Turquía, Brasil y sus protestas...

Turquía, Brasil y sus protestas...

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29 de junio 2013 , 08:22 p.m.

Primero fue Túnez, luego, Chile y Turquía. Y ahora, Brasil. ¿Qué tienen en común las protestas callejeras en países tan diferentes? Varias cosas…

1) Pequeños incidentes que se hacen grandes. En Túnez, todo empezó cuando un joven vendedor ambulante de frutas no pudo soportar más el abuso de las autoridades y se inmoló prendiéndose fuego. En Chile fueron los costos de las universidades. En Turquía, un parque, y en Brasil, la tarifa de los autobuses. Para sorpresa de los propios manifestantes –y de los gobiernos– esas quejas hallaron eco en la población y se transformaron en protestas generalizadas sobre cuestiones como corrupción, desigualdad, alto costo de la vida o la arbitrariedad de las autoridades que actúan sin tomar en cuenta el sentir ciudadano.

2) Los gobiernos reaccionan mal. Ninguno de los gobiernos de aquellos países fue capaz de anticiparlas. Al principio tampoco entendieron su naturaleza ni estaban preparados para afrontarlas eficazmente. La reacción común ha sido mandar a los agentes antidisturbios a disolver las manifestaciones. Algunos gobiernos optan por sacar al ejército a la calle. La principal sorpresa de las protestas es que ocurren en países económicamente exitosos.

3) Las protestas no tienen líderes ni cadena de mando. Las movilizaciones rara vez tienen una estructura organizativa o líderes claramente definidos. Eventualmente destacan a algunos y son designados por los demás como los portavoces.

4) No hay con quién negociar ni a quién encarcelar. La naturaleza informal, espontánea, colectiva y caótica de las protestas confunde a los gobiernos. ¿Con quién negociar? ¿A quién hacerle concesiones para aplacar la ira en las calles? ¿Cómo saber si quienes aparecen como líderes realmente tienen la capacidad de representar y comprometer al resto?

5) Es imposible pronosticar las consecuencias. Ningún experto previó la primavera árabe. Hasta poco antes de su súbita defenestración, Ben Alí, Gadafi o Mubarak eran tratados por analistas, servicios de inteligencia y medios de comunicación como líderes intocables, cuya permanencia en el poder daban por segura. Al día siguiente, esos mismos expertos explicaban por qué la caída de esos dictadores era inevitable. De la misma manera que no se supo por qué ni cuándo comienzan las protestas, tampoco se sabrá cómo y cuándo terminan, y cuáles serán sus efectos. En algunos países, las movilizaciones han derrocado gobiernos. Este último no será el caso de Brasil, Chile o Turquía. Pero el clima político ya no es el mismo.

6) La prosperidad no compra estabilidad. La principal sorpresa es que las protestas ocurren en países económicamente exitosos. Todos ellos tienen hoy una clase media más numerosa que nunca. ¿Y entonces? ¿Por qué tomar la calle para protestar en vez de celebrar? La respuesta está en un libro que el politólogo estadounidense Samuel Huntington publicó en 1968: El orden político en las sociedades en cambio. Su tesis es que en las sociedades que experimentan transformaciones rápidas, la demanda de servicios públicos crece a mayor velocidad que la capacidad de los gobiernos para satisfacerla. Esta es la brecha que saca a la gente a la calle a protestar contra el gobierno. Y que alienta otras muy justificadas protestas: el costo prohibitivo de la educación superior en Chile, el autoritarismo de Erdogan en Turquía o la impunidad de los corruptos en Brasil. Seguramente, en estos países las protestas van a amainar. Pero eso no quiere decir que sus causas vayan a desaparecer. La brecha de Huntington es insalvable. Y esa brecha también puede ser transformada en una positiva fuerza que impulsa el progreso.

Moisés Naím

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