La reivindicación de los pescadores del Chocó

La reivindicación de los pescadores del Chocó

Se creó indefinidamente en el Pacífico la Zona Exclusiva de Pesca Artesanal (Zepa).

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28 de junio 2013 , 07:11 p.m.

Julián Rivas, un pescador de Bahía Solano con más de 20 años de faenas en altamar, dice que en su pueblo se ha gestado una paradoja. “Aquí, la mayoría de la gente depende de la pesca para vivir, pero, irónicamente, esos mismo recursos se están agotando por nuestra culpa”. Lo dice como si fuera una sentencia, mirando las enormes playas del sector de El Valle, en Bahía Solano (Chocó). “Antes, en horas, podíamos sacar media tonelada de pargos. Hoy, para esa misma cantidad, hay que trabajar más de un día”, agrega.

Rivas no habla en términos técnicos ni memoriza muchos números, pero, con su testimonio, nutrido por años de experiencia, pone sobre el papel una realidad que ya no tiene discusión y que está medida por científicos: la sobrepesca y la extracción irregular que se han concentrado por años como una milenaria costumbre ya tienen en jaque a muchas de las especies de peces típicos de esta parte del país y de toda la costa del Pacífico, desde donde sale más del 70 por ciento de los recursos marinos que se consumen en Colombia.

Los pargos, el camarón, los atunes y las corvinas, antes frecuentes, hoy son escasas en toda esta zona, que se recuesta sobre el océano más grande del mundo. Después de que a finales de la década de los 90 se podían sacar más de 120.000 toneladas de peces para la venta, hoy esa cantidad se ha reducido a una tercera parte. Los volúmenes de atún desembarcados por la flota industrial en puertos colombianos han superado las cuotas establecidas, es decir, su extracción ha sido excesiva.

Una de las tres clases de este pez, llamada patudo, está en sobreexplotación, y es poco probable que, con los actuales niveles de pesca, las poblaciones de las otras dos (aleta amarilla y barrilete) se mantengan en niveles sostenibles. Sucede igual con dos especies de pargo y con el camarón de aguas someras, que también en el Caribe está muy disminuido.

Por eso, Rivas y muchas otras organizaciones ambientales del país celebraron la reciente decisión gubernamental, liderada por la Autoridad Nacional de Acuicultura y Pesca (Aunap), de extender y crear en forma permanente la Zona Exclusiva de Pesca Artesanal (Zepa), que, como si fuera una flexible ‘área marina protegida’, blinda al menos 280 kilómetros de línea de costa y 2,5 millas de extensión mar adentro, en las que se sitúan poblaciones como Juradó, Cabo Marzo y Cupica, para que solo sean transitadas por pescadores pequeños.

Allí no podrán llegar los barcos ‘bolicheros’ o de arrastre a sacar del fondo marino todo lo que se encuentren, sin medir tallas o pesos de los animales, una práctica que ha sido considerada insostenible y destructiva, porque se calcula que solo el 30 por ciento de lo que se captura son animales objetivo; el resto debe arrojarse moribundo por la borda.

En la Zepa, que se extiende desde Punta Ardita, en límites con Panamá, hasta la frontera del parque nacional natural Utría, solo pescarán hombres de mar, como Rivas, al igual que otros de escasos recursos, que conforman un grupo de al menos 3.000 pescadores artesanales.

Julián Botero, director de la Aunap, dice que, después de cuatro años de una Zepa que fue un plan piloto y que sirvió de laboratorio para determinar su efectividad, la creación definitiva e indefinida de esta zona, que incluyó una ampliación (ver gráfico), será determinante para la conservación del recurso pesquero.

Él asegura que no deja por fuera a ninguna de las partes en juego: por un lado, a los pescadores artesanales les permitirá pescar mientras las especies de peces en extinción se reproducen sin la presión de grandes barcos que llegan a extraerlos en forma incidental.

Pero los industriales tampoco quedarán eximidos de llegar allí. Por ello, podrán pescar en sus alrededores. “Y son beneficiados, porque podrán tener peces en buen estado, reproducidos en la Zepa”, dice. Los industriales estarían perdiendo únicamente el 5 por ciento de las zonas donde antes ejercían alguna actividad de extracción, denominados caladeros, anunció Botero.

“Además, la zona incluye un área de manejo especial, donde en ciertas épocas del año podrán entrar barcos a ciertas áreas, principalmente para la captura de camarón de aguas someras y aguas profundas”, explicó María Claudia Diazgranados, coordinadora del programa marino de Conservación Internacional (CI), una de las organizaciones impulsoras de esta iniciativa y que trabajó por su consolidación de la mano de otras organizaciones, como El Achantí y Fundapesca, que acogen a las comunidades del norte del Chocó.

Diazgranados explicó que, para afinar el uso de esa zona especial, se está diseñando un plan de manejo que incluirá la ubicación de algunas áreas de veda y de protección.

También se deberá fijar la llegada de un número de embarcaciones específicas y se buscaría que esos industriales, que van a encontrar más y mejores ejemplares, paguen unas tasas adicionales a las que ya desembolsan por estar en inmediaciones de la Zepa. Ese dinero se entregaría a las comunidades a través de la Autoridad Nacional de Acuicultura y Pesca. “Esto significaría un plan de pagos por servicios ambientales único en el continente”, dijo la experta de Conservación Internacional.

Hoy se calcula que cerca de 30 barcos camaroneros que usan mallas de arrastre están autorizados para pescar en el Pacífico, de los cuales unos 10 están activos. En la Zepa solo se pescará con anzuelos y se prohibirán las mallas. “Es un modelo innovador, que puede aplicarse en otras zonas del país”, agregó Diazgranados.

Esto se lleva a cabo a pesar de que se corre el riesgo de que la sobrepesca que se controle allí se reubique en otros sectores, como lo explicó Juan Manuel Díaz Merlano, subdirector científico de la fundación Marviva. “Esta es una gran oportunidad. Celebro su creación, pero le veo un inconveniente y es que los industriales, en vista de las restricciones, buscarán nuevas zonas para pescar, que se verán altamente impactadas. Una de ellas puede ser el golfo de Tribugá, muy cerca de Nuquí”, añadió.

En medio de este panorama, que trata de afinar el desarrollo sostenible, surge una nueva paradoja. Y es que la población, a raíz de la Zepa, está comenzando a beneficiarse al pescar muchos más ejemplares y con mejores tamaños, pero no tiene suficientes mercados para venderlos.

Hay excepciones, como lo que ha logrado Marviva con los restaurantes Wok. En este caso, Marviva está capacitando a pescadores de Bahía Solano agrupados en cuatro asociaciones. Por otra parte, Wok asegura la compra de los productos capturados, porque cumplen con prácticas de pesca responsable.

“Pero es necesario que este ejemplo se reproduzca”, opina Díaz Merlano. “El hecho de que muchos recursos hayan sido capturados con reglas de juego claras hace que la pesca sea más atractiva para que las comunidades establezcan vínculos con empresas comercializadoras de Bogotá y otras ciudades del interior que quieran participar en proyectos de responsabilidad social. Surge así una nueva oportunidad económica para las comunidades”, agregó.

JAVIER SILVA HERRERA
Redacción de Vida de Hoy

 

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