgullo la exhibición de varios paneles informativos para que los turistas pudieran disfrutar de sectores emblemáticos como La Candelaria y el Centro Internacional. Pues resulta que de 75 señales instaladas, 53 fueron objeto de grafitis, calcomanías y destrucción total o parcial.

Hacerle daño a Bogotá, como en este caso, es hacernos daño a nosotros mismos, como seres que por necesidad debemos convivir en un mismo espacio.

Hay que abogar mucho más por el sentido de pertenencia en el territorio que habitamos. El hecho de formar parte de una sociedad multicultural no significa que no nos importe lo que en ella suceda.

Por lo mismo, tampoco es aceptable, desde ningún punto de vista, que sea mediante la destrucción de los elementos que hacen de las ciudades un mejor lugar para vivir la manera de protestar, cuando de sobra se sabe que se trata de mero vandalismo y pillaje.

Llegaste al límite de contenidos del mes

Disfruta al máximo el contenido de EL TIEMPO DIGITAL de forma ilimitada. ¡Suscríbete ya!

Si ya eres suscriptor del impreso

actívate

* COP $900 / mes durante los dos primeros meses

Sabemos que te gusta estar siempre informado.

Crea una cuenta y podrás disfrutar de:

  • Acceso a boletines con las mejores noticias de actualidad.
  • Comentar las noticias que te interesan.
  • Guardar tus artículos favoritos.

Crea una cuenta y podrás disfrutar nuestro contenido desde cualquier dispositivo.