Cien años del último de los grandes

Cien años del último de los grandes

Enrique Santos Calderón evoca la figura de López Michelsen en el centenario de su nacimiento.

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29 de junio 2013 , 10:18 p.m.

Hoy (domingo), hace 100 años, en una Bogotá aún recatada y pacata, nació Alfonso López Michelsen. El hijo del presidente Alfonso López Pumarejo, gestor en los años 30 de la mayor revolución social en la historia de Colombia. El nieto del banquero Alfonso A. López, protagonista a comienzos del siglo XX de la primera gran quiebra bancaria del país. El bisnieto del sastre Ambrosio López, miembro de las ligas de artesanos radicales que en 1849 llevaron a la Presidencia a José Hilario López, el mandatario que abolió la esclavitud, suprimió la pena de muerte e instauró el sufragio universal.

La historia de la familia López se entraña, pues, con la de la Colombia del último siglo y medio. Y también, de alguna manera, con la familia mía –la de los Santos–, ambas involucradas con el poder y la política nacional en los últimos 80 años. López Pumarejo y Eduardo Santos se sucedieron de 1934 a 1942 en la Presidencia de la República y encarnaron las dos vertientes del liberalismo colombiano de esa época. López Pumarejo, la del izquierdismo de la Revolución en Marcha; Santos, la más moderada del centrismo republicano. Inevitable, entonces, que esta evocación de López Michelsen tenga un tinte personal y anecdótico.

Cuando yo andaba por los 15 y López por los 45, en mi casa no se hablaba bien de ‘Alfonsito’. Se había lanzado a la política en 1958 contra el recién creado Frente Nacional, había fundado el Movimiento Revolucionario Liberal (MRL), hervidero de comunistas y renegados del gran Partido Liberal, y era señalado, además, como responsable de la renuncia de su papá a la Presidencia, en 1946, por el escándalo político que desataron sus pretendidos negocios como ‘hijo del Ejecutivo’. (Lea también: Del amor y otros demonios de López)

Era lo que yo escuchaba de López Michelsen en los ámbitos ‘políticamente correctos’ de entonces. Ya en los agitados años universitarios de los 60, la figura de López y el MRL me parecieron, por el contrario, un saludable fenómeno de rebeldía contra un pacto bipartidista que excluía a las demás fuerzas políticas. Y en los años 70, López Michelsen ganó la Presidencia como candidato oficial del Partido Liberal y yo fundé con un grupo de amigos la revista Alternativa, que practicó una dura oposición de izquierda al gobierno de quien consideramos había renegado de sus postulados revolucionarios para integrarse al sistema que tanto combatió (como nos sucedió después a muchos).

Fiel a un talante liberal que siempre lo acompañó, López nunca propició medida alguna contra la revista que lo fustigó sin contemplaciones durante los cuatro años de su gobierno. Es más, para su último número le concedió una extensa entrevista, en la que no ahorró críticas a la incomprensión y sectarismo de la izquierda. Comprensibles, por lo demás. Legalizó la central sindical comunista, CSTC, que al otro día se convirtió en su más dura adversaria. Nombró a un rector de izquierda en la Nacional, Luis Carlos Pérez, que acabó aliándose con la oposición marxista. Estableció relaciones con Cuba y nadie lo defendió de los ataques de la derecha. Propuso una audaz reforma tributaria que izquierdistas e industriales de la Andi acabaron atacando por igual.

El centenario de su nacimiento es la ocasión propicia para recordar la vida y obra de una de las figuras más sobresalientes de la política y el pensamiento colombianos de los últimos tiempos. En alguna ocasión escribí que López era “el último de los grandes”. Vale decir de aquellos ya muy escasos dirigentes en los que se han combinado la política y las letras; el estadista y el humanista, la visión global de los asuntos mundiales y el dominio minucioso de los problemas locales.

Para López, la política era la movilización de ideas renovadoras, más que de electores cautivos. Su desdén por la política menuda y la forma siempre irónica como lo expresaba le causaron no pocas querellas y sinsabores personales.

Murió en su ley

Dueño de una mente aguda y polémica, López fue protagonista de primera línea de la reciente historia nacional. Ya sea a través de sus audaces iniciativas políticas, o de sus análisis eruditos de problemas jurídicos o económicos, o de sus interpretaciones irreverentes de fenómenos políticos y sociales, dio muestra hasta el final de sus días de un infatigable activismo intelectual.

Prueba de ello fueron la columna que todos los domingos escribió durante más de 15 años para este diario (con el cual también polemizó en las épocas del MRL); las conferencias y entrevistas que semanalmente daba; los innumerables prólogos que escribió sobre temas de toda índole. Como dijo el editorial de EL TIEMPO a raíz de su muerte, en el 2007: “Nunca tomó vacaciones ni pidió tregua en la tarea de pensar, opinar y escribir. Murió en su ley. Hasta el último momento estuvo intelectualmente activo. Al punto de que dejó a medio escribir la columna que estaba preparando para este domingo”.

La actividad política de López comenzó ‘a la sombra’, durante el primer gobierno de su padre, cuando le escribía discursos y textos fundamentales, que muchos atribuían a la pluma de Alberto Lleras. Su fase pública se inició años después, en 1958, como impugnador del Frente Nacional y fundador del MRL, que incubó la izquierda radical de los años 60 y logró un significativo respaldo electoral entre los sectores que rechazaban la alternación. Hasta que se dividió entre una línea ‘blanda’ y una ‘dura’, opuesta esta última a cualquier colaboración burocrática.

López se identificó más con los blandos, y en un célebre discurso en 1965 se bajó del tren de la revolución que se suponía él conducía; se despidió de los radicales de su movimiento (“ahí les dejo la sigla”, dijo con típico sarcasmo) y se declaró un “burgués progresista”. Poco después se reintegró a las toldas del Partido Liberal, durante el gobierno de Carlos Lleras, con la condición de que sus propuestas fueran tenidas en cuenta. Y así sucedió en la reforma constitucional de 1968, aunque su idea de una “pequeña constituyente” para reformar la justicia solo se logró en la Constitución del 91. Pero lo cierto es que figuras jurídicas como la Corte Constitucional y la tutela, cuya paternidad varios se disputan, las propuso López mucho antes.

Ganador por amplia mayoría de las presidenciales de 1974 y derrotado por Belisario Betancur cuando quiso repetir, en 1982, estuvo rodeado siempre de polémica, producto de su talante inquisitivo y rebelde, condimentado con un ácido sentido del humor y un espíritu provocador, que gozaba con las vanidades que ofendía y las controversias que armaba.

Inclusive con mandatarios que promovió y luego cuestionó. Como César Gaviria, a quien acompañó como candidato y luego enjuició por la Asamblea Constituyente y la apertura económica. O Ernesto Samper, a quien apadrinó desde sus inicios en la política hasta que estalló el narcoescándalo del proceso 8.000. O Álvaro Uribe, cuya candidatura presidencial respaldó y con quien después rompió por temas varios, entre ellos el del acuerdo humanitario. Habría que preguntarse cómo hubiera terminado su relación con Juan Manuel Santos, quien siempre estuvo muy cercano a sus afectos.

La vida de López fue una parábola política fascinante, llena de triunfos y reveses. Y también de estigmas, como el del escándalo de la Handel, durante el segundo gobierno de su padre, al que sus enemigos le atribuyen la caída del liberalismo en 1946 y que lo acompañó como un sino fatal durante muchos años.

Internacionalista y visionario

Pocos presidentes han tenido una visión y conocimiento de asuntos internacionales comparables a los de López Michelsen. Su gobierno fue en este campo tan audaz como imaginativo: renunció a la ayuda económica de EE. UU., reanudó relaciones con Cuba, fue pieza clave en la firma del tratado que permitió que Panamá recuperara la soberanía sobre la zona del Canal, defendió la presencia de China en el Consejo de Seguridad de la ONU.

Fue visionario en lo referente a la necesidad de que Colombia definiera sus fronteras marítimas en el Caribe y el Pacífico. Cuando apenas se discutían los temas novedosos que concluyeron con la Convención de los Derechos del Mar, López –como canciller y como presidente– concluyó tratados que lo llevaron a afirmar que en su gobierno “Colombia había duplicado su territorio”. Habría que ver qué diría hoy tras el fallo de La Haya.

Su gobierno, pese a avances en aspectos como matrimonio civil, derechos civiles y de la mujer, política sindical e internacional y seguridad alimentaria, no llenó las expectativas de cambio que había creado su arrollador triunfo electoral y su trayectoria en el MRL.

Lo que siempre me sedujo de López Michelsen, para volver a lo anecdótico, fue su personalidad multifacética, contradictoria y compleja. Desconcertante, displicente, atípico, irónico, relativista, escéptico, culto como pocos y superficial como tantos, distante y a la vez cálido, exigente con las personas e inconforme con las cosas, experto en sacarse clavos políticos y maestro en chismes sociales. Todo esto y mucho más fue este personaje sutil, heterodoxo y cautivador.

Lo entrevisté en distintas ocasiones y nunca dejaron de impresionarme su agudeza y su capacidad para la frase original o la indirecta cáustica. La última entrevista que le hice duró varios días y produjo en el 2001 el libro Palabras pendientes.Allí, a sus 88 años, advirtió con premonitoria lucidez sobre los peligros de la politización de la justicia, la inequidad social, la concentración del crédito bancario, el fenómeno paramilitar, la descomposición institucional, entre otros. En un epílogo del libro escribió que era “un texto con el cual estaría dispuesto a comparecer, en paños menores, delante de Dios”.

Murió seis años después, recién cumplidos los 94. Pendiente, hasta el último aliento, de como iba este país que amó y conoció como pocos.

Siete momentos claves de su vida política

Los años del MRL

Fundó el Movimiento Revolucionario Liberal (MRL) en 1960, una disidencia del liberalismo que se oponía a la alternación bipartidista en el poder. Fue elegido representante a la Cámara por ese movimiento y aspiró a la Presidencia en 1962, pero fue ampliamente derrotado por el conservador Guillermo León Valencia.

Gobernador ‘costeño’

Tras su regreso a las toldas del liberalismo, en 1967 fue nombrado por el presidente Carlos Lleras Restrepo primer gobernador del Cesar. Durante su paso por el cargo fundó, junto con Consuelo Araújo Noguera y Rafael Escalona, el Festival de la Leyenda Vallenata.

Mandato presidencial

Fue elegido Presidente para el período 1974-1978. Se impuso al conservador Álvaro Gómez Hurtado. Durante su mandato, el país vivió una bonanza cafetera, pero a su vez altos niveles de inflación; las mujeres accedieron a la carrera militar y se creó el Incora. Enfrentó un paro nacional que lo obligó declarar el estado de sitio.

Reelección fallida

En 1982 fracasó en su intento de ser reelegido. Fue derrotado en las urnas por el conservador Belisario Betancur. El resultado fue fruto de la división en las filas liberales.

Una polémica reunión

En 1984 se reunió con los cabecillas del cartel de Medellín en Panamá. Los narcos le enviaron a través de él un mensaje al Gobierno en el que le ofrecían someterse a la justicia a cambio de que la extradición comenzara a aplicarse después de su entrega y sin retroactividad. El acuerdo no se concretó.

El regreso del trapo rojo

A finales del 2005, con más de 90 años, sorprendió a su partido y al país: sacó del baúl el trapo rojo y se lanzó de nuevo a la plaza pública para apoyar la candidatura presidencial de Horacio Serpa y a los candidatos regionales del liberalismo.

Su última batalla

Dedicó los últimos años de su vida a trabajar por un acuerdo humanitario que permitiera el regreso de los secuestrados por la guerrilla a sus hogares.

También escritor

Alfonso López Michelsen también se dedicó a la literatura a través la novela y el ensayo político y jurídico. Entre sus obras se destacan ‘Los elegidos’ (novela, 1953) y ‘La estirpe calvinista de nuestras instituciones políticas’ (ensayo, 1966).

ENRIQUE SANTOS CALDERÓN
Para EL TIEMPO

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