¡Vacaciones!

¡Vacaciones!

El colombiano Celso Román cedió este cuento dedicado a los muchachos que están en vacaciones.

notitle
28 de junio 2013 , 02:33 p.m.

Nunca nos imaginamos disfrutar unas vacaciones tan llenas de aventuras como las que pasábamos en El Caracolí, la finca que mi papá amaba con todo su corazón.

¿Quién iba a saber que tendríamos encuentros con náufragos, vikingos y tribus selváticas de reducidores de cabezas? Pero lo más cruel le ocurrió a Tavo cuando fue un guerrero sioux, con su caballo de las praderas, un alazán careto manos blancas.

El tiempo parecía detenido en la última semana de clases en el colegio, a la espera de que llegaran las vacaciones. Lo más importante entonces no era el estudio, sino todo lo que tuviera que ver con la aventura, y yo no atendía a la clase de matemáticas, porque mi mente y mi corazón volaban por la ventana del salón, desde mi pupitre, para seguir detrás del padre Silverio. El cura, con su sotana remangada, pasaba la cerca del lindero del colegio y caminaba por entre los surcos, donde habían recogido la cosecha de cebada, trigo o maíz, para acechar a las torcazas de vuelo raudo, que, con su tiro, caían como un ringlete con las alas partidas.

Tenía una escopeta belga de dos cañones, finamente grabada con escenas de cacería de faisanes y codornices, y decía que su función era hacer matanzas cada cierto tiempo para reemplazar los especímenes que se deterioraban en el museo de ciencias naturales del colegio, que no era otra cosa que una tétrica colección de animales tiesos, rellenos como salchichas con garras, que mostraban los colmillos y tenían la piel apolillada y el pelo caído.

Mis hermanos y yo decíamos que nunca invitaríamos a nuestras expediciones a un personaje así, un depredador que ni siquiera cazaba para alimentarse, como sí hacía mi papá, que, además de tener un tino extraordinario, sí degustaba patos, palomas, perdices y conejos “a la cazadora”, que mi mamá le preparaba con deliciosas salsas al vino y mermelada de moras.

Cuando por fin terminábamos las clases y pasaba la sesión solemne, ya los planes de los expedicionarios estaban listos: Tavo tenía toda la información sobre cómo se construían los ‘tipis’, las tiendas de campaña de los sioux. Jaime ya se había aprovisionado de anzuelos, hilo de nailon y pesas de plomo para las incursiones de pesca en el río Calandaima. Nano y Francisco preparaban cuerdas y garfios de abordaje y eran especialistas en toda clase de nudos. Mis hermanas Toto y Pili cuidaban las provisiones, preparaban los alimentos y organizaban la casa en un enorme árbol de iguá, con su escalera de cuerdas, que se recogía una vez estuviéramos todos arriba, para protegernos de las fieras. Tabeto y Tichi, por ser los más pequeños, eran los niños de la tribu y los vestíamos con los cueros de los chivos africanos que mi papá sacrificaba en cada Navidad. Yo me especializaba en el conocimiento de las costumbres de los animales silvestres.

Salir de vacaciones era saltar al universo de la libertad y la fantasía. Cuando llegábamos a la finca que mi papá bautizó El Caracolí –en honor de esos inmensos árboles–, de inmediato entrábamos en la aventura, pues desde el guadual nos contemplaban el jaguar, los monos aulladores, el magnífico tapir con su trompa prensil, que salían de las páginas de los libros para convivir con nosotros en ese tiempo mágico.

Antes de llegar la noche teníamos listo un refugio provisional para albergarnos como los náufragos del Liguria, defendiendo la débil llama de una vela de parafina. Subíamos la escalera de cuerdas y montábamos guardia con lanzas, arcos y flechas, sabiendo que abajo rondaban los caníbales que el tío Álex llamaba “jíbaros”, con los horribles rostros pintados y los colmillos afilados, que les daban un aspecto siniestro, y resultaron ser los mismos que él había conocido durante la guerra con el Perú.

Todos los monstruos desaparecían cuando, desde la casa, iluminada con lámparas de querosene, mi mamá nos llamaba:

–Niños, vengan a comer, que ya está muy tarde, y cuidado con las culebras cuando caminen en lo oscuro.

A la mañana siguiente madrugábamos a tomar leche tibia de la vaca Campana, o a contemplar el milagro del nacimiento de un potro de la yegua Pelusa, y ese día la aventura era un encuentro con los vikingos en la platanera, que se volvía el bosque encantado, donde acechaban los dragones que vomitaban fuego.

El caballo de Tavo se llamaba Argel, y lo amaba como los sioux a sus mesteños, los mustangs descendientes de los traídos por los españoles, y que se cimarronearon en las llanuras de América. El animal se acercaba cuando hacía sonar un balde metálico con maíz y panela, y se dejaba acariciar de la mano cariñosa de mi hermano.

Al tercer día de las vacaciones, Tavo decidió enseñar al caballo a quedarse quieto a su lado, como hacían los sioux. En la orilla del río desmontó, le quitó el freno y la jáquima para que bebiera. El caballo metió los belfos en el agua fresca, avanzó por el río, lo atravesó y se metió en el guadual, sin obedecer a los llamados de Tavo, quien, angustiado, siguió al animal por entre el guadual, sin importarle que estaba descalzo. El guerrero entraba en la trampa tendida por los invasores del territorio, que acabaron con los bisontes y se quedaron con las llanuras.

Pisó varias veces las agudas espinas de los taches de guadua, hasta que recuperó el caballo, montó y llegó a la casa con los pies sangrantes.

–No joda, qué bruto, meterse descalzo en un guadual –dijo mi papá al verle las heridas.

–Mijito, cómo se le ocurrió hacer eso –exclamó mi mamá, y le hizo curaciones de primeros auxilios.

Tavo pasó el resto de las vacaciones sentado en una sillita, sin poder caminar, con los pies metidos en un platón con agua creolina, leyendo libros, mirándonos jugar en la casa en el árbol de los náufragos del Liguria y en el bosque de los vikingos.

Pero para entonces él había crecido y era más alto que nosotros, y tal vez nuestras ensoñaciones le parecían juegos de niños, porque él ya estaba enamorado de Sonia Martínez, una vecina del barrio, y había dejado para siempre a los guerreros sioux, derrotados en la batalla del guadual.

Celso Román

Bogotano. Tiene más de 30 libros publicados y ha sido galardonado con premios nacionales e internacionales, entre ellos ‘Los amigos del hombre’ y ‘Las cosas de la casa’. Es subdirector de la Fundación Taller de la Tierra (www.tallerdelatierra.org), donde combina la creación literaria con el amor a la naturaleza.

CELSO ROMÁN
Especial para EL TIEMPO

 

Llegaste al límite de contenidos del mes

Disfruta al máximo el contenido de EL TIEMPO DIGITAL de forma ilimitada. ¡Suscríbete ya!

Si ya eres suscriptor del impreso

actívate

* COP $900 / mes durante los dos primeros meses

Sabemos que te gusta estar siempre informado.

Crea una cuenta y podrás disfrutar de:

  • Acceso a boletines con las mejores noticias de actualidad.
  • Comentar las noticias que te interesan.
  • Guardar tus artículos favoritos.

Crea una cuenta y podrás disfrutar nuestro contenido desde cualquier dispositivo.