Del amor y otros demonios de López

Del amor y otros demonios de López

Michelsen dedicó sus últimos años a trabajar por un acuerdo humanitario.

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29 de junio 2013 , 10:19 p.m.

Para muchos resulta extraño que el expresidente Alfonso López Michelsen dejara sus estudios de derecho en la Universidad del Rosario para continuarlos en Chile, en los años en que su padre gobernaba el país. Cualquiera podría pensar que ese fue el motivo de la determinación, pero la verdadera razón fue Lucía, su primera novia, quien mucho tuvo que ver en el cambio de domicilio del joven universitario.

En sus memorias, la describe como coqueta, dice que siempre lo llamó con diminutivos y que le mandaba por carta besos apasionados “en memoria de un amor que llenó de sinsabores a los míos e influyó en forma decisiva para que yo dejara mis estudios en el Rosario y acabara en la Universidad de Chile (…). Bien pronto mis estudios de derecho se vieron afectados por el constante sobresalto en que yo vivía. Dormía mal y me fui habituando a consumir toda clase de pastillas hipnóticas para conciliar el sueño”.

Lucía lo echó, le rechazó unas flores y le hizo saber que estaba enamorada de otro pretendiente, de nombre Jaime Vélez. “Fueron dos semanas infernales, en las que rehusaba pasar al teléfono o aceptar invitaciones de comunes amigos. Por cierto que, en más de una ocasión, la persona que me sirvió de intermediaria fue la propia Cecilia Caballero, recién llegada de Europa y con quien yo tenía una relación de amistad muy estrecha”.

El novio, engañado y decepcionado, viajó a Chile, mientras el episodio de Jaime y Lucía duró apenas un par de semanas y él, López, resultó amigo por muchos años de su rival. “Lo asistí en una enfermedad que lo tuvo al borde de la muerte, y, como si fuera poco, viví su suicidio, anunciado con 48 horas de anticipación”, dice.

Hasta su propio padre, el presidente López Pumarejo, se mostraba preocupado por el futuro y la situación anímica de su hijo, tanto que en una carta, tras recordarle la frase de Óscar Wilde de que “el último amor es siempre el primero”, le comenta: “Tú proyectas quedarte un año en Santiago de Chile, y ojalá lo hicieras, pero tampoco puedo contar con que Lucía te dejará estudiar allá tranquilamente”.

El viaje a Chile lo hizo en barco y en este se encontró con una joven de 17 años, Olaya Errázuriz. Su padre regresaba con ella de Italia a Chile después de haberse desempeñado como diplomático. A esa familia chilena y, por supuesto, a la joven, López las había conocido en París, en donde varios de ellos fueron sus condiscípulos en el Liceo Pascal. Relata: “Olaya había dejado Chile muy niña y regresaba llena de ilusiones (…). Simpatizamos de inmediato, sin que nunca existiera entre los dos una relación amorosa, aunque sí tuve el privilegio de contarla entre los grandes afectos de mi vida”.

Olaya se casaría con Radomiro Tomic, con quien tuvo nueve hijos. Fue cofundador de la Democracia Cristiana chilena y candidato presidencial para suceder a Eduardo Frei. La suerte no lo favoreció cuando se enfrentó a Salvador Allende.

Relata López en sus memorias que era impresionante el parecido de Olaya con Cecilia Caballero. “Cuando era embajador en Washington Carlos Sanz de Santamaría les sugirió que se dejaran fotografiar juntas. El parecido en el retrato es tan grande que era difícil distinguirlas. En otra ocasión, cuando asistíamos a la posesión del presidente venezolano Luis Herrera Campíns, llegó Cecilia a pedir la llave de su habitación y le entregaron la de los Tomic juzgando que se trataba de Olaya”.

Hay la versión de que doña Olaya guardaba gratos recuerdos de López –quien ya se hallaba en Bogotá– y alguna esperanza tenía en unir sus vidas, pero una amiga le recomendó que no esperara más a ese colombiano, que mejor se casara con Radomiro porque “él va a ser presidente del Chile”.

Historia en otro barco

Pasaron 70 años y a finales de abril del 2007, también en un barco, comenzó otra historia. Allí viajaba Carlos Lleras de la Fuente con su familia en un crucero por Europa. Por cosas del destino, en la misma embarcación iba también Amaya Tomic Errázuriz, hija de doña Olaya. Ella, al sentir el acento de un grupo, supo su nacionalidad y, naturalmente, preguntó por López Michelsen, el amigo de su madre. Le informaron y ella aprovechó para escribirle al “querido Alfonso”.

“Digamos –dice la carta de la cual fue portador Lleras– que cada tanto el mundo nos recuerda lo pequeño que es. He conocido en este viaje a Carlos Lleras y a su señora, y se me ocurrió preguntar por usted. La señora de Lleras me contó no solo que usted estaba muy bien, sino que además vivían muy cerca en Bogotá. Por otra parte, justo antes de salir de viaje, le pregunté a mi mamá si había vuelto a saber de usted y me contestó que no. Ella está bastante bien, aunque ya no camina sola debido a un accidente vascular”.

El 4 de junio, López le contestó relatándole cómo conoció a su madre, cómo, a pesar de no tener relación directa con ella, vivía permanentemente informado de su salud, y al mismo tiempo se lamentaba de no haber podido visitarla en Chile, pero confiaba “en que, tarde o temprano, se cruzarán nuestros caminos, como acaba de ocurrirles a ustedes con mis compatriotas”.

La carta de López solo llegó a su destino el 10 de julio del 2007. Amaya pretendió contestarle para relatarle al expresidente la sorpresa de su madre cuando le contó de su encuentro en el barco. Pero no pudo porque, cuando se disponía a hacerlo, se enteró de la muerte de López. Le tocó conformarse con escribirle a su nuevo amigo colombiano, Carlos Lleras de la Fuente.

Le relata: “Le conté (a mi madre) de mi encuentro con ustedes en el barco (…). Ese día martes debía reunirme con mis hermanos en su casa y, por supuesto, llevé la carta de Alfonso y la leí en voz alta. Para qué decir que mi madre estaba feliz. Uno de mis hermanos, Felipe, debía viajar por razones de trabajo a Bogotá y, al comunicarse con alguna persona allá, le pidió que le concertara una cita con el expresidente. Esto sucedió el viernes 13 de julio. Me llamó de inmediato para contarme que ese mismo día se llevaría a cabo su funeral”.

La familia decidió no darle a doña Olaya la noticia. “Es mejor –dice su hija– que ella crea que su buen amigo aún vive y la recuerda en Colombia”. Ella, Olaya, aún vive, goza su viudez con sus hijos, nietos y bisnietos. Y quizá con el recuerdo de su amigo Alfonso, de quien pensará, si hace cuentas, que por estos días cumple 100 años.

ÓSCAR ALARCÓN NÚÑEZ
Abogado y periodista, autor de la columna ‘Microlingotes’ de la revista ‘Semana’.
Para EL TIEMPO

 

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